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Religión y literatura como censor de la sociedad

Lourdes de Armas, 28 de marzo de 2014

Aunque la religiosidad se muestra muy temprano en la literatura cubana, hay un período en el cual la narrativa se caracteriza por un «silencio religioso» y otro por el «brote o boom». Cada uno de estos momentos coincide, a modo de rehilete, por donde van los vientos ideológicos de la época.   

La cultura cristiana aparece desde los orígenes, Espejo de Paciencia1 deja constancia de esta manifestación. Aunque esta literatura aún no puede denominarse totalmente cubana («Retoños trasplantados»2), porque sus raíces son españolas, queda en la historia de la literatura como la primera obra escrita en Cuba.

Pastor ilustre de este suelo amparo,
A quien el cielo, estima, precia, honra,
Cuyo cristiano pecho y valor raro
Al mismo Dios agrada y enamora.
Bienvenido seáis al nido caro,
Cual vino al arca el ave triunfadora;
Pues en vos resplandecen con grandeza
Sinceridad, quietud, amor, nobleza.

Vista desde esta perspectiva, es además, «la primera obra escrita en Cuba de contenido religioso». La cual está vinculada a lo que, después de un largo proceso, conformará la identidad cubana. 

Durante el tránsito literario de la Isla, la crítica se ha enfocado en la estructura y/o temáticas para sus estudios e investigaciones. Sin embargo, es poco frecuente el análisis de la religiosidad, como punto de mira para abordar los contenidos ideológicos o tendencias religiosas y/o filosóficas halladas dentro del panorama literario, con el fin de obtener resultados acerca del imaginario y el pensamiento social.   

Los siglos XIX-XX, están marcados por su religiosidad, destaca la poesía3 cuya impronta emerge en las obras de Heredia («Últimos versos»); Martí («Muerto»); Milanés («En la muerte de nuestro señor Jesucristo»); Luaces («Oración de Matatías»); Zenea, («Oración»); Luisa P. Zambrana («Dios y la mujer culpable») Plácido («Plegaria a Dios»); Gertrudis Gómez de Avellaneda («Dedicación de la lira a Dios»), por solo mencionar algunos autores. Incluso Sab, la novela antiesclavista de G. Gómez de Avellaneda, y Cecilia Valdés,  de Cirilo Villaverde, nos muestran que la narrativa no estará exenta de esta inclinación. Aun cuando contienen una fuerte denuncia a la discriminación racial y de género, las obras reflejan un sentir religioso.

La devoción a un ser superior, el ruego a la justicia, los hábitos de oración son mostrados dentro del entorno, ya sea como parte del espacio narrado, del paisaje habanero o calco de las costumbres de una época donde comienza a surgir un sentimiento nacional en contraposición a la tiranía de la metrópolis. Este cruce entre política y religión, va a revelarse desde el enfoque humano e institucional. Se construyen personajes que ilustran deshonestidad y corrupción, lo mismo en la iglesia que en el estado; se critica a la religión, como espacio de poder,  y a sus clérigos como seres errados en la conducta a seguir, personas que se han desviado del camino correcto.

La  desaprobación no va dirigida a Dios, aun cuando se instaura una República laica, que comienza con el siglo XX, y la iglesia católica, religión practicada por la mayoría,  abandona su sitio oficial: «Es libre la profesión de todas las religiones, así como el ejercicio de todos los cultos, sin otra limitación que el respeto a la moral cristiana y al orden público. La Iglesia estará separada del Estado, el cual no podrá subvencionar en caso alguno ningún culto».4

Aparecen diferentes expresiones religiosas en una misma obra, la religión católica y la de origen africano, como sucede en la ya mencionada, novela antiesclavista Cecilia Valdés. El escritor, describe las costumbres y al mismo tiempo, los credos de una época:

»-¿Yo?- repitió la niña apoyando ambos codos en las rodillas de su abuela y jugando con los escapularios que pendían de su cuello».5

 »-Pues señor,  una noche muy oscura, en que soplaba el viento recio, que era día de San Bartolomé, en que como ya he dicho otras veces, se suelta el diablo desde la tres de la tarde, estaba la muchacha Narcisa, que este era su nombre, sentada, cantando bajito en el quicio de piedra de su casa, mientras su abuela rezaba arrinconada detrás de la ventana…Me acuerdo como si fuera ahora mismo. Pues señor, habían tocado ánimas en el Espíritu Santo, y como el viento había apagado los pocos faroles, las calles estaban muy obscuras, silenciosas y solitarias como la boca de lobo. Pues según iba diciendo, la muchachita cantaba y la vieja rezaba el rosario, cuando estando así, cate que se oye tocar un violín por allí en vuelta del Ángel. ¿Qué figuró Narcisa? que era cosa de baile, y sin pedirle permiso a la abuela, sin decir oste ni moste, echo a correr y no paró hasta la Loma. ….

»….Corrió a la puerta de la calle, la abrió, la llamó a gritos a la nieta: ¡Narcisa! ¡Narcisa! Pero Narcisa no respondió. Ya se ve. ¿Cómo había de responder la infeliz, si el diablo se la había llevado?».

Por otra parte, Gertrudis G. de Avellaneda, quien deja su impronta religiosa más allá de la lirica, va a expresar su pensamiento religioso a favor de la justicia, contra la discriminación racial y femenina. Su modo de ver a Dios, está presente, en Sab, obra en la cual formula su supremacía con un profundo argumento: la convicción de la injusticia ante la esclavitud. Idea, que desde esta misma perspectiva alcanza mayor fuerza al propagarse hacia el, también tiranizado, terreno femenino. Criterio expresado a través del personaje Sab, al comparar su condición de esclavo con la situación de la mujer: «Tu destino es triste, pobre ángel, pero no te vuelvas nunca contra Dios, ni equivoques con sus santas leyes las leyes de los hombres. Dios no cierra jamás las puertas del arrepentimiento. Dios no acepta los votos imposibles. Dios es el Dios de los débiles como el de los fuertes, y jamás pide al hombre más de lo que ha dado».

Es en la segunda mitad del siglo XX, cuando el  contenido religioso va a detenerse en la literatura. Situación que coincide con la etapa denominada por la crítica: «novela de la Revolución». Este período marcado por el «ateísmo»,  influye de forma esencial en la literatura cubana de la época. 

Los discursos ideológicos se muestran de forma muy marcada en la literatura de este periodo.

De acuerdo a la clasificación de Seymour Menton6 la literatura cubana transita por las siguientes etapas a partir del período revolucionario: 

       I.        1959-60                                  La lucha en contra de la tiranía

     II.        1961-65                                  Exorcismo y existencialismo

   III.        1966-70                                  Epos, experimentación y escapismo

    IV.        1971                                       La novela ideológica

En el primer período, Mañana es 26,  de Hilda Perera Soto, y Bertillón 166, de José Soler Puig, serán unas de las obras que inician este camino ideológico en las letras cubanas.  Durante esta trayectoria literaria, nace el silencio religioso. Las temáticas se orientan en los cambios político-sociales del momento.

El tema religioso sale a la luz con «la novela ideológica»  a mediados de la década de los setenta. A partir de este momento, se instaura en las letras cubanas una perspectiva ateísta, en concordancia con la política instituida por la Revolución, la cual abarca la educación, la ciencia y la cultura en general7. El silencio religioso mantendrá su continuidad en lo concerniente a temáticas mitológicas y manifestaciones de credos. El quehacer literario estará enfocado en el proceso social de la época. Y por consiguiente, los conflictos y temáticas se desarrollan en un universo secular.    

La narrativa será un intento didáctico para conducir a los lectores hacia el escepticismo. Los discursos literarios convocan al abandono de cualquier denominación religiosa ya sea: santería, catolicismo, abakuá, todo lo concerniente al mundo espiritual «debe dejarse atrás». Es visto como un estado de ignorancia del cual es necesario despojarse de forma irrevocable: «…su toma de conciencia final que le permite romper con su mundo de dioses que se desmorona e integrarse definitivamente al mundo de los hombres que construyen», expresa la contraportada de la obra más ilustrativa de la época en este sentido, Cuando la sangre se parece al fuego, del escritor Manuel Cofiño. Esta novela no solo expone de forma irrefutable la doctrina ideológica imperante, muestra, además, cómo es el tratamiento de lo religioso en la literatura de este período, en el cual la sociedad cubana se encuentra en momentos de «edificación del socialismo»8, cuyo objetivo principal e inmediato es continuar su construcción sobre las bases científicas del marxismo-leninismo.

Una lectura desde el lente de la religiosidad a la novela de Cofiño, es un recorrido contemporáneo por el pensamiento político en que se hallaba inmersa la isla en la década del setenta.

Con la religión como medidor en las letras, se puede apreciar en los siglos XIX y la primera mitad del XX, una sustanciosa inclinación hacia las manifestaciones religiosas en la literatura, en sintonía con el pensamiento de una sociedad eminentemente creyente. Y, a partir de la década del sesenta hasta mediados de los ochenta, de forma simultánea a la corriente ateísta del momento, que la literatura va a coincidir con el «silencio religioso»,  en concordancia con la doctrina marxista oficial y el movimiento ateísta enarbolado en este período (que alcanza finales de los ochenta) y que culmina con el brote o boom de los noventa. Fenómeno social donde coinciden en su eclosión, una vez más,  religión y literatura.

 

Notas

1 Poema épico-histórico que narra el secuestro, por el pirata Gilberto Girón, del obispo fray Juan de las Cabezas Altamirano y su rescate. Una historia heroica y local de la Isla, en la que aparecen descripciones de: la época, el comercio, la naturaleza, imágenes específicas de la fauna, la flora. Cómo estaba constituida la etnia.

2 Denominación otorgada por Fernando Ortiz. A textos como Espejo de Paciencia, poema épico-histórico (1608) de Silvestre de Balboa y Troya de Quesada (1563-1647), primera obra escrita en Cuba;El príncipe jardinero y fingido Cloridano, primera obra de teatro escrita por un cubano, Santiago Pita, publicada en Sevilla (1739). 

3 Ver Golpes de Agua, antología religiosa de Leonardo Sarría. Editorial Letras Cubanas, 2008. Premio de la Critica, 2013.  

4 Leonel A. de la Cuesta. Constituciones cubanas. Desde 1812 hasta nuestros días. Nueva York: Editorial Exilio, 1974, p.139.

5 (Villaverde) pp.-31-34.

 

 

6 Seymour Menton nació en El Bronx, Nueva York, en 1927. Escritor, crítico e historiador literario 

7 Plataforma programática del Partido Comunista de Cuba. Tesis y Resolución, editado por el Departamento de Orientación Revolucionaria del Comité Central del Partido Comunista de Cuba. La Habana, 1976,  p.85  

8 Ibídem p.58.