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Dos décadas de Derecho de asilo visto por Octavio Cortázar

Luciano Castillo, 30 de enero de 2014

Tras un prolongado período durante el cual se consagró con diversos resultados a su especialidad, el documental —al que ha aportado clásicos como Por primera vez—, el cineasta cubano Octavio Cortázar (1935-2008), retornó a la ficción en 1994 con su versión del relato El derecho de asilo (1972), escrito por Alejo Carpentier (1904-1980). «Cuando lo leí me pareció una pieza muy cinematográfica, con una estructura dramática muy bien definida, muy atrayente. —Declaró Cortázar—. Esa historia de un secretario de la presidencia de un país latinoamericano, indefinido, tiene mucho de la picaresca. Es una narración anterior a El recurso del método y se engarza con esa gran novela. Tanto a Carpentier como a mí nos interesa la picaresca.

Es una lectura apasionante. No es difícil su traslación al cine.» Una voluntad de humor, de paradoja, de corrupción, que crea los espacios y los tiempos auténticos de la América Latina es, a juicio de la crítica Delia Iragorri, la principal virtud del relato El derecho de asilo. Lo diferencia del «apetito mórbido por la palabra y el floreo verbal» apreciable en el resto de la obra del novelista.

Es en la aparente «facilidad» y la capacidad de sugerencia de la narración en torno al joven secretario de la Presidencia y del Consejo de Ministros de Miranda, «ese pequeño, típico y querido país latinoamericano donde le ha tocado nacer», acogido en la sede diplomática de Gaitania, otra nación tan imprecisa como atemporal resulta el argumento, donde quizás estribe la trampa en que sucumbieran tanto el realizador como el guionista colombiano Walter Rojas, egresado de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños. A tal simplicidad narrativa puede atribuirse el hecho de que otros realizadores prefirieran obras carpenterianas más complejas —como Miguel Littin al enfrentarse a El recurso del método o Humberto Solás a El Siglo de las Luces.

Ha sido harto reiterado que las palabras constituyen la esencia en una novela, y las imágenes en una película. Como afirma el académico, poeta, editor y novelista Pere Gimferrer: «Se puede plantear ahora, sentada esta evidencia —que no por serlo debía dejar de subrayarse—, una pregunta fundamental: puesto que el lenguaje de la narración literaria y el de la narración fílmica emplean recursos paralelos u homólogos, pero el material de que se sirven es tan distinto, ¿qué es lo que realmente se adapta al llevar una novela al cine? ¿En qué medida se puede hablar de adaptación y no de creación nueva y autónoma?».

En su trasvase al cine, Derecho de asilo conserva la sucesión de incidentes que cobran un nuevo giro a partir de la irrupción del joven que perseguido al producirse uno de esos cíclicos golpes de estado, no le queda otra alternativa que solicitar la protección diplomática. La negativa inicial del embajador, pronto vencida por su insaciable esposa, es el inicio de una trayectoria de ascenso del asilado hacia posiciones insospechadas. Allí deberá desplegar toda su estrategia para corresponder no solo con astucia, sino con su cuerpo, a la hospitalidad recibida.

Gimferrer acentúa la imposibilidad de adaptar obras literarias de existencia consistente más en la escritura que en el propio argumento. Y aún cuando no se trate de uno de esos relatos mayores en los cuales Carpentier evidenciara toda su maestría, la puesta en escena no logra esa organización de la realidad visual como lo hacía el texto de la verbal, y que tanto se reclama en estos procesos de adaptación. La película fluye, no sin cierta torpeza, sobre todo en la primera parte.

Curiosamente, desde el punto de vista dramatúrgico sus mayores logros estriban en aquellos momentos donde, sin traicionar el espíritu del original, se aparta de la tutela de Carpentier, como en ese segmento final a partir del nombramiento del asilado como nuevo Embajador. El resultado termina por ser pedestre, carente de progresión dramática, a pesar del carácter circular de los hechos narrados, que no deja de interesar por cuanto la historia se ha encargado de sobrepasar a la más enfebrecida ficción.

No basta mimetizar un recurso literario como el uso del monólogo interior en aras de suscitar en el espectador un efecto análogo a la lectura. Tampoco confieren significación a esta frustrante tentativa, la música compuesta por Sergio Vitier, de un manifiesto tono lírico en contraste con la imagen, o la labor de un fotógrafo respetado como Raúl Rodríguez, que aprovecha las posibilidades y limitados recursos puestos a su disposición, sobre todo para los exteriores, por el agravamiento de las dificultades económicas en la Isla en el momento del rodaje. La ambientación, a diferencia de El recurso del método, no consigue el híbrido de rasgos conformadores de un imaginario punto de la geografía continental. La modesta sede diplomática del texto es transformada en una mansión que por su fastuosidad contradice los exiguos medios del país que representa.

Al conjunto no aporta demasiado la presencia en el reparto de intérpretes de la talla de Enrique Molina, en el papel de un militar fascista, o Jorge Perugorría en el protegido que aprovecha toda oportunidad, siempre carismático pero sin la presencia esta vez de un férreo director de actores (como lo fueran Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío en Fresa y chocolate). Luisa Pérez Nieto sobresale en su caracterización como la esposa del embajador que no vacila en prodigar sus favores. Al decir de Howard Hawks, ella sería una de esas actrices que la cámara ama, aunque no con la frecuencia que deseáramos. Todo lo contrario podría decirse de la «actriz» escogida para tentar al refugiado a franquear el umbral de la Embajada.

La pobre equivalencia del resultado estético obtenido mediante el lenguaje del cine parece ser el problema de Derecho de asilo, desprovista de todo aliento en su tránsito a la pantalla. Cortázar no consigue obtener en secuencia alguna la expresividad sugerida por un párrafo de Carpentier. Como un paso indeciso, no perdido del todo, esta coproducción del icaic y los Estudios Churubusco Azteca S. A. se incorporó a la filmografía carpenteriana para celebrar el 90 aniversario del natalicio del escritor.

Derecho de asilo, tercer largometraje de ficción en la filmografía de Cortázar, estrenado el 22 de diciembre de 1994, queda a la zaga de la repercusión de crítica y público obtenidos por los dos precedentes: El brigadista (1977) y Guardafronteras (1980). A los dos reconocimientos menores recibidos en el 16. Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, la película sumó el premio al mejor actor de reparto para Enrique Molina otorgado por la Sección de Artes Escénicas de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC).

Es inobjetable que estamos en presencia de una de esas polémicas versiones que ilustran las contradictorias, complejas, y a veces irreconciliables relaciones entre novela y adaptación fílmica. Ambos lenguajes, pese a su carácter narrativo, corresponden a órdenes de expresión diferentes aunque susciten la inevitable comparación. La lucidez de un estudioso del tema como Gimferrer concluye: «Cada lenguaje es lo que es y ni aún en el más óptimo de los supuestos el lenguaje visual podrá obtener equivalencias plenas de recursos que son propios únicamente del lenguaje literario.»