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El Gabo y la traducción

Lourdes Arencibia, 02 de mayo de 2014

Corría el año 2003, los almanaques en La Habana marcaban concretamente el 12 de junio. Por aquellos días me encontraba más que enfrascada, junto a un equipo de colegas del ICAIC, en la ingente tarea de transcribir —casi descifrar y, si venía al caso, traducir al español—, con miras a su selección y ulterior publicación, del epistolario —de ordinario manuscrito— que había sostenido durante años Alfredo Guevara con los más variopintos correspondientes que alguien pudiese imaginar, personalidades destacadas, en su mayoría del mundo de las artes, la literatura, el pensamiento científico y social, la política, la vida cotidiana…

Estaba allí por aquella razón. Era ya tarde-noche, y el motivo que nos congregó de pronto fue la presencia de un conjunto de músicos griegos que, de paso por La Habana, iba a regalarnos la interpretación de melodías de su país. Al decir “nos”, me obligo a referirme a la composición de aquel plural “inclusivo” que me sumaba “como el pelo en la sopa”, por puro azar y ninguna pertenencia real, a un reducidísimo grupo de personas donde estaban nada menos que Costa Gavras y Gabriel García Márquez. Al imaginar aquel puñadito de personas, que se contaban con los dedos de una mano —y sobraban dedos—, no hace falta decir que la comunicación era casi obligatoria, de la más elemental cortesía, pues, como suele suceder en círculos tan restringidos, cada quien supone que “al otro” también le corresponde estar allí y, por tanto, la integración suele darse espontáneamente, con la mayor desinhibición.

Así me sucedió. Y de repente, me ví conversando con Costa Gavras —uno de aquellos cuya correspondencia con Alfredo debía descifrar— de mis aficiones por la música de Mikos Teodorakis, del inolvidable concierto en la Plaza de la Catedral y su versión del Canto general de Neruda, de mis dos viajes a Chipre, donde no dejaba de visitar los centros nocturnos donde se interpretaba y se bailaba la música griega y hasta ensayé unos “pasillos” tomados por los hombros, con los brazos extendidos, como se suele bailar esa música según había visto hacer ¡¡¡en Zorba el griego!!! Naturalmente, me presenté como lo que soy: traductora e intérprete, a secas. Y hablando sobre traducción, se nos sumó García Márquez, a quien fui presentada “como una insólita fémina cubana que traduce, baila danzas griegas y sabe de Vallenato!”.

Con García Márquez hablé, más que nada, de traducción y de mis gratas experiencias como profesora de interpretación en la universidad Los Andes de Bogotá. De los “cachacos” y los “costeros” y, por supuesto, de música, de lo cual él era un real experto. Me contó que, cuando joven, muchas veces se había ganado el pan con la traducción, una nobilísima actividad que no desdeñaba porque —si aceptable— era el mejor vehículo de universalización del pensamiento intercultural que relativamente existía, pues, hasta ahora, el hombre, con todas sus tecnologías, no había encontrado una mediación mejor para comunicarse con sus semejantes de otras culturas. Me confesó que, pese a ciertas prevenciones, solía leer curiosa y críticamente —con frecuencia, aburrido— las traducciones de su obra, las autorizadas y las piratas, las mejor y las peor logradas, que eran muchas —en su artículo “Los pobres traductores buenos” (21 de julio de 1982), publicado por ACI, ya le había leído decir: “Para mí no hay curiosidad más aburrida que la de leer las traducciones de mis libros en los tres idiomas en que me sería posible hacerlo. No me reconozco a mí mismo, sino en castellano”—. Luego me alentó a continuar amando y enalteciendo mi “misión”. Y sentí que no lo decía como un cumplido, sino por convicción. Por eso, lo tomé como enseñanza y compromiso.

Fueron dos interlocutores inolvidables, de una gentileza, sabiduría y encanto más allá del lenguaje, por descriptivo que pretenda ser. Al final, ambos me firmaron un ejemplar del Pedro Páramo de Juan Rulfo que acababa de comprar en Bogotá y llevaba en mi bolso por casualidad. García Márquez lo hizo con particular y generosa admiración por ese otro gigante de la literatura universal. Aquí reproduzco su autógrafo, un emocionado recuerdo de su extraordinaria personalidad. Para mí —como para todos—, García Márquez no ha muerto. Seguirá vivo para siempre en la memoria, en sus libros y en mis traducciones.

Aprovecho para reproducir otros fragmentos del conocido artículo:

Alguien ha dicho que traducir es la mejor manera de leer. Pienso también que es la más difícil, la más ingrata y la peor pagada. Tradittore, traditore, dice el tan conocido refrán italiano, dando por supuesto que quien nos traduce nos traiciona […] todo lo contrario: es un cómplice genial. Como lo han sido los grandes traductores de todos los tiempos, cuyos aportes personales a la obra traducida suelen pasar inadvertidos, mientras se suelen magnificar sus defectos. […] Es poco probable que un escritor quede satisfecho con la traducción de una obra suya. En cada palabra, en cada frase, en cada énfasis de una novela hay casi siempre una segunda intención secreta que sólo el autor conoce. Por eso es sin duda deseable que el propio escritor participe en la traducción hasta donde le sea posible. […] Cuando se lee a un autor en una lengua que no es la de uno se siente deseo casi natural de traducirlo. Es comprensible, porque uno de los placeres de la lectura — como de la música— es la posibilidad de compartirla con los amigos. […] Dos de los escritores que me hubiera gustado traducir por el solo gozo de hacerlo son Andre Malraux y Antoine de Saint-Exupery, los cuales, por cierto, no disfrutan de la más alta estimación de sus compatriotas actuales. Pero nunca he ido más allá del deseo. En cambio, desde hace mucho traduzco gota a gota los Cantos de Giaccomo Leopardi, pero lo hago a escondidas y en mis pocas horas sueltas, y con la plena conciencia de que no será ese el camino que nos lleve a la gloria ni a Leopardi ni a mí. Lo hago sólo como uno de esos pasatiempos de baños que los padres jesuitas llamaban placeres solitarios. Pero la sola tentativa me ha bastado para darme cuenta de qué difícil es, y qué abnegado, tratar de disputarles la sopa a los traductores profesionales. […] El conde Entico Cicogna, que fue mi traductor al italiano hasta su muerte, estaba traduciendo en aquellas vacaciones la novela Paradiso, del cubano José Lezama Lima. Soy un admirador devoto de su poesía, lo fui también de su rara personalidad, aunque tuve pocas ocasiones de verlo, y en aquel tiempo quería conocer mejor su novela hermética. De modo que ayudé un poco a Cicogna, más que en la traducción, en la dura empresa de descifrar la prosa. Entonces comprendí que, en efecto, traducir es la manera más profunda de leer. Entre otras cosas, encontramos una frase cuyo sujeto cambiaba de género y de número varias veces en menos de diez líneas, hasta el punto de que al final no era posible saber quién era, ni cuándo era, ni dónde estaba. Conociendo a Lezama Lima, era posible que aquel desorden fuera deliberado, pero sólo él hubiera podido decirlo, y nunca pudimos preguntárselo. La pregunta que se hacía Cicogna era si el traductor tenía que respetar en italiano aquellos disparates de concordancia o si debía verterlos con rigor académico. Mi opinión era que debía conservarlos, de modo que la obra pasara al otro idioma tal como era, no sólo con sus virtudes, sino también con sus defectos. Era un deber de lealtad con el lector en el otro idioma. […] Pero he leído alguno de los libros traducidos al inglés por Gregory Rabassa y debo reconocer que encontré algunos pasajes que me gustaban más que en castellano. La impresión que dan las traducciones de Rabassa es que se aprende el libro de memoria en castellano y luego lo vuelve a escribir completo en inglés: su fidelidad es más compleja que la literalidad simple. Nunca hace una explicación en pie de página, que es el recurso menos válido y por desgracia el más socorrido en los malos traductores. En este sentido, el ejemplo más notable es el del traductor brasileño de uno de mis libros, que le hizo a la palabra astromelia una explicación en pie de página: flor imaginaria inventada por García Márquez. Lo peor es que después leí no sé dónde que las astromelias no sólo existen, como todo el mundo lo sabe en el Caribe, sino que su nombre es portugués.