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Siempre entre nosotros: Martí orador

Leonardo Depestre Catony, 19 de mayo de 2014

Orador sin instrucción es palmera sin aire.
J.M. 

“A medida que iba hablando en la tribuna revolucionaria, su verbo se volvía candente  y subyugaba a su auditorio con su magnetismo”, apunta Gonzalo de Quesada en anecdotario que, para adultos y chicos, es revelador de las facetas del carácter y la personalidad de José Martí.

Hoy solo nos es posible imaginar la voz de Martí, nunca registrada en cinta magnetofónica. Claro que existen testimonios acerca de su timbre, de su profundidad y otros elementos. Pero al margen de ellos debió el Apóstol tener una voz necesariamente cautivante, mucho más por el contenido de su verbo que por figuraciones y artificios retóricos, a los que él nunca recurrió.

Como ningún otro cubano de su tiempo, Martí utilizó la palabra, oral y escrita, para el servicio de su patria, para expresar el ideal independentista de todo un pueblo. Vestido del más sencillo de los modos, con traje y corbata negra -que siempre usó-, pero imbuido de la convicción  revolucionaria, el héroe de Dos Ríos pronunció varios de los discursos más trascendentales de la historia de Cuba.

Algo más de veinticinco años atrás, Juan Marinello reunió en menudo y excelente libro los discursos de José Martí. Allí apuntaba: “Se da en su palabra hablada como un determinismo feliz, responsable de momentos estelares, en los que el revolucionario y el maestro de la letra se integran en una síntesis apical. La cálida comunicación con el auditorio fiel es la oportunidad y la prueba de los poderes radicales de Martí”.

Ya el 27 de abril de 1879 pronuncia desde el Liceo Artístico y Literario de Guanabacoa su elogio al violinista Rafael Díaz Albertini. Presente en el acto está el capitán general Ramón Blanco, quien escucha estupefacto cuando el orador proclama: “Los hijos trabajan para la madre. Para su patria deben trabajar todos los hombres...”

El militar español comenta: “Quiero no recordar lo que yo he oído y no concebí nunca se dijera delante de mí, representante del gobierno español; voy a pensar que Martí es un loco... pero un loco peligroso”.

Aquel mismo año, a finales de septiembre, sale Martí desterrado hacia España. En enero de 1880 está en Nueva York, donde se acrecienta su actividad entre la emigración cubana. La Sala de Steck Hall, el Templo Masónico y Hardman Hall sirven de escenario a varias piezas oratorias suyas.
Es desde el Liceo Cubano de Tampa donde pronuncia los días 26 y 27 de noviembre de 1891 dos piezas antológicas, las conocidas por Con todos y para el bien de todos y Los pinos nuevos.

Alguien que lo escuchó en una cualquiera de aquellas lecturas, comentaría “que nadie se movía, como si temiera perder una sola frase, un solo gesto, hasta que estallaba al fin el aplauso comprimido largo tiempo, cortando el hilo de aquella filigrana que se tejía ante su vista... Cuando bajó de la tribuna, sudoroso, congestionado, parecía que su naturaleza se había agotado y que no le quedaban fuerzas para mantenerse en pie”.

Los valores del discurso martiano permanecen indelebles: son los del patriotismo, los de la independencia nacional, los del sacrificio. Toda comparación entre la oratoria del héroe cubano y la de otros oradores famosos de la Europa de su tiempo o anterior, carece de un basamento sustentable, porque a aquellos los mueve, en la generalidad de los casos, una motivación diferente.

A lo largo de más de cinco lustros de oratoria pública, Martí tuvo variados auditorios; sin embargo, su quehacer revolucionario a partir del decenio del 80 lo vinculó cada vez más al auditorio obrero, de tabaqueros y emigrados, de veteranos soldados y de futuros libertadores.

Él es quien apunta las siguientes consideraciones sobre el tema: “Orador sin instrucción es palmera sin aire. ¿De qué le sirven las hojas a la palma si benévolo alisio no las mueve? ¿De qué le sirve el cauce al río si no tiene agua que rodar por él? ¿De qué le sirve la fluidez al orador si no tiene nutrición en el intelecto que corresponda a las facilidades de los labios?”

Y más adelante sentencia: “¡Oh! ¡La Retórica, hermana fría de la Escolástica! Vale tanto como amarrar a un águila las alas, y ¡ponerle en lugar de ellas disciplinas! Bien está que se ejerciten las fuerzas, pero no que se las encadene”.

Las imágenes le brotan a Martí con naturalidad, la riqueza del lenguaje se torna manantial cristalino, sea cuando realiza un análisis literario, como en el homenaje al poeta José María Heredia, en Nueva York, el 30 de noviembre de 1889; cuando lo hace sobre el Partido Revolucionario Cubano, también en Nueva York, el 17 de abril de 1892; o cuando el tema que lo ocupa es de interés latinoamericano, como en el discurso dedicado a exaltar la figura de Simón Bolívar, el 28 de octubre de 1893.

Así, devienen parte de la historia de Cuba varias frases entresacadas de su oratoria. “¡Levantemos, en brazos de la América libre, nuestra patria buena y grande!” la pronuncia el 10 de octubre de 1890 en Hardman Hall, y “Yo quiero que la ley primera de nuestra república sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre” corresponde a un discurso en Tampa, el 26 de noviembre de 1891.

Maestro de la lengua, dotado de una cultura humanística y dedicado en cuerpo y alma al trabajo de la independencia, clasifica Martí como el representante supremo de la oratoria revolucionaria cubana durante todo el proceso libertador del siglo XIX.

Foto tomada de Cubadefensa