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Tras los pasos perdidos (1)

Luciano Castillo, 06 de febrero de 2014

Apasionante habría sido admirar las soluciones concebidas por el intransigente genio del cineasta aragonés Luis Buñuel (1900-1983) para trasladar a su lenguaje la novela El acoso, de Alejo Carpentier (1904-1980), su amigo desde los tiempos del torbellino surrealista en el París de los años 30. La tragedia que se hilvana y resuelve en derredor de una sala de conciertos fue un detonante para el célebre realizador. ¿Cómo figurarse sintetizados en los 45 minutos de la sinfonía Eroica de Beethoven, el drama del delator por las calles y portales habaneros de los explosivos años ’40, en vigorosas imágenes pletóricas de una crueldad aparente enmascaradora de la infinita ternura del Lautréamont del cine? ¿Habría escogido Buñuel en su adaptación de Los pasos perdidos, para encarnar alguno de los personajes femeninos, a Jeanne Moreau, una actriz con quien le gustó tanto trabajar tras dirigirla en El diario de una camarera (Journal d'une femme de chambre, 1964)?

Antes de que el productor Serge Silberman, durante una cena en Saint-Tropez, le presentara a la Moreau como una de las posibles candidatas para el papel de Cèlestine —y a Buñuel le impresionara tanto, sobre todo su singular manera de caminar, con cierto balanceo sobre los tobillos ideal para una secuencia del filme en preparación— el cineasta de Calanda la había descubierto «cinematográficamente» en una película del afamado realizador francés Louis Malle (1932-1995). Dos títulos, Ascensor para el cadalso (Ascenseur pour l'échafaud, 1957) y Los amantes (Les amants, 1958), revelaban el inconmensurable talento y vigorosa personalidad de la intérprete.

La Moreau estaba dotada para animar a Ruth, la actriz y esposa del protagonista de Los pasos perdidos, que le hablaba «a través del espejo, mientras ensuciaba su inquieto rostro con los colores grasos del maquillaje»; a Mouche, la amante snob, «comedida y parsimoniosa en el hablar», pero que en los frecuentes momentos de injurias y reconciliaciones adoptaba «un idioma de ramera, al que había que responder en iguales términos para que de esa hez del lenguaje surgiera, más agudo, el deleite»; o a Rosario, «que embellecía de hora en hora» y «de la mañana a la tarde y de la tarde a la noche se hacía más auténtica, más verdadera, más cabalmente dibujada en un paisaje que fijaba sus constantes a medida que nos acercábamos al río».
 
Malle confesó en una oportunidad la fascinación ejercida por el trópico, que le condujera a acumular a lo largo de su profesión varios proyectos desarrollados en ese ámbito. Concluir una película, significaba para él retomar alguno de ellos, valorarlo durante una temporada y después, por un motivo u otro, abandonarlo. «Es un paso extraño en la progresión de mi trabajo, casi un rito», escribió el cineasta, poseedor en su filmografía de obras tan resonantes como Fuego fatuo (1963),  Lacombe Lucien (1974) o Adiós a los niños (1987). El libro Louis Malle por Louis Malle incluye estas declaraciones:

Otro de los proyectos «tropicales» fue el hermoso libro del novelista cubano Alejo Carpentier: Los pasos perdidos. Describe la trayectoria peculiar de un musicólogo sudamericano que con el pretexto de investigar en instrumentos de música primitivos, deja Nueva York y se adentra en el espacio y en el tiempo. Es a la vez un viaje en el espacio y en el tiempo: el Siglo xx y sus revoluciones en Caracas, la época colonial en las pequeñas ciudades de provincia, los indios en la edad de piedra, la naturaleza ante los hombres... Enseguida comprendí que se trataba sobre todo de un viaje hacia lo imaginario, prácticamente irreversible y, por fin, yo mismo encontré mis propios «pasos perdidos» con el viaje a la India1.

En su experiencia dentro del cine norteamericano, Malle permaneció coherente con sus convicciones, su concepción del cine y su mirada documental a una realidad distinta de la suya, sin dilapidar recursos en superproducciones o pretender una meteórica carrera. La defensa de la independencia, así como las dificultades para hacer cine de autor a contracorriente del control ejercido por el monopolio financiero y el poder ilimitado del productor, fueron aspectos reiterados en sus entrevistas de esta etapa (1978-1986). No creo que este fuera el caso del director contratado por Hollywood para filmar Los pasos perdidos.

Resulta curioso que el nombre de una actriz de la dimensión de Jeanne Moreau sirva para enlazar tres cineastas tan disímiles como Buñuel, Malle o el brasilero Carlos Diegues. A una década de que Diegues escribiera especialmente para ella el personaje central de Joanna Francesa (1973), la propietaria de un burdel que va a parar a una decadente hacienda nordestina donde termina devorada por una cultura ajena, entre 1982 y 1983 el realizador recibió la tentadora propuesta del productor estadounidense Warren Cook para filmar Los pasos perdidos en la Amazonia brasilera. Quien aportara al Cinema Novo, una de sus obras emblemáticas, Ganga Zumba (1964), ha admitido la inmensa influencia que sobre ese movimiento tuviera la propia literatura de su país, y, en su caso particular, Jorge Amado, a quien sitúa junto a Carpentier y Borges como los verdaderos fundadores de la literatura latinoamericana moderna. La gran admiración que siempre ha sentido hacia la obra carpenteriana lo llevó a aceptar enseguida la proposición de filmar una de sus novelas:

Comencé a trabajar en una versión del guión posible, pues el libro es muy vasto y lleno de alternativas, para un proyecto final de filme. Nunca llegué a terminar ese trabajo porque, poco más de un par de años después, Warren Cook me informó que había problemas que él no conseguía resolver, relacionados con los derechos de la novela de Carpentier. Por tanto, abandoné el proyecto y nunca más escuché hablar de él2.

Aunque no cueste esfuerzo alguno imaginarlo, interesante sería ver cómo un artesano plegado a los directivos de la compañía, obstinados en su negativa a ceder los derechos sobre la novela, plasmaría en el cine la huida del protagonista con su amante de la engañosa civilización moderna hacia una selva, enemiga y acogedora a un tiempo. El CinemaScope y el Technicolor deslumbrantes magnificarían la navegación por un río tropical, el recorrido a través de la abrupta topografía y el contacto establecido con las costumbres de sus moradores.

Salvo inscribirse entre los casos excepcionales —de haberse realizado— la visión hollywoodense de Los pasos perdidos no hubiese escapado al ordinario método de desvirtuar hasta lo irreconocible una obra literaria o teatral a costa del pago de copiosas sumas de dinero por los derechos de adaptación. Es obvio que en Sunset Boulevard no se sigue el precepto surrealista hecho suyo por Buñuel: «La necesidad de comer no excusa la prostitución del arte3

(Continuará)

  Notas

1Louis Malle por Louis Malle, Semana Internacional de Cine de Valladolid, 1987, p. 19.
2Correspondencia personal con Carlos Diegues, enero de 2004.
3Georges Sadoul: Diccionario del cine. Cineastas. Ediciones Istmo, Colección Fundamentos, Madrid, 1977, p. 64.