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Samuel Feijóo: un legado de sabiduría popular

Leonardo Depestre Catony, 11 de marzo de 2014

Samuel Feijóo no es solo una personalidad de la cultura cubana, sino también uno de sus personajes más distinguidos. Y lo señalamos así por la significación de una y otra palabra, en cada una de las cuales encaja perfectamente el ilustre escritor y artista.

Su quehacer profesional abarca varias décadas, pero su impronta se extiende por toda la centuria y llega a nuestros días. Feijóo llevó una vida real a la cual se entremezclan episodios, anécdotas, mitos e invenciones que lo convierten en un gran rompecabezas en que todos aquellos que lo conocieron pueden incorporar una pieza dentro del conjunto de su obra.

Feijóo llega a su centenario: nació el 31 de marzo de 1914, en San Juan de los Yeras, hoy Consejo Popular perteneciente al municipio de Ranchuelo, provincia de Villa Clara. Y la nación toda rinde tributo a un autor de raigal cubanía, expresada en su obra y en su vida.

Es muy vasta la producción literaria de Samuel Feijóo. Y llama la atención que así sea en quien tuvo una formación básicamente autodidacta, marcadamente enfocada hacia el conocimiento de las tradiciones populares, su rescate y preservación, para lo cual tuvo que andar mucho, observar, estudiar y escribir —también dibujar— con la tenacidad de un enamorado de la cultura popular.

Una de sus labores más importantes fue la realizada en el orden editorial en la Universidad Central de Las Villas Marta Abreu. Fundó y dirigió las revistas Islas (1958-1968, fecha en que deja de trabajar en la Universidad Central) y Signos (1969-1985), ambas con un sello muy personal, una y otra importantes por sus textos y la presencia de la plástica en ellas.

Numerosos libros y revistas dan cuenta de su fértil creatividad, pero más que en  cantidad el mérito radica en cuánto descubren y salvan para la cultura nacional, en todo lo cual se percibe la huella del trabajo febril de Feijóo. Téngase este ejemplo de su fibra lírica:

Por el rizo de olor
del agua anda
quien me pone un reino
albo en el pecho.
Es mi blanco, no el suyo;
que ese mago en la ola
me devuelve al amigo
de su canto imposible.


(“El mago del mar”, en el libro Cuerda menor, 1964)

Poeta (incluido en la antología La poesía cubana en 1936, preparada por Juan Ramón Jiménez), cuentista (mención honorífica en el concurso Hernández Catá de 1950 y Premio Luis Felipe Rodríguez de la UNEAC en 1975 por su libro Cuentacuentos), novelista —recuérdese su popular novela Juan Quinquín en Pueblo Mocho, después llevada al cine), ensayista (con estudios sobre la evolución de algunas formas estróficas), traductor del idioma inglés, editor, periodista (colaborador en Carteles y Bohemia, entre otras revistas), pintor (expuso sus pinturas, acuarelas, dibujos...) y, sobre todo, un folclorista que nunca se cansó de indagar y recorrer los campos, de escuchar y recopilar leyendas, mitos, formas de expresión, dicharachos, refranes, trabalenguas, adivinanzas, décimas, cuartetas, fábulas... todo cuanto reflejara la idiosincrasia, sabiduría e imaginación del hombre de campo en su intercambio con la naturaleza.

El humor también es un elemento subyacente en la obra de Samuel Feijóo

El Jachero le entregó el instrumento y El Torero, en medio del ruedo ya, hizo estremecer la tierra con una docena de cornetazos que resonaron de monte a monte, y, de inmediato, se estableció un denso silencio. Fue entonces que erguido y con rostro majestuoso, en una mano el rejón de cañabrava y en la otra el cornetín de batacunero, lanzó el siguiente discurso a los nerviosos lagunilleros, ansiosos ya de oírle:

Caballeros, nos hemos reunido aquí para ver el espectáculo del noble y valiente arte del toreo. Pero ante todo, para que no peligre la vida en los lances de enrejonamiento, de capa y de banderillero que pasaré a efectuar inmediatamente, con toda voluntad, necesito que los chuscos y bellacos, tan numerosos por doquiera, guarden el debido respeto al toreador, de modo que este pueda realizar su valerosa faena con todas las de la ley...

(Fragmento de Juan Quinquín en Pueblo Mocho, 1964)

Acreedor de numerosos reconocimientos, en 1990 le fue impuesta la Orden Félix Varela. Feijóo murió el 14 de julio de 1992. Un día confesó: “Duermo en hamaca o en el suelo, camino leguas y leguas bajo el sol, con comida o sin ella (...) Ni lluvias, ni truenos, ni sol ni ríos me intimidan”.

No dude pues que sea por siempre recordado como un investigador incansable y exigente consigo mismo, autor multifacético, eterno buscador de lo desconocido y olvidado.