El José Martí de Fernando Pérez
En homenaje al aniversario 161 del natalicio de José Martí Pérez (1853-1895), el capitalino cine Chaplin exhibió —en calidad de reposición— el multilaureado largometraje José Martí: el ojo del canario, del maestro Fernando Pérez, Premio Nacional de Cine.
Dicho filme, estructurado en cuatro tempos cinematográficos, llevó a la pantalla grande la infancia y la adolescencia del más universal de los cubanos.
Para lograr ese objetivo —nada fácil por cierto— el ilustre realizador habanero, valorado como uno de los mejores cineastas de Nuestra América, se enfrascó en el estudio de la psicología infanto-juvenil; disciplina que, al igual que la psicología general (rama de las ciencias neurales y sociales de las que se nutre), estudia las leyes, categorías y principios en que se estructura la personalidad en formación y consolidación del niño y el adolescente, pero con la peculiaridad de que uno y otro son personas únicas e irrepetibles, inmersas en un complejo proceso de desarrollo bio-psico-socio-cultural y espiritual. Por consiguiente, tienen virtudes, defectos, inconsistencias, debilidades, rebeldías, necesidades de toda índole y temores.
Con apoyo en esos recursos psicológicos, Fernando Pérez se dio a la ardua tarea de buscar a los bisoños actores que interpretarían, por ejemplo, los papeles de José Martí niño (Damián Rodríguez) y adolescente (Daniel Romero), Fermín Valdés Domínguez niño (Eugenio Torroella) y adolescente (Francisco López).
Estos supieron prestarles a esos «amigos del alma» cuerpo, mente y espíritu, sin dejar de aportarle al personaje (niño o adolescente) que desempeñaban algo de su cosecha muy personal, lo que hizo más creíble y encomiable su actuación, caracterizada —básicamente— por la naturalidad, la ternura y el candor que identifican a esas edades privilegiadas de la vida humana.
La formación de la personalidad del niño-adolescente Martí estuvo signada por la incomprensión de que fuera objeto por parte de los progenitores, quienes no comprendían —no podían entenderlo— que su primogénito era un ser humano con una gran capacidad intelectual y una privilegiada sensibilidad poético-literaria.
Tanto fue así, que su vigente doctrina política se basa en el amor y el perdón, sin que su «alma limpia y blanca» pudiera alimentar insectos venenosos o despedir olores pestilentes (odio, rencor, sentimientos de venganza).
No obstante los castigos físicos y las humillaciones morales que don Mariano (Rolando Brito) le infligiera a Pepito, del padre aprendió —a través del ejemplo vivo— la eticidad, rectitud y honestidad que lo acompañarían durante su corta, pero fecunda existencia terrenal, aunque los métodos educativos utilizados por el militar español fueran demasiado drásticos (no olvidemos la época —mediados del siglo XIX— en que tiene lugar la infancia y la adolescencia de José Julián), mientras que de doña Leonor (Broselianda Hernández) recibió amor y afecto filiales, pese a los reproches maternos por sus ideales independentistas.
Para comprender —en toda su dimensión y magnitud— por qué el adolescente José Julián Martí Pérez adoptó la decisión libre y soberana de consagrarse en cuerpo, mente y espíritu habría que aceptar el criterio del psicólogo latinoamericano Ernesto Bolio, quien estima que:
«El armónico desarrollo de la personalidad (desde la infancia y adolescencia hasta la adultez) depende de factores orgánicos (carga genética), dinámico-familiares y sociales. Pero, ninguno de ellos aisladamente ni todos en convivencia, pueden [determinarlo]. Además de todos esos factores circunstantes, está el propio hombre, que es el [elemento] decisivo de su desenvolvimiento, según lo que se ha presupuesto filosófica y antropológicamente que es el homo sapiens: un ser humano […] en continua evolución hacia el progreso, el cual depende de sí mismo».
Estoy seguro de que los niños, adolescentes, jóvenes, padres y maestros, así como los amantes del séptimo arte, que vean la multipremiada cinta José Martí: el ojo del canario experimentarán —desde lo más hondo de su ser— el goce estético-artístico que les proporcionará conocer a un ser humano excepcional, a quien hay que amar y respetar por ser quien es y como es, y además, porque nunca dejó de ser un «pequeño príncipe».
Por el mismo motivo decidí conversar con el maestro Fernando Pérez (La Habana, 1947), Premio Nacional de Cine, acerca de la niñez y la adolescencia del más universal de los cubanos. Etapas de su vida poco conocidas, que reflejara —con afecto y respeto ternísimos— en el multilaureado filme José Martí: el ojo del canario.
Antes de iniciar este enriquecedor diálogo, el distinguido miembro de la Asociación de Medios Audiovisuales y Radio de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), precisó:
«Si bien yo estudié Lengua y Literatura Hispánicas en la Universidad de La Habana, el cine es una de mis grandes realizaciones profesionales, humanas y espirituales. Y al que me he dedicado en cuerpo, mente y alma desde mi juventud, porque el audiovisual es el único medio que —hasta hoy— me ha permitido escribir mi propia leyenda personal. Desde otra óptica, el Apóstol es, para cualquier creador, fuente inagotable de inspiración artística».
Cuando indagué acerca de la clasificación genérica de dicho largometraje, mi interlocutor precisó:
José Martí… no es —en modo alguno— una biografía del más universal de los cubanos, mientras que lo del ojo del canario es un símbolo, que dejo a la interpretación libre de los espectadores y los críticos cinematográficos.
Es solo una ficción basada en hechos reales que configuraron el proceso de formación y consolidación de la multifacética personalidad del fundador del periódico Patria, así como su extraordinaria sensibilidad humana y poético-literaria. Llevé a la pantalla grande, el entorno sociofamiliar del joven José Julián entre los 9 y los 17 años de edad.
Diseñé la personalidad de don Mariano y de doña Leonor, con apoyo en virtudes, defectos, debilidades, inconsistencias y necesidades, como seres humanos que eran, así como las relaciones filiales que establecieron con su primogénito. Y que se sustentaban — fundamentalmente— en el amor, representado por la figura materna, y en el respeto, simbolizado por la figura paterna.
El ilustre realizador del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), describió —con breves pinceladas— cómo caracterizó los personajes.
Caractericé —desde el punto de vista psicológico— a los compañeros de estudio del superdotado joven […], y reseñé las cualidades patrióticas, éticas, humanas y espirituales que los identificaran en el medio socio-natural donde se desarrollaran.
Por otra parte, habría que destacar la repercusión que produjo en el público la vista oral seguida por infidencia contra él y sus compañeros. Así como la honda impresión que generó en el hijo del recto militar español el negro Tomás y el desembarco de esclavos en las costas cubanas.
Entre otros temas medulares, Fernando Pérez hizo alusión a dos hechos significativos:
La percepción de los espectadores acerca de las escenas utilizadas para destacar —sin texto alguno— pasajes esenciales de la vida del bisoño discípulo del maestro y poeta, don José María Mendive (1821-1886).
Y, además, cómo presenté a ese niño y adolescente encantador, dotado de una privilegiada inteligencia global y emocional, y armado —a tan corta edad— de profundas convicciones patrióticas y ético-humanistas.
Acto seguido, mi interlocutor me reveló que: En el proceso de filmación y rodaje de esa cinta, descubrí el pedazo de Martí que todo cubano de buena sangre y buen corazón (esté donde esté) lleva en lo más íntimo de su ser».
Por último, narró —con no disimulada emoción— algunas anécdotas inolvidables, que quedaron registradas, tanto en su archivo mnémico, como en el componente espiritual del inconsciente freudiano, donde reside la verdadera belleza humana. Una tarde que paseaba por las calles de la Ciudad de las Columnas descubrí, por casualidad, al hombre que le prestaría piel y alma al negro Tomás (lamentablemente fallecido antes de culminar la filmación de la película). Me le acerqué y le pedí que colaborara conmigo en ese proyecto estético-artístico; solicitud que el interpelado aceptó sin exigir nada a cambio, así como la vocación que me manifestara por la actuación. «Un sueño hecho realidad […] cuando menos lo esperaba», según me confesó en aquel encuentro [¿casual?].
En pleno proceso de creación emergió a la superficie la parte de mi yo niño-adolescente, que se conserva sana y salva, y que mucho me aportó a la construcción de la personalidad en proceso de formación y consolidación del joven Martí.
Con una visión mucho más amplia de la martiana ciencia del espíritu, tuve que estudiar las leyes, categorías y principios en que se estructura la psicología infanto-juvenil. Concepciones teórico-metodológicas y prácticas que tuviera muy en cuenta a la hora de seleccionar a los bisoños actores que le darían vida en el set de filmación a aquel niño y adolescente que se convertiría en el poeta mayor de la patria grande latinoamericana.
Entre otros indicadores personográficos, mencionó: La sencillez, la nobleza y grandeza de alma, la humildad, la sensibilidad, la naturalidad en el decir y en el hacer, la timidez, propia de esa edad privilegiada de la vida humana, y el temor, pero no miedo. Y por encima de todo, que fueran ellos mismos y no el personaje que representaban, para que su inmensa estatura no los agobiara o inquietara durante el proceso de filmación, concluyó.