Rosas para Tula
Para Nersys Felipe
Y a la memoria de Aldo Martínez-Malo.
Una de las figuras homenajeadas en la pasada Feria del Libro en Cuba fue Nersys Felipe. El acontecimiento caló hondo en Pinar del Río; ya se sabe el cariño que por estos lares se le profesa a la insigne escritora para niños, hija ilustre de Vueltabajo. No quiero dejar de relacionar, empero, esta circunstancia, con el hecho de que la magna cita literaria también se dedicó a Gertrudis Gómez de Avellaneda, a dos siglos de su nacimiento. El mito Avellaneda, uno de los grandes mitos de la cultura cubana, también pasa por Pinar del Río, y aunque tiene aquí una parada breve, es, de alguna manera, amplificado por dos personalidades igualmente queridas por los pinareños: Aldo Martínez-Malo y Dulce María Loynaz.
La autora de Jardín siempre rompió lanzas en favor de la que llamó "la gran desdeñada", debido al rechazo de muchos de sus contemporáneos, y otros de sucesivas generaciones, por su vínculo con la metrópoli española, lugar donde residió largos años hasta su muerte, sitio también donde logró varias de sus mejores páginas y adquirió notoriedad. Para Dulce María, Tula es la eficiente dramaturga, la excelsa poetisa, la novelista excepcional que en Sab y Dos mujeres, por ejemplo, aborda los temas de la esclavitud y el orbe femenino, respectivamente, con autoridad, gracia y riesgo. A la incomprensión de tantos, contrapone estos calificativos en un breve pero memorable artículo escrito en 1957 —que luego seria recogido en el volumen La palabra en el aire— publicado por Ediciones Hnos. Loynaz en el año 2000:
Gertrudis era, como todos saben, una mujer de talento; quizás de demasiado talento para el gusto de su época. Pero era también mujer de nobles sentimientos y espléndida hermosura. Brillante, amena, culta, rodeada de prestigio cabe añadir. Como si tales prendas fueran pocas, otra a la que hoy no se da mucha importancia, pero que entonces sí pesaba, su procedencia de honorable casa, si bien no muy cargada de blasones, de todos modos vinculada al patriciado criollo.
Cuando Dulce María decidió donar a Pinar del Río su biblioteca y condecoraciones para crear en nuestra ciudad una especie de fundación literaria y las autoridades de la provincia seleccionaron para ello el inmueble óptimo, construido a inicios del siglo XX, pleno de reminiscencias neoclásicas, nadie reparó en que a escasos metros de esta ubicación había vivido la Avellaneda en 1860. Nadie... excepto Aldo Martinez Malo.
Aldo, a quien debemos el Centro Hnos. Loynaz, porque por él comenzó Dulce María a amar esta tierra y a sus habitantes, sostenía que la estancia de la Avellaneda aquí no había sido feliz. Poco más de un mes en la ciudad y ya tenía que abandonarla junto al cadáver de su segundo esposo, el coronel español Domingo Verdugo, destacado en la zona como jefe militar. Ocho años había durado esta unión.
Corre la especie de que Tula contribuyó al trágico fin de su marido, al servirle humeante chocolate en tazón de cobre, lo que convirtió al inofensivo brebaje en pócima envenenada. Sabemos que Aldo, gran animador de todos los mitos de este mundo, sonreía pícaro ante esta aseveración. "Verdín, decía, cuando se sirve chocolate en vasija de cobre aparece un elemento terrible llamado verdín capaz de aniquilar a un dragón". Y luego se extendía: "este era un invento medieval muy usado por las brujas en sus aquelarres".
Pero en otras ocasiones, ante la misma duda, impugnaba lo anterior estableciendo que el pobre Verdugo tenia la salud quebrantada precisamente por defender a su esposa. Dos años atrás se representaba en Madrid una obra de la Avellaneda y alguien soltó un gato en el escenario con el objetivo de malograr la función. Verdugo encaró a este ofensor poco después y recibió del mismo dos estocadas, una de las cuales le interesó un pulmón. Esta herida jamás sanaría del todo y seria la causa directa de su fallecimiento.
Transcurriría aún algo más de una década para la partida definitiva de la Avellaneda, cuyo deceso acaeció en España, en medio de un total ostracismo, de un enorme silencio, el mismo que, al decir de Dulce María, acompañó su furtivo entierro bajo el frío y el granizo.
En 1999 coincidí con Aldo en Sevilla. Él pasaba allí, como todos los años, una extensa temporada disertando con su gracia inigualable sobre sus mitos indelebles: Pedro Junco, Greta Garbo, Marlon Brando, Dulce María Loynaz, Rita Montaner. Y Tula, desde luego: "Vamos a visitarla, me dijo. Ya sé donde está".
Y en la grata compañía de Pura Martínez Jordá redescubrimos la modesta tumba de la Avellaneda en San Fernando, que parece un cementerio construido solo para toreros, con vistosos panteones que exhiben efigies de diestros famosos en poses de ataque, los capotes al viento y las espadas dispuestas. Pura hizo las fotos que acompañan este texto. En ambas aparecemos Aldo y yo, solemnes y recogidos. Al fondo se ve un pequeño altar coronado por una cruz. En el altar había un búcaro con flores marchitas que retiramos para colocar un ramo de rosas rojas.
(23 de marzo, 2014)
