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Cultura y educación en los años iniciales de la República en Cuba

Alicia Conde Rodríguez, 08 de abril de 2014

La educación ha sido en Cuba asunto trascendental en la formación de los valores culturales de la nación,  desde que ésta era apenas un proyecto.

Es en el siglo XIX que brota de la crítica a la sociedad colonial, la polémica sobre la enseñanza que implicó revaluar todas las bases de la sociedad con el compromiso de su destino cultural y político. Fue, sin dudas, la discusión teórica inaplazable en la que la reevaluación de los métodos para pensar, la ética, la ciencia, la religión, la historia, se colocaron  en el centro de una propuesta de liberación que desplazaba la sujeción mental y el servilismo intelectual que había impuesto la mentalidad colonialista de la conquista.

La censura del método en pedagogía implicaba fundar las bases filosóficas de la independencia crítica, que  apartara al cubano de aquellos siglos de servidumbre y creara una nueva cultura.

Es por ello que comprender el pensamiento pedagógico de la República, despojado de esa herencia resulta imposible. Toda cuestión de fondo es cuestión de origen. Sin ese precedente histórico y teórico, la naciente pedagogía cubana de la República hubiera carecido de las raíces necesarias para enfrentar el diseño de una educación, que desconocía su cultura y que también se planteaba el problema cultural solo en términos de modernidad.

Las continuidades y rupturas con el pensamiento del siglo XIX se descubren a partir de las  circunstancias históricas de una República fracturada, el ambiente cultural que impulsa o frena el nacimiento de una concepción liberadora de la pedagogía y el convencimiento de una permanencia que distingue y universaliza lo cubano.

La resistencia creadora de los pedagogos residió en la capacidad de defensa de una enseñanza cubana, pensada desde el aula, reacia a toda metafísica, antes bien, consciente del momento histórico que atravesaban; en la asimilación electiva de las corrientes pedagógicas y filosóficas del pensamiento educacional de los países más avanzados, combinada con la sólida tradición educativa cubana.

La interrogante filosófica ¿Quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos? cobraba vitalidad en el nuevo escenario histórico, cuyo dramatismo profundo solo podría percibirse a través de las expresiones más diversas de la literatura, la crítica social, los comportamientos, las sensibilidades y voluntades de los sectores y clases sociales que llevaban sobre sí el peso de un proceso de emancipación deliberadamente mutilado.

Por eso, para la recién estrenada pedagogía de inicios de siglo, la formación del hombre, en el sentido ideal que el concepto encierra ciudadano y patriota para una sociedad pensada en términos de libertad, exigía la validación de los factores culturales que propician su identidad en pleno proceso de formación, en sus aspectos integradores y desintegradores; en la complejidad que ese proceso supone.

En este sentido, las contribuciones de una pedagogía que todavía era una ciencia en construcción, se hallan no solo en lo que a propuestas  educativas concretas se refiere para la formación del hombre y la defensa de la identidad cultural de la nación, sino además en todo el cúmulo de problemas que en el campo de la enseñanza  y de la educación, en general, era capaz de detectar, aun cuando su resolución no estuviera a su alcance. Pero pensó a fondo la escuela cubana.

Concebir al niño en el centro de la problemática pedagógica; intentar conocer su naturaleza psicológica a partir de una rigurosa fundamentación científica, el medio social  e histórico que lo condiciona, su herencia genética, constituyó el punto de partida del pensamiento pedagógico cubano, en el debate entre la escuela tradicional y la escuela moderna. Esta última era portadora de una concepción completamente renovadora en el plano de la enseñanza, al rediseñar los métodos de enseñanza, desterrar el criterio de autoridad, beneficiarse con la duda que enciende y no apaga, otorgarle al niño las libertades para el ejercicio de su pensamiento. Enseñar a pensar es la divisa de esta escuela que tiene sus raíces en el pensamiento moderno.

La concepción integradora del conocimiento trataba de salvar la perspectiva empobrecedora del conocimiento que alcanzaría fuerza inusitada en el siglo XX con la especialización. El criterio de que la ciencia es una, volvía a ser instrumentado por los portadores de la educación cubana.

Establecer los fines de la educación nacional, de manera  que los cubanos se asociaran para propiciar la unidad siempre amenazada, preparar hombres y mujeres profesionales, dueños de sus vidas, dignificados por el trabajo que le permitiría situar al país en el concierto de la civilización de las naciones, dejaba abierta las posibilidades de encauzar, en el transcurso de los acontecimientos históricos, propósitos educacionales mucho más arraigados a la patria.

Vincular la educación con la vida significaba crear experiencias de vida en los educandos y el rechazo de los dogmas de la moral. Hacer sentir la fuerza del bien desde el interior del ser humano, sin fuerza externa que lo premie o lo castigue. Enseñaba la convivencia con nuestra naturaleza, conocerla directamente y disfrutarla.

Los libros de texto, y las lecturas en todas sus clasificaciones posibles, se orientaban a fundar sentimientos, virtudes, conocimientos útiles para el individuo y la sociedad. La lectura gradual y comprensiva, como instrumento de la cultura, resultó ineludible conquista en la enseñanza cubana. Atrás quedarían los textos ergotizantes y saldrían a escena los dedicados a las diferentes ciencias, la geografía, las matemáticas, la agricultura, entre otros, para cubrir la necesidad de conocimiento útil al país en el logro de su independencia económica. Al mismo tiempo que se consideraban fuentes de virtudes, sanas costumbres, que propiciaban un ambiente moral.

De igual modo, concebía la pedagogía el valor y la incidencia de la música, el dibujo y la cultura física en la educación moral de la niñez cubana.

La asignatura de Historia era considerada de inestimable valor para la creación de los valores patrióticos y cívicos en la niñez cubana, al igual que Cívica y Moral, pero no contradecía la concepción de que todas las disciplinas eran portadoras de valores humanos y patrióticos, reveladores todos del alma cubana, desde la poesía hasta el libro de ciencia. Pero ello dependía de las perspectivas de sus contenidos. Se combinaban la razón y la emoción que otorgara sentido de pertenencia, de identidad.

Las clases de Lenguaje imprimieron a la enseñanza de estos años un sello de particular importancia por la degradación que había sufrido a lo largo de la colonia.

Se hizo énfasis en el estudio de la lengua materna como rasgo esencial de la cubanidad, combinada con la necesidad del dominio de las lenguas inglesa y francesa en el desenvolvimiento industrial del país.

Se focalizó el necesario vínculo entre la escuela, la familia y la comunidad de manera que la influencia intelectual,  moral y estética de la escuela, cual centro social, permearan las instituciones de la sociedad. La familia era comprendida dentro del proceso educativo como institución esencial. La moral, los sentimientos de cooperación, los valores patrióticos ganan o pierden en ella un terreno vital.

La inmensa capacidad de asociación que se percibe desde las primeras décadas, en el ambiente liberal de la República, es reforzada por la escuela, su trabajo en las comunidades en las cuales hacían presencia los pedagogos cubanos. Entiéndase la existencia de eminentes pedagogas cubanas que proyectaron su quehacer a la formación también de la mujer, y cifraron en ella toda la esperanza de la patria. El feminismo sería considerado como el problema fundamental de la época y no fue solo el sufragio lo que interesó a las cubanas que se asociaron como nunca antes; desde los asilos de los huérfanos de postguerra, la enseñanza de oficios a la mujer, la protección de la obrera, la protección a la niñez, entre otras consagraciones sociales de verdadera utilidad, hasta las elaboraciones en el plano del  pensamiento sobre la dirección de la educación en Cuba y su participación en los Congresos de Mujeres, las pedagogas, educadoras, maestras e intelectuales, irrumpieron también en la historia cubana del siglo XX.

La interrogante filosófica sobre nuestros orígenes, nuestra existencia como ser nacional, hallaba su respuesta en los logros y fracasos, que fueron muchos, de un pensamiento que se propuso la fundación de una racionalidad  nueva y una espiritualidad integradora de lo cubano, a partir de una sociedad que llevaba en el alma el grito de redención y protagonizaba su cultura como el gesto colectivo de la nación.

 

Nota:


(1) Alicia Conde Rodríguez. Investigadora del Instituto de Historia de Cuba y profesora de la Universidad de la Habana.