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Los tiempos en la literatura antillana. De la sociedad del conocimiento a la sociedad de la comunicación: para una geopolítica de la mediación lingüística

Lourdes Arencibia, 12 de junio de 2014

Cuba pertenece a una de las regiones más multilingües y diversas de América, geográfica y geopolíticamente ubicada en el centro del cándidamente denominado “nuevo continente”. En esta parte del mundo, se habla español, inglés, francés, holandés, papiamento, los creoles…, por solo citar a vuelapluma. Algunos de esos hablares avecindados llevan consigo, en sus “mochilas”, raíces, historias y culturas bien antiguas y establecidas. Sus hablantes no los han usado en vano por centurias, y es obvio que las han transformado, transferido, transvasado, naturalizado o extranjerizado en el decurso del tiempo. Por supuesto, a nadie se le ocurriría pensar que el paso del tiempo por sí solo ha operado cambios en todos los lugares de las Antillas a la misma vez y de la misma manera.

La intención más o menos declarada y desigualmente impuesta de las respectivas metrópolis que en la región antillana se apoderaron de los territorios —y no solo del territorio y sus riquezas materiales, sino del conocimiento y la comunicación, que eran sus haberes espirituales— fue mantener a sus colonias en una zona marginal con respecto a la vida intelectual. De esto ya se ha hablado y debatido muchísimo, y aunque no por expuestas, las heridas novomundistas han cicatrizado, me centraré en determinadas manifestaciones del cambio en las Antillas en la última centuria, con las referencias al pasado que juzgo estrictamente indispensables, pues la extrema diversidad de la zona no me permite establecer puntos de partida útiles como base común para algún análisis general. Pese a todo, trataré de poner balizas allí donde pueda hacerlo.

Empezaré por referirme a los países hispanohablantes de la zona, con claras alusiones a Cuba, porque el español es una de las lenguas más homogéneas en sus aspectos socioculturales y, como vehículo de la comunicación regional, puede llegar a ser un factor estratégico de cara al inglés. En Cuba, por ejemplo, una vez independiente y sobre todo en los últimos cincuenta años, la traducción documentaria y oral se fue poniendo paulatinamente al servicio de las exigencias inmediatas de la vida nacional.

Desde sus inicios, el proyecto editorial cubano concibió la operación de mediación de la literatura extranjera como un mecanismo democratizador de acceso al libro y a la cultura destinado a los sectores populares. Al valorar la traducción como una práctica discursiva regida por procedimientos literarios, se puso de manifiesto su función modeladora en la literatura y su incidencia en la difusión de una escritura literaria. Las instituciones a cargo de la política cultural y editorial así lo concibieron y practicaron, más que nada para ampliar las competencias lectoras de un lector recién alfabetizado, con el propósito de integrar de manera ordenada a los diferentes sectores de la población, información mediante, a los cambios sociales que se venían operando en el país.

En el resto del área hispanohablante se comparte un sistema de valores relativamente homogéneo, por lo cual, en cuanto al intercambio de bienes culturales, existe un mercado de compradores y consumidores, donde la mediación puede devenir un factor estratégico.

Hay, no obstante, comunidades lingüísticas de la región antillana donde coexisten etapas de desarrollo de la lengua y la literatura que en otros puntos del área se enmarcan prácticamente en los tiempos reales en que dichas etapas hicieron su aparición a escala universal. La mayoría de esos pueblos socializa en la lengua y en la cultura de la exmetrópoli, pero se reconoce y se comunica en una segunda lengua y cultura, asociadas a su identidad. De suerte que uno de los rasgos más característicos de esas comunidades, en el ámbito de lo que pudiéramos llamar “genética discursiva”, ha sido la permanente utilización de varios estándares sociolingüísticos simultáneos, con una tendencia creciente a la diferenciación y una renuencia a la asimilación y a la contaminación.

La coexistencia histórica de esos estándares ha sido también un marcador de tiempo y de cambio. Al menos, desde dos grandes categorías de usuarios: los colonizadores y la población a neocolonizar. En ambas se manifiesta la necesidad de la mediación; pero si bien del lado de los colonizadores, la transposición de lenguas y, con ella, el sistema de transposición de signos y representaciones vienen en apoyo del proceso de colonización, en la acera de los por neocolonizar, los mismos transvases se revelaron indispensables para colmar la distancia histórica que separaba a esos pueblos de sus antepasados y la distancia geográfica que los alejaba de las potencias coloniales.

La mediación lingüística intra e intercultural se ha justificado siempre en ellos para afirmar el nacimiento de un nuevo polo cultural, la consolidación de su imaginario y el establecimiento de una relación dialógica, vale decir, de una dialéctica entre el centro y los márgenes del nuevo ámbito geopolítico.

Los retos actuales del hablante antillano no son nuevos. Nuevas son, en todo caso, las formas y expresiones que adoptan tales retos. En un segmento importante de la población de varios países antillanos, la mediación intra e intercultural trabaja aún con un gran número de personas que carecen de la debida formación lingüística. Y en tal sentido, la juventud tiene un creciente papel en la formación cultural de la región, asociado al acceso a la escolarización y al desarrollo de la educación. El futuro de ese tránsito, donde el cambio educativo de los últimos cincuenta años ha sido más acelerado que en etapas precedentes, incidirá de lleno en el análisis de la temática que nos ocupa. Deberá, por ejemplo, permitir mayor afinación en el tratamiento entre el sistema literario y el no literario y entre el sistema de la literatura autóctona y la mediada.

Hoy por hoy, las Antillas en su conjunto, precisamente por su riqueza y diversidad, ha pasado de ser un mercado de personas a ser un mercado de productos culturales. Al hablar de marcadores del tiempo y del cambio, no es posible pasar por alto ni los horizontes ni las expectativas generacionales socioculturales actuales de sus habitantes. Como tampoco la dimensión económica de los productos culturales de la región, a la par de sus dimensiones afectivas y sus dinamismos.

En el plano de la lengua, las Antillas va camino de convertirse en un excelente mercado literario, cuyos consumidores pueden aspirar a un intercambio capaz de satisfacer, por un lado, sus necesidades espirituales, y por otro, sus legitimas aspiraciones a la universalización de su pensamiento y de sus creaciones. Pone sobre el tapete los debates sobre el nacionalismo cultural, el papel de los agentes editoriales en la universalización de la cultura antillana, los nuevos modos de leer a los autores autóctonos y las estrategias de interpretación de su discurso. El mercado aquí, visto en sus aspectos más positivos, puede llegar a ser un vehículo de descolonización, un área cultural en la que coexistan, entre otros productos, una comunidad de lenguas en actividad geopolítica de intercambio.

Quiero presentarles un caso que ejemplifica perfectamente uno de los marcadores principales del tiempo y del cambio patentes ahora mismo en las Antillas. Me refiero al reflejo, en la región, de una de las más importantes conmociones de la sociedad actual: el tránsito —que no priorización— de una sociedad del conocimiento a una sociedad de la comunicación.

Ese fenómeno, que se opera a escala mundial, nos convoca a seguir de cerca las manifestaciones del vuelco desde un paradigma del conocimiento hacia un paradigma de la comunicación, un giro sociológico que, en el ámbito de la mediación intra e intercultural, ha propiciado nuevas proyecciones para el estudio de los transvases: la sociología de la mediación como proceso, la sociología de las mediaciones como productos y la sociología de los mediadores como ejecutores. No por azar, Roberto Fernández Retamar, un maestro de la lengua, gran testigo y analista del tiempo y el cambio en las Antillas, señala que “el hombre se parece más a su época que a sus padres”.

Acabo de recibir, para traducir, una extraordinaria biografía novelada del pintor Jean Michel Basquiat, nacido en los Estados Unidos, de padre haitiano y madre puertorriqueña, un artista de raíces e improntas profundamente caribeñas. El autor de la novela es Ernest Pépin, nacido en la Guadalupe, raigalmente antillano y laureado en dos ocasiones con el premio Casa de las Américas. La novela se llama “El caballo de Ogún”, y cuando salga publicada, van a ver cómo la traducción fabrica semiproductos —no lo señalo peyorativamente— a tono con su influencia sobre el idioma.

Andábamos seleccionando fotos e ilustraciones que no nos planteasen problemas de derecho de autor y, naturalmente, entre otras fuentes documentarias, dimos con la preciosa edición del libro Basquiat en La Habana, realizada por la Fundación Havana Club y la Casa de las Américas para la séptima Bienal de La Habana en el año 2000. Una reproducción llamó mi atención especialmente: era un acrílico y pastel graso sobre madera de 206 x 244 cm; en 1986, Basquiat lo había titulado Jim Crow. Una buena parte de la tela está cubierta de letreros en inglés que, de pronto, me pusieron de cara a la capacidad semántica y la función catártica del arte, con sus manifestaciones de porosidad e intercambiabilidad en las relaciones entre la pintura y la literatura.

En la Antigüedad, en las piezas de cerámica llamadas ostracas, los escribas solían “colar”, como por azar, notas y mensajes. El pintor norteamericano Twombly introduce lo propio, afiliándose a la noción de transmutación intersemiótica de Jakobson, quien propugna que todo signo es traducible a otro signo y, en consecuencia, que “toda interpretación de los signos no verbales puede llevarse a cabo mediante los signos de un sistema verbal”.* Y no solo Basquiat se convierte en el representante por excelencia de esta manera del marcador del giro del paradigma del conocimiento al paradigma de la comunicación en sus lienzos y, sobre todo, en sus grafitis. En Cuba, el pintor Juan Roberto Diago se inserta de lleno en esa técnica.

De modo que, para “leer” adecuadamente esa obra de Basquiat, al espectador le convendría no solo saber que Jim Crow era un personaje negro de la canción tradicional que se utilizaba para caricaturizar a los afroamericanos (el cantante durante el espectáculo se tenía que cubrir de negro la cara y las manos); además tendría que enterarse de que las hoy llamadas leyes “Jim Crow” fueron leyes de segregación que datan del período de la Guerra de Secesión estadounidense. En el cuadro, Jim Crow es representado sin boca para expresarse y con las cuencas oculares vacías para no ver, de espaldas al rio Mississippi. Allí Basquiat escribe, al menos diez veces, la palabra Mississippi. ¿Lo hace para compararlo con el Hudson y con el Támesis, nombres de otros ríos también introducidos en la obra? ¡No! Lo hace porque, con una traducción intracultural de ese mensaje que marca, a la vez, la transposición del “significado estético” y la trascendencia del “significado semántico”, el lector-espectador se percata de que el estado de Mississippi fue el último de la Unión en suscribir la enmienda al acta de abolición de la esclavitud, lo cual no haría hasta 1995 ¡nueve años después de que Basquiat lo denunciara en su pintura! ¿Acaso no sería este un buen marcador de tiempo y de cambio?

Nota:
* Roman Jakobson: “En torno a los aspectos lingüísticos de la traducción”, Ensayos de lingüística general, Seix Barral, Barcelona, 1981, pp. 67-78.