Arturo Arango: un necesario reincidente del pensar
En los años en que este escriba era aún un cachorro de la profesión, mi grupo de condiscípulos compartía una sed común. Aquellos estudiantes, llegados al mundo del periodismo en medio del brutal asentamiento del nada especial período que reduciría a niveles de susto cuanto nivel susceptible de ser reducido hubiera en el país, siempre estábamos ávidos de información. Bastaba que cualquier profesor invitara a un periodista o especialista, nacional o foráneo, eso no importaba, para que la clase, de cualquier materia, se convirtiera en una campal y descarnada batalla a preguntas, que casi siempre, terminaba por caer sobre el entonces un poco más maltratado entorno nacional.
En esos años, entre el 93 y el 98 del pasado siglo, el acceso a Internet era un arduo misterio. No existían las memorias flash sino unos disquetes de pecaria capacidad. Era casi un trabajo de Hércules quemar un disco. Y los libros y revistas, salvo algunos hechos en el “más allá” y que circulaban con su correspondiente dosis de sigilo, asombro y discusión, eran tan escasos como un boniato que viniera de Cracovia.
Toda esta amalgama de ideas me ha regresado a las cuartillas, tras la lectura de un nuevo título. Ediciones Unión, en su sello Contemporáneos, publica una reunión de diversos textos del escritor Arturo Arango, bajo el nombre de Terceras reincidencias. Tomar la Historia por los cuernos. Valga decir, ante todo, que ya su autor acumulaba incidentes anteriores. Dentro de su copiosa obra, se anotan también Reincidencias y Segundas reincidencias, ambos, como este tercero, también con el perfil de ser libros que reúnen tópicos diversos, entrevistas al escritor, trabajos periodísticos varios y ensayos sobre distintos temas.
Para decirlo en las palabras de Alfredo Prieto, en las notas de contratapa, se trata de una obra que refiere a un escritor “que se define por el ejercicio de pensar y por una sostenida conciencia cívica. Temas como la historia, los intelectuales, el poder, la política cultural, el cine y la literatura misma, fluyen en estas páginas como un todo integrado, armónico y coherente”.
No obstante, otra utilidad, si se quiere mayor, fue la que me retrotrajo a aquellos años, horriblemente hermosos diría Silvio. Los mismos donde no pocas veces fuimos demasiados jóvenes y, casi siempre, bastante indocumentados. La utilidad de este tomo radica justo en ese tópico, en la información, en el documentarse, en saber, conocer, enterarse.
En un país donde, a pesar de grandes esfuerzos, todavía los libros no regresan, y supongo ya no lo harán nunca, a aquellos utópicos precios de los años ochenta; donde la Internet, sea pagada o sea en casa, es apenas una quimera para muchos, empero incluso de sus profesiones; donde para cualquier estudiante universitario, o cualquier profesional, o cualquier persona interesada, de cualquier sitio del país, sin las bendiciones de laptops, memorias, tablets, o cualquiera de los eficientes, y caros, artilugios modernos de comunicación, la información debe entonces viajar a lomo de mulo, o en papeles llevados por el ferrocarril, o en las primeras ediciones de nuestros diarios; donde mucho ocurre sin que esos mismo diarios, no ya opinen, sino siquiera informen; donde, en fin, el saber de la existencia de lo que dicen y piensan intelectuales de acá y de allá, sobre nuestros presentes y futuros, desde sus variopintos puntos de vista, a veces se torna empresa imposible, por no tener un correo electrónico o cualquiera de los accesos tecnológicos equivalentes: un libro como este, al menos, puede paliar en algo tales sequías.
Pensando en esos abundantes sectores, que mucho olvidamos, cuyo acceso a la vital información es en no pocas ocasiones muy precario o hasta nulo, este libro es un magnífico puente para enriquecer, complementar, o simplemente para enterarse de la existencia de debates, criterios, pensares, que en buena medida implican a esos mismos sectores, que en muchas ocasiones trascurren sin que un grueso número de personas, no ya se impliquen, sino apenas lo sepan. Debates, diálogos necesarios que se pluralizarían, se ampliarían, y de seguro ofrecerían más y mejores opciones e ideas, si contaran con participaciones mayores.
El propio Arturo Arango, en un párrafo que no puedo dejar de citar, menciona algunos de sus propios caminos de acceso al saber. “Algunos intelectuales cubanos que radican fuera de la Isla, y otros que viven en ella y tienen fácil acceso a Internet, dedican parte de su tiempo a elaborar boletines digitales pensados para cubrir las necesidades informativas de sus compatriotas de dentro, y esos boletines, a su vez, son diseminados hasta el infinito.” Piénsese entonces, insisto porque no son pocos, en quienes ni siquiera poseen tal facilidad. Sea por no acceder a sus requerimientos tecnológicos, a las imprescindibles autorizaciones estatales, o a los dineros fuertes para comprarla en las entidades creadas con tal propósito.
Recomendamos entonces la lectura de este libro de Arturo Arango. El cine, la literatura, de este propio autor y de otros, la cultura en muchos de su plurales aconteceres, más repito, el inapreciable tesoro de la información y el saber, son de los muy aprovechables rubros que este texto ofrece. Un buen empeño para ayudarnos a entrar en el ruedo con la historia. Y que podamos sin que nos pase por el lado y sin que logre herirnos, conocer, enfrentar, y agarrar mejor sus afilados cuernos.