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La Editorial Oriente sigue otras huellas del cine cubano

Luciano Castillo, 25 de marzo de 2014

Cada edición del Taller Nacional de Crítica Cinematográfica, único de su tipo en Iberoamérica, que se realiza en Camagüey desde 1993, es una fiesta para los cinéfilos de la capital agramontina. Y, a diferencia de otros eventos, este fundado hace dos décadas por un grupo de entusiastas del Centro Provincial del Cine, al que concurrieron unos pocos adelantados en pleno período especial, cuenta con un genuino cronista. Porque Armando Pérez Padrón, que se cuenta entre aquellos impulsores del núcleo fundacional, ha asumido la tarea de compilar no solo las ponencias presentadas en las sesiones teóricas sobre temas cinematográficos heterogéneos, sino también de registrar la multitud de actividades (premieres, ciclos temáticos, presentaciones de libros y revistas, aperturas de exposiciones…) que durante esos días de marzo convierten cada año a la ciudad en una suerte de capital del cine en Cuba. A este autor debemos Diez años que estremecieron la crítica, que apareció gracias a la editorial Ácana, y aprehende la historia de la primera década de existencia del Taller donde se gestó la Asociación Cubana de la Prensa Cinematográfica.

Pero nada hubiera ocurrido si Armandito, como le conocemos, lograra reunir los textos luego de insistirle a los autores, por cuanto algunos optan por exponerlos sin escribirlos, y no obtuviera el respaldo decidido de una editorial. Cuántas gavetas han atesorado incontables libros que nunca vieron la luz. Y justamente, a la Editorial Oriente le corresponde —y no ceso de reiterarlo— el mérito histórico de incluir en sus planes de producción el cine en general y cubano en particular cuando ninguna editora criolla, ni siquiera la del ICAIC, inerte por tantísimos años, se interesaba por el llamado arte del siglo XX, o de Lumière, como lo bautizara Arturo Ripstein. Su catálogo reúne numerosos títulos que han posibilitado el acercamiento de los cinéfilos de la isla a compilaciones de críticas, textos teóricos, la ineludible serie Coordenadas del Cine Cubano en colaboración con la Cinemateca de Cuba (cuyos primeros dos tomos acaba de reeditar con rotundo éxito de ventas en la 23 Feria y un tercero está a punto de entrar en imprenta) y hasta un par de obligados libros de referencia sobre los premios Oscar. No es ocioso subrayar que varios de esos libros en torno a nuestro cine acunados en Castillo Duany no. 356 atesoran el Premio de la Crítica Literaria.

A Huellas olvidadas del cine cubano, compilado por Armando Pérez Padrón de las memorias del XV Taller Nacional de Crítica Cinematográfica (2007), presentado en la vigésima Feria Internacional del Libro, le sigue ahora este con un título tan sugerente como El cine, el crítico y el espectador que vino a cenar, otra rememoración de los intensos días de marzo del 2012, en que se desarrolló el XVIII Taller, consagrado en primer término al cine cubano de los grisáceos años setenta.

Esta vez con la cuidada edición de Asela Suárez, el libro nos evoca a quienes estuvimos presentes en las sesiones matutinas de la Sala de Video Nuevo Mundo, la primera inaugurada en el país el conjunto de asuntos abordados por Juan Antonio García Borrero, uno de los anfitriones del evento; Joel del Río sobre las trampas del realismo (socialista); el que suscribe acerca del cine que no se filmó en ese decenio tan cuestionado; sin olvidar una siempre agudísima ojeada de contextos por el Dr. Luis Álvarez Álvarez y la mirada fresca del joven crítico Justo Planas a la mitología creada por el personaje del mambisito concebido por Juan Padrón, que saltara de las páginas del semanario Pionero a la pantalla en Una aventura de Elpidio Valdés (1974).

Mención aparte amerita la transcripción del momento memorable que significó la intervención del veterano actor Carlos Ruiz de la Tejera. El cronista de la aristocrática familia Orozco delineada por Antonio Benítez Rojo y filmada por Tomás Gutiérrez Alea recordó con esa envidiable memoria y sentido del humor que le caracterizan, las incidencias del rodaje de Los sobrevivientes en la Quinta Santa Bárbara, propiedad entonces de los hermanos Loynaz. El volumen reseña también la mesa redonda programada a propósito de un tema que insólitamente adquiere cada vez mayor fuerza en certámenes  internacionales: «Cine y gastronomía a la sombra del placer», cuando existen tantos y tantos asuntos de la historia del cine pendientes de ser abordados.

Coincido con Armanditoy un libro como El cine, el crítico y el espectador que vino a cenar lo corrobora que no debemos entonar ningún réquiem por el séptimo arte, y menos en estos tiempos de cambios radicales en la forma de recepción, pero en los que se aprecia quizás mayor cantidad de cine que  nunca.  Alejados del recurrente enfoque «icaicentrista», como lo definiera certeramente Juan Antonio García,  investiguemos día tras día con todo el tesón y consagración que demanda esta cruzada para que una editorial como Oriente propicie recapitularlas gracias a un volumen como este defendido por esos ángeles tutelares de nuestra crítica cinematográfica que son Consuelo Muñiz y Aimara Vera.