Carta de Rilke a Zaida del Río
Nota del compilador:
Estas cartas fueron encontradas en el metro de París por una anciana de la que se me negó su nombre. Se dice que estaban en un cofrecito de ébano y marfil, unidas por una cinta de color rosa, y que la nieve había borrado todo vestigio de quién las había escrito. Por mis investigaciones pude esclarecer que fueron vendidas en subasta, a un precio casi insignificante, por un comerciante a un turista, el cual las trajo en un viaje a Cuba y se las entregó a un escritor de provincia, cuyo nombre quiero conservar en el anonimato, quien las tradujo al reconocer la firma de Rainer Maria Rilke. Pero era muy difícil augurar si se trataba de sólo diez cartas o si existían más; por las investigaciones que realicé, opino que eran un muestrario del tractus poético de la Isla, que el autor de las cartas de Franz Xaver Kappus había destinado a unos escritores cubanos; pero el poseedor de las mismas, después de traducidas, las había distribuido entre amigos y poetas, quienes las conservaron hasta el día de hoy. Mi intención fue buscar todas las cartas, volver a colocarlas en el cofrecito de ébano y marfil, descifrar si ciertamente era Rilke su autor, y dar fe de todo ello, a destiempo, en esa apuesta por la poesía y los poetas de hoy.
Roma, octubre de 1903
Apreciable Zaida del Río:
Lógica resulta la mirada que fisgonea el paisaje y racional —en lo posible— es la presente para agradecer su poemario Calidoscopio.* La circularidad de sus imágenes me recuerda los primeros poemas que escribí, antes de 1899. En ellos estaban presentes —como ahora en usted— la bruma, el silencio de los árboles y, también, la sed por ese cielo inalcanzable que resulta la clave para entender la poesía en un tiempo —que siempre será un por-venir— donde tanta falta hace el verso.
Se nutre para trazar este mapa de un hardcore que nos afianza la modernidad; la entrega que para mí resulta necesaria se ofrece con los maravillosos dibujos que también realiza —majestuosos, diría— como para una capilla de la mujer irreverente. El trazo está en función de la forma, el hechizo o encantamiento de lo débil, lo minimalista; en esas plazas la irreverencia es como un andar por el paisaje: «allí tuve mi nido / en las sombras profundas y el susto de los venados».
Este es un libro de encantamientos, de liturgia y pasión que nos hace sentir el olor del barro cuando se cuece desde la soledad y el silencio. Este es un canto para domesticar el paisaje, el otro, donde se gime por toda supuesta compañía y se ganan fuerzas para la sobrevida. Entiendo que lo citadino es una ganancia anterior:
Lejos están los días del silencio
Que hacían exaltar la gracia de Dios.
Todos los ruidos llegan a mi casa
(Apenas ya caben aquí),
Hasta las sirenas vienen desde el mar
Y me piden de favor un silencio que ayude.
Yo no hablo.
Yo no grito.
Yo no valoro.
Esa premonición del paisaje, de configurar lo real desde lo irreal, es un gran logro. Observe, mi querida poeta, el verso de las sirenas donde se enfatiza que vienen desde el mar, como un posible absurdo, para configurar el absurdo mismo cuando ratifica que le piden que haga silencio; a la manera del Tao, nos afianza los dones de esta escritura.
Lo débil aquí se hace enfático y nos obliga a recorrer estas galerías que mucho tienen de sed por las palabras y la vida que no se logra alcanzar para domesticar tantos cielos y tantas verdades. Supongo que su mundo desde la pintura le ayuda a fisgonear estos otros amaneceres. Como para compartir, por ejemplo, que nada puede estar inerte por mucho tiempo, este poemario es una brújula, una búsqueda de supuestas decantaciones existenciales. Hay una manía por alcanzar nuevos territorios, por ofrecer nuevas decantaciones sobre estas extrañas vasijas de peltre.
Calidoscopio es eso, una mirada diferente desde la novedad de no estar quietos, con la experiencia misma, como las aguas de Heráclito que deben continuar. Es este un poemario de encantamientos, pero también de inocencia; como una gran plaza o camino real para encontrarse y no estar nunca ante una verdad que se hace más poderosa, como la mano de un santo o la cruz de los muertos. Aquí estaba hablando del destino.
Suyo, desde estos paisajes,
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Nota:
* Editorial Capiro, Santa Clara, 2013.