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Work songs from Ximeno

Ricardo López, 04 de julio de 2014

Work song: Suele ser una canción rítmica, cantada a capella por aquellos que desempeñan tareas físicas y repetitivas; probablemente, el motivo de estas canciones es el de reducir el aburrimiento al realizar estas tareas;
asimismo, el ritmo les sirve para sincronizar sus movimientos físicos.

 Situémonos: Casa de las Infusiones, esq. Máximo Gómez, Vueltabajo, 2008, sabía poco o nada de David López Ximeno, de su obra o de su extraña actitud observadora, de su fuerza o de su aversión constante a la inactividad creadora; leía —recuerdo— un volumen de poesía francesa, período romántico, que me sustraía de la realidad del mundo apocado, esa construcción informe y doliente de un estudiante-geólogo que soportaba las cosas duras; el muy completo volumen, una taza de café (agua-borra), las tardes, uno que otro chispazo de buena conversación, y sobre todo esa señora “gentil” que casi me sacaba a patadas cuando era la hora de cerrar, constituyeron la realidad con que llegó a mí Newyorkers jazz. En principio, al libro, con su color escaso y una viñeta al frente que recuerda lo tempestivo del jazz, se le ocurrió aparecer de manos de una mujer que lo había rescatado de la librería Vietnam Heroico (creo que se llama así), alias cementerio bibliológico autorizado con ventilador gigante y la ausencia de personas que atravesaran sus acristaladas murallas.

Allí, sobre la mesa, en contrapunto al “muy completo volumen” pudo parecer poca cosa. Y realmente (considérenme) no le presté mucha atención, ni tanta, ni ninguna. Sumido —como estaba— en la sensación que deja ese lenguaje barroco-mortal-romántico de los ojos de aquella mujer y la conducta abigarrante de la poesía francesa, no podía —y en efecto, no pude— sino fijarme en ese firme libro que ahora recuerdo como alucinante. Cansado, en esa misma tarde, y levantándome de la mesa, aquella mujer puso entre mis manos Newyorkers jazz como un ritual, casi baja la cabeza pero la besé primero.

Huía luego por la ancha calle principal hacia un lugar que no tenía mi nombre. Perpetraba sus espacios como si Asterión me tuviera en la mira. Llegué a la habitación donde lancé dos libros y uno regresó a mis manos. Newyorkers jazz con esa empatía que expide lo arrítmico pudiera comenzar: «Todos estos relatos venidos de la noche con los ojos de la cigüeña/ En caras de orégano y tren de fin de estepa»1, pero no lo hace pues se sabe del silencio que produce el jazz antes de que irrumpa. Dentro de la habitación-libro-concierto neoyorquino que se desenlaza después de la primera página ocurre que la cosa cambia; ya nada común a la relación espacio temporal que estaba soñando la impotencia, ya casi unas marcas elefantes sobre la conciencia que estuve aplazando con los días, ya toda la música reunida en un punto milagroso y ésta comprimida en la páginas de un libro.

Media noche me tuvo despierto e hilando caminos “infinitos”, producidos por el recuerdo del banjo. Ese ritmo enfático de los campos de algodón interpelando la realidad de mis paredes rotas. Influencias (Herbie Hancock, Ella Fitzgeral, Louis Armstrong, Dizzy Gillespie, y muchas más) de una lluvia que —recuerdo— me alejó mucho de las ventanas porque, como me sucedía con las imágenes, nunca fue terminada su construcción; y por un hendidura del aire parecía que se impulsaba contra el cuarto Eolo enfurecido. Éramos cuatro los que soportábamos la luz de los relámpagos y la luz de una vela que cada vez iluminaba menos las letras de un libro que leía en voz capaz de acallar un trueno; eso, y la mitad vacía de una segunda botella de ron y el ritmo del jazz.

Así fue que terminé por dormir encima de aquel libro que nunca salió de mis manos pues, cuando migraba, cuando me ponía a disposición de las inclemencias del tránsito interprovincial, Newyorkers jazz proyectaba una salida airosa a las horas de espera. En su interior, esa red de abismos se duplica, no hacia lo maravilloso (el jazz no es maravilloso), sino hacia esa carga indiscutible de lo personal que sugiere la presencia y la ausencia simultánea. Entonces llegar a La Habana con Newyorkers jazz en el bolsillo era como continuar en el asombro, nunca una ciudad parece tan viva cuando algo de ella es continuamente hipnotizado por la ilusión de una trompeta doblada, o esa concorde fuerza del scat2 intervenido por los sonidos precisos que repliegan hacia lo oscuro una avenida como Boyeros.

Entonces llegar —el acto de llegar— parece que se despliega hacia todo. Newyorkers jazz vence la imaginación convirtiendo esa larga espada de asfalto en un aviso, en un anuncio de la noche que no ha de reclinarse hasta que los ojos de la mujer se encuentren con el portazo despertador de la Zorra y el Cuervo. The Fox and the Raven, nevermore. Los pasos me llevaron lejos de todo, me llevaron a encontrarme con la poesía que se quiebra con esa voz, también rota, de los versos descubiertos en el libro que tiene esa magia: a pesar de no someterse al concepto teleológico de la literatura, pervive y somete y vuelve a descubrirse enredado a la concepción del mundo-jazz.

El jazz no es maravilloso, pero el jazz fascina: Newyorker’s jazz  ennegrece el pluralismo del arte pues, mágico-realista, tiene arquitectura bizantina (Santa Sofía), frescos del negro haciendo música metálica. «Un hombre de botas tan altas/ amaga a una paloma./ Un hombre que va/ contoneándose/ con su dolor/ hasta caer ante los párpados de Dios»3. En principio, al libro, con su color escaso y una viñeta al frente que recuerda lo barroco del jazz, lo sostiene un sortilegio, un «decir de muerto».

Situémonos: Café Literario, 23 y 12, La Habana, 2010, recordaba un poco la sensación (impresión) que dejó David López Ximeno con su concreción espectral y sus raras letras tornadas jazz, los espacios provocados por la música y esos desenlaces que hacen de la vida literatura. Leía —recuerdo— El reino de este mundo, y Alejo Carpentier pulsaba sobre mí con su fuerza y opresión la historia mágica de Haití, la ida y vuelta de un negro que, de seguro, surgió intervenido por el jazz. Newyorkers jazz, debajo de otros libros que acompañaban la lectura —más bien: la vida—, con su pulso diferente, con su jazz, me sustraía de la realidad del mundo apocado de un exestudiante-geólogo que soportaba las cosas duras; El reino…, una taza de capuchino (agua-borra/ agua-canela-leche), las tardes, esa señora “gentil”, amabilísima, que me observaba desde el fondo, cerraba la puerta con seguro, y acercándose a mi oído: en dos minutos cerramos, constituyeron la realidad con que Newyorkers jazz se abrió de pronto.

«Seis veces culpable/ da amar en silencio/ los rescoldos del jazz»4. Media noche había estado despierto re-leyendo, leyendo nuevamente, esas líneas que abrían el espacio de La Habana con algo muy parecido al jazz. Cuatro eran los que recordaba junto a media botella vacía y el despertar sobre el libro. El despertar luego de la fuga.

Huía hacia la noche bajo las estrellas de una ciudad que no se repetía. «Ser transeúnte/ es jugar a asaltar/ el cielo/ sin alforjas./ Ser transeúnte/ es mezclar/ la crema y café»5. David López Ximeno conducía los pasos hacia afuera a través de los versos, la poesía allí «no es un performance de la jungla».  La ciudad de ese año era el margen, la ubicación en el espejo. Las influencias rotas de las voces que recuerdo a leer en voz que disminuye el ruido de la arteria  asfaltada de la ciudad, mientras cuatro diferentes escuchaban un poema: Puentes de Brooklyn, se mantenían traviesos, convirtiendo a la ciudad en un apretón contra la noche, contra un muro velado, contra el surgimiento de lo húmedo contra el rostro suplicante dibujado a grafiti, Basquiat, que también es nombrado, eclosionaba contra la manifestación del aire: Eolo pura poesía.

«Los gases laberínticos», a pesar de llegar a donde todo era cada vez más claro. Un banco y el combate sobre él, hacían caer al libro. Solo lo dinámico que posibilita al cuerpo concentrarse hasta morir, pero la muerte en Newyorkers jazz es diferente, es solo un término de celebración.

Situémonos: Café Viñales, cerca de Obispo, La Habana, 2014; la primera vez que vi a David López Ximeno no me permití decirle que su libro es una parte importante de mi pasado, solo convenimos ciertas consideraciones acerca de la poesía. La poesía, dije, es muy dispersa. Entonces adiviné que el hombre tras el poeta, allí, siempre está presente. Se mueve junto al libro que desapareció de mi biblioteca, pues a veces, ciertos libros desparecen físicamente, desparecen en la noche, desparecen por el jazz contiene la memoria de las cosas importantes. El libro, con su color escaso y aquella viñeta que era en sí misma la tempestad, fueron lo concreto. David López Ximeno pulsó sobre la poesía un rictus. El jazz inefable como es, no se debilita. Quizá, el recuerdo de sus líneas se mantienen por La Habana es jazz, porque a veces es muy difícil; y el jazz, si tiene algo de inmanente, es su dificultad para lograr el sentimiento, sin sentimiento el jazz no existe, la poesía no tiene sentido. La palabra unida a la música (jazz-poesía) no lo convierte en Word Power, ni siquiera en speaking-word, ni tanto.

Considérenme: estaba seguro de que existen libros que son pura traducción de lo que sucede; no estoy tan seguro, si la historia que reflejan se modifica a cada instante. Newyorkers jazz no es un libro docto en figuras retóricas: ¿cuándo el jazz lo ha sido? Conozco a David López Ximeno, a su aptitud creadora y su extraña observación, el mundo que intentó consumar en jazz. Conozco Newyorkers jazz, cada una de sus líneas invita, precisa la lectura, rompe el silencio con jazz, nor-jazz, su historia, su abismo fuera de calendario.

Cuatro que nos une la distancia de aquellas líneas, una mujer que besé antes de su ritual, la distancia recorrida, el café, la señora que me ahorra estancia en el café, las tardes, las conversaciones, la soledad, la elasticidad con que se deposita el tiempo entre los versos de Newyorkers jazz; eso, el tiempo donde los versos de ese libro se transmutan en vida, es decir, se vuelven originales, nunca antes dichos, ni entregados al lenguaje. Seis años hace que llegué al jazz y seis hace que despierto junto a una ciudad fabulosa. Newyorkers jazz regrese a su centro, David López Ximeno entregue la obertura de ese concierto.

La Habana, junio de 2014

David López Ximeno (Matanzas 1970). Poeta y ensayista. Licenciado en Derecho y Máster en Ciencias Políticas Internacionales. Tiene publicado el poemario  Música sacra (Ediciones Vigía, 2001 y Biblioteca Nacional, de conjunto con Mercie Ediciones, 2002). Poemas suyos han sido incluidos en las antologías La madera sagrada. Antología de poesía  (2005) e Identidades. Poesía negra de América (2005), y en las publicaciones periódicas de La Revista del Vigía y Alforja. Revista de Poesía (D.F. México, 1999; 2001).

 

Notas

1  “Oda”, François Cariès: 19 contrarios. Comp. Jorge Yglesias, Arte y Literatura, La Habana, 2001, p. 35.
2 Improvisación vocal, una forma de virtuosismo que requiere habilidad y entrenamiento, ya que es tan difícil como la improvisación con un instrumento, generalmente con palabras y sílabas sin sentido. También ha sido utilizado como un recurso humorístico dentro de las canciones.
3 “Nigro Spiritual”, David López Ximeno: Newyorkers jazz, Letras Cubanas, 2007, pág. 19.
4 “El jazz de Mary Jane”, Idem, pág. 23.
5 “III transeúntes”, Idem, pág. 26.

Olga García Yero, 2019-12-09
Jesús Dueñas Becerra, 2019-12-01
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