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Jesús Lara Sotelo: un artista que escribe aforismos

Jesús Dueñas Becerra, 29 de enero de 2014

El aforismo es a Lara lo que el aleph al laberinto

Rufo Caballero.

 

Jesús Lara Sotelo (La Habana, 1972), mucho más conocido en nuestra plataforma insular y fuera de nuestras fronteras geográfico-culturales como prolífico artista de la plástica, ha incursionado —con éxito indiscutible— en los predios de la poesía y la narración.  

Miembro activo de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), ha dado a la estampa —entre otros— los siguientes títulos: Paradoja: capítulo al éxtasis,  Zen sin Sade, ¿Llagas o enojo insomne?, Cuarto paso, ¿Quién eres tú, God de Magod?, Mitología del extremo (libro de aforismos), y Odas prusianas (poemario dedicado a la prima ballerina assoluta Alicia Alonso, en homenaje al aniversario 90 de su natalicio).    

Sin más preámbulo, le cedo la palabra al también artista del lente y realizador audiovisual caribeño para que dialogue con nuestros/as lectores/as acerca de su fructífero quehacer en el medio aforístico, percibido —hasta ahora— como “propiedad exclusiva” de pensadores y filósofos. 

A los/as lectores/as les agradaría conocer la motivación fundamental que le aguijoneó el intelecto y el espíritu, y consecuentemente, lo llevó a escribir los aforismos que aparecen recogidos en el libro Mitología del extremo. 

Usted lo ha dicho y creo que la idea es exacta: comenzar por la génesis, ya que, como en todo, siempre hay un antes y un después, y no por casualidad me pregunto ¿por qué creo pertinente llevar a la cuartilla en blanco las febriles ensoñaciones del ayer, la tiranía de la condición impertinente del hombre, de mí mismo, cuando los resultados de la humilde labor que realizo hoy son eficaces y de alguna manera útiles y halagüeños? 

Entonces, ¿para qué remover el fondo, si las certezas, después de todo,   logran conciliarse —al fin— a favor de tanto sacrificio y el delito de la verdad parece haber sido despenalizado, o al menos, reprimido en su conveniencia? 

¿Por qué, pues, me es absolutamente necesario y honesto revelar la fuente, la raigambre, el imán proveedor para que otros vean de cerca realmente quiénes somos, y que ese aire de misticismo y maquillaje fresco no pierdan su gracia en la dramaturgia de nuestros autoengaños, pero sí su mancha de superstición y veracidad? 

En términos de arte, hay que matar el minotauro, no hay otro remedio, el arte es también dilucidar, desnudar lo inconfesable, jugárselo todo, ofrendarlo  todo, porque eso somos en esencia y no otra cosa, porque  allí está el substrato frondoso, ya que la calidad de las experiencias y vivencias pasadas acreditan el gran designio, que luego argumentará, nutrirá —de forma proteica y definitiva— la indagación, la búsqueda incesante. 

En primera instancia, lo eminentemente preciso era hallar respuestas a la avalancha de interrogantes que me planteaba la realidad más inmediata, punzante, así como la voracidad de mi mundo interior por desentrañar los grandes misterios de la sinrazón y aquella vaga idea, pero perseverante, que luego estremecería todas las fibras de mi existencia y mi creación: la condición  humana. 

Por otro lado, el estar inmerso en aquella difícil etapa que entraña la adolescencia, donde el riesgo hormigueaba debajo de los pensamientos y de los zapatos, y el todo sensual y lirico deslumbraba. Como era lógico, donde existía poco autodominio y los símbolos de la pasión lo ilusionaban todo hasta la hilaridad y el éxtasis […] no quedaba otra opción que ceder y ser cómplice. 

¿Y qué decir de la presunción de la juventud, de ese “Barco Ebrio”  idealizado en lo eterno, en la rebeldía al disfrazarse de libertad, en las desafiantes locuras y en aquella filosofía del límite como bandera, fueron quizás los caprichos del temprano saber, la manera de eludir y trascender los temores, las imposiciones del ego y las del mundo en continua controversia, el desplome de la autosuficiencia, que invitaban, convocaban siempre a más? 

Esa es —quizás— la primera motivación para escribir: descorrer los peligrosos velos, las irreversibles aproximaciones al ímpetu conmovedor, no ya a mi verdad más egoísta y corta, sino a la verdad omnipresente, universal, breve, sentenciosa, que está plasmada en las páginas de la Mitología del extremo, y tal vez basada en la añoranza de revivir el yo niño y matar el yo adulto.  

¿Cómo definiría el vocablo aforismo y cuáles son  —a juicio suyo— sus objetivos esenciales? 

Un aforismo es una declaración o sentencia concisa, acordada por un gran número de eruditos, que pretende expresar un principio o la verdad de una forma concisa, indescifrable, y en apariencia, cerrada. 

El término aforismo fue utilizado por vez primera por Hipócrates, el Padre de la Medicina, como una serie de proposiciones relativas a los síntomas, signos y diagnóstico de las enfermedades que padece el hombre. Después, ese concepto fue aplicado a la física, y con posterioridad, generalizado a todo tipo de principios. Sin embargo, es conveniente establecer la diferencia entre aforismo y axioma: los aforismos son el resultado de la experiencia, mientras que los axiomas son verdades que no requieren comprobación alguna. 

Los aforismos han sido utilizados frecuentemente en aquellas disciplinas que —en un principio— carecían de un método científico por excelencia: la agricultura, la medicina, la jurisprudencia y la política, entre otras. 

Ahora bien, los aforismos por su concisión y por el carácter meramente sentencioso o de verdad cerrada permiten una incisión en la esfera cognitivo-afectivo-espiritual […], de forma tal que contribuya a remover las fibras más íntimas e inconscientes del ser. Eso creo —en lo fundamental— que es el aforismo, así como los objetivos esenciales que se propone.   

Los aforismos —como expresión genuina de la capacidad de observación, análisis y síntesis del autor— han sido cultivados en la mayor isla de las Antillas por pensadores de la talla excepcional del Venerable Padre Félix Varela, Don José de la Luz y Caballero, José Martí y Don Enrique José Varona, por lo que, desde una perspectiva muy personal, ¿qué le aporta ese texto al desarrollo de dicha manifestación literaria que, por su complejidad, ha sido poco tratada y mucho menos explotada…, al menos en nuestro medio? 

En primer lugar, ese bagaje que llega hasta hoy, ya no solo de nuestros grandes pensadores y filósofos cubanos, quienes alcanzan una talla colosal en lo que respecta al pensamiento conciso y breve denominado aforismo, sino también de sus ilustres predecesores a todo lo largo y ancho de la civilización humana, ha dejado una huella indeleble en lo referente a los días del hombre sobre la tierra […], cúmulo realmente inestimable como acervo cultural. 

Para concebir un aforismo que produzca un impacto y aguijonee el intelecto y el espíritu humanos hay que observar y pensar mucho, hay que repasar los detalles y aristas más  insignificantes, virar al revés los pensamientos, desarmarlos, saber de dónde provienen sus motivaciones. A veces, se enuncia algo sobre la espiritualidad, por ejemplo, pero la falta de conocimientos hace que cojee y no pueda alzar vuelo, lo cual avisa que el estudio creciente tiene que ser un ejercicio de inestimable valor y constancia. 

Es —en mi criterio— escudriñar, es decir, amarga y sublime excavación dentro de uno mismo, se precisa —además de materializar cada conocimiento y vivenciarlo hasta el fondo del ser— crear experiencia o agregarla a la ya adquirida. No se puede temer a la verdad, y no debemos ser obstáculos para nosotros mismos, hay que crear y crearse conciencia […], solo así se penetra en el reino del aforismo.  

Si echamos un vistazo al mundo sin mucho esfuerzo o sin ninguno, podemos apreciar que todo pensamiento con apariencia de real complejidad convoca al subterfugio, a la evasión, quizás porque nuestro modelo de pensamiento, es decir, el imperante, genera cierta apatía, ya que cada vez la autonomía del ser contemporáneo se reduce de forma alarmante, y con ella, nuestro deseo vehemente de adquirir conocimientos. 

Bien sabido es el dolor que produce el saber, el odio que aviva en el otro, la envidia que despierta en aquel, que si bien puede adquirir la cúspide de sí, míseramente se arrastra, se desgarra el pecho con las piedras, ofrenda un ojo por ver ciego a otro. Hay que sobrepasarlo todo, extraer la enjundia del fondo de uno mismo […]. 

No obstante, si se persevera en el empeño, los dividendos serán impensables, el saber, el arte de elevar a una dádiva el pensamiento humano es talento de los humildes y de los poderosos que han aceptado sus debilidades y han alcanzado una gigantesca estatura personal y espiritual.         

En su opinión, ¿hacia qué esfera de la personalidad humana van dirigidos los aforismos recogidos en esa obra? 

En realidad, los aforismos que aparecen en las más de 100 páginas de mi libro fueron seleccionados y extraídos de los siete pequeños volúmenes sobre los cuales se estructura, fuera del contexto situacional, literario e histórico, para el que fueron concebidos. 

Dichos aforismos configuran una elocuencia conductora, es decir, un distanciamiento, un mejor enfoque crítico, que deviniera lo que es hoy la Mitología del Extremo, para establecer un género de narración interactiva, que pudiese hacerle adquirir conciencia al lector acerca del valor capital que posee el auto-examen. 

Además, era preciso romper el ritmo general, el tempo inicial y cederle  paso al discurso aforístico atravesado por otro canal, por otro eje, o sea, por el de la historia, una interlocución que compartiese esas experiencias confidenciales, dolorosas y honestas con el lector, y crear el contexto idóneo para la meditación (hacer silencio interior para escuchar los sonidos que emite nuestro yo, el auténtico, el verdadero). 

Por lo tanto, mis aforismos están dirigidos hacia la esfera de la espiritualidad, hacia un despertar del espíritu. En fin, es un homenaje a esos grandes intelectuales cubanos que fueron, son y serán: el Venerable Padre Félix Varela, Don José de la luz y Caballero, José Martí y Don Enrique José Varona. 

¿Algún consejo o recomendación a los jóvenes escritores que muestren interés por incursionar en el arduo campo de los aforismos?    

Si desea, amigo lector, ir al fondo oscuro del universo, de usted mismo y retornar con el espíritu lleno de riquezas y con alas tan poderosas como las de las águilas que vuelan hacia la cima de la montaña, busque sin cesar, extravíese sin cesar, encuéntrese en todas partes, descúbrase libre de usted mismo, y convierta el saber en la más excelsa fe que jamás haya imaginado. Todo eso —más allá de hacer con el alma un aforismo brillante— lo hará un gran ser humano, el escalón más elevado al que debe y puede aspirar el soberano de la creación.