Los desafíos modernos de la comunicación mediada
A veces escuchamos decir que al traductor moderno —sobre todo, al generalista no literario— ya no le preocupa tanto la localización de las referencias culturales, la identificación de las equivalencias, el hallazgo de las citas precisas, el correcto tratamiento de los datos, pues —teóricamente— desde cualquier sitio puede acceder a ellos a la hora de presentarse ante su editor, ya que hoy día la información —casi toda— está disponible, organizada en corpus y repertorios con alto grado de informatización, lo cual viene a facilitar considerablemente la realización exitosa de su función en la recreación y edición del bien cultural pendiente de traducción. Lo único que haría falta sería incorporar, a su condición de traductor, la vocación de marinero, apuntalar bien los reflejos para no marearse y… ¡disponerse a navegar!
Esta afirmación —parcialmente lograda en muchos lugares, ¿cómo no?— descansa en el acceso a las ventajas del uso de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación y, antes que eso, en la alfabetización y el conocimiento, partiendo de que la lectura y la escritura estén efectivamente al alcance —en “dominio y lindero” (como se dice en las oficinas de trámite para la vivienda)— de las dos categorías de viajeros por la tierra prometida: los traductores y editores, en una parte de la embarcación, y, algo apretaditos en la otra, los lectores.
Si los traductores actuantes y actuales aquilatan y se sirven con provecho de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, enseguida se percatarán de que su alcance en nuestra sociedad dependerá de la capacidad de penetración de la información en la estructura social de la lengua y la cultura de llegada que seamos capaces de procesar con calidad y exactitud con nuestras intervenciones, traducción mediante.
Como mismo, en su momento histórico, la introducción de la imprenta y la revolución industrial cambiaron para siempre los parámetros de los medios de expresión y, consecuentemente, la comunicación humana en todos los planos, así la revolución tecnológica está en vías de transformar también, en todas las esferas —más aún en la cultura—, la generación, puesta a punto, edición y distribución de los bienes culturales en cuya creación intervenimos. Tal reubicación del acceso al conocimiento no solo lo coloca, hoy más que nunca, al alcance de aquellos países, profesiones y grupos sociales en condiciones de manejar y aprovechar el nuevo sistema tecnológico al generar, traducir y procesar la esencia y substancia del conocimiento humano, sino que aspira a un sistema de información que se proclame común —y no soslayo lo paradójica que resulta esta aspiración “comunitaria” de cara a los innúmeros obstáculos económicos y sociopolíticos que amenazan su real materialización —.
Lo cual no nos impide recordar que la lengua es un magnífico vehículo de inserción en el mundo y que “crece, cuando lo hace la información”.* La más inocente de las observaciones bastaría para comprobar tales interdependencia y retroalimentación, toda vez que no hay un solo progreso tecnológico en la historia de la humanidad que no se sustente en o gire en torno al lenguaje humano.
Concretamente para la traducción, la introducción de la imprenta, por ejemplo, abrió caminos insospechados, pues la utilización del alfabeto en el discurso impreso no solo propició la transmisión, sino la conservación de mensajes orales. Basta pensar en el fuerte componente de la oralidad en las culturas antillano/caribeñas multilingües y nos daremos cuenta de que los textos escritos e impresos en la región separaron por vez primera al hablante de la palabra, marcador trascendente del tiempo en las Antillas.
Me explico: cuando un texto recoge por escrito experiencias, memorias, criterios o ideas, el hablante como tal desaparece —no así su identidad— y la escritura empieza a obedecer reglas propias que no siempre coinciden con las del lenguaje oral (por ejemplo, la de la organización lineal del discurso). Ahí empieza la primera, la más esencial —y paradójicamente pasada por alto entre los profanos— de las diferencias entre la traducción y la interpretación.
Pero hay otro rasgo cardinal en la escritura con incidencias en los procesos de traducción: un texto escrito traducido proporciona a la cultura meta no solo el soporte material, sino el marco acumulativo —llamémosle código— para la guarda y custodia del bien generado —léase la memoria, la información, el conocimiento—.
El autor/hablante organiza su pensamiento y, sobre todo, la forma de transmitirlo de una nueva manera. Deviene autor/escritor. En un segundo plano, el mediador/intérprete también deviene, a su vez, mediador/traductor. Se globaliza el discurso, se masiviza la difusión, la pluralidad de receptores incorpora nuevos rasgos atinentes a la forma de apropiación del conocimiento (individualizada vs. colectiva, integral vs. segmentada, pública vs. privada).
Si nos situamos en un marco general que desvíe de momento el foco del tránsito de la traducción del conocimiento a la traducción de la comunicación como fenómeno y observamos las manifestaciones de ese tránsito, es palpable que la incidencia de las nuevas tecnologías en la historia de la cultura utiliza modernos soportes en la trasmisión del saber para los productos traducidos impresos. Por ejemplo, ya ha empezado a incursionar en el espacio del traductor el libro electrónico, con la consecuente modificación en las exigencias y en el cálculo de la remuneración.
La rentabilidad, lo mismo que la organización empresarial de la industria del libro, está llamada a introducir nuevas formas de edición: como el libro a la carta, que se imprime y se factura por encargo y por unidades. Al costar menos que una tirada inicial de mayor número de ejemplares, el cálculo de la retribución a los eslabones que intervinieron en su arte final —traductor incluido—, así como los términos de su contrato, seguramente serán consecuentes. De igual manera sucederá con la doble edición con dualidad de soportes: el impreso y el virtual, y con los nuevos y más precisos métodos para calcular la factibilidad de la traducción de las obras extranjeras en los planes editoriales, sean estatales o cuentapropistas/cooperativo-independientes (pago de derechos, y otros gravámenes con incidencias en los costos).
Este espacio solo me permite reflexiones aisladas que en modo alguno agotan el tema. Una interrogante: ¿Supondrán las nuevas tecnologías de la información y la comunicación un cambio radical en la organización, la traducción y la difusión del saber y en la recepción de esa experiencia y del nuevo producto cultural en la masa lectora?
Termino con una afirmación de Wittgenstein (cuya referencia no localizo y, en consecuencia, no puedo proporcionársela a mi querido editor —él sabe que no tengo acceso a Internet; espero que me perdone—): “Los límites de mi lenguaje son los limites de mi mundo”.
Nota:
* Observación que tomo de Fernando R. Lafuente: “La cultura en español e Internet”, Segundo Congreso de la lengua española, Valladolid, 2002. Mesas redondas. Centro Virtual Cervantes, Instituto Cervantes, España.