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Botella (En la noche eterna de las botellas)

Jesús Dueñas Becerra, 10 de julio de 2014

Botella (En la noche eterna de las botellas) es el unipersonal que, inspirado en una versión del texto del narrador y dramaturgo Abilio Estévez y con puesta en escena y dirección artística de Jorge Alba, el carismático actor Rubén Araujo1  llevara a las tablas de la capitalina sala El Sótano.

Abilio Estévez es un escritor polifacético que ha sido premiado en todos los géneros en los que ha incursionado. Autor de varias novelas como Los palacios distantes, Tuyo es el reino, premiada como el Mejor Libro Extranjero publicado en Francia, es considerada por muchos como su mejor obra hasta el momento, y ha sido merecedora del Premio de la Crítica Cubana 1999. Es una de las voces fundamentales dentro de la dramaturgia de la Isla, con obras como Ceremonias para actores desesperados, que incluye 3 piezas: Santa Cecilia, Freddie y El enano en la botella, esta última recibió el Premio al mejor texto en el Festival del Monólogo de Cienfuegos, 2003.

No me canso de reiterar que el monólogo deviene uno de los géneros dramatúrgicos más difíciles de interpretar en el campo de las artes escénicas, ya que requiere del actor o actriz que lo representa, no solo sólidos conocimientos teórico-conceptuales y metodológicos en los que se estructura dicho género teatral, sino también práctica y talento por parte del artista que asume la responsabilidad de escenificar un unipersonal.  

Enfrentar ese reto constituye una «prueba de fuego», de la cual no todos los profesionales de la actuación salen ilesos, pero Araujo, sorteó —con madurez escénica e indiscutible profesionalidad— las dificultades  inherentes al monólogo, ya que, a través del uso inteligente de los recursos histriónicos que posee, logró no solo focalizar y mantener —durante casi hora y media— la atención e interés de los asistentes a esa función dominical, sino también dominar el clima emocional del auditorio. En consecuencia, el joven actor salió airoso de tan compleja situación dramática. 

Desde la vertiente psicoanalítica ortodoxa, la botella es símbolo del claustro materno, donde el sujeto busca refugio para evadir las agresiones ambientales o de otra índole, que pueden poner en peligro el equilibrio bio-psico-socio-cultural y espiritual en que se sustenta la personalidad humana.

Por otra parte, es una forma inconsciente de retornar a la infancia (etapa privilegiada de la vida, y caracterizada —en lo fundamental— por la ausencia de deberes y responsabilidades con el medio familiar, escolar y social).
El encierro ¿voluntario?, ¿involuntario? en la botella («claustro materno», que implica regreso a la niñez temprana), constituye una vía para escapar de las consecuencias judiciales emanadas del parricidio (crimen perpetrado contra el progenitor como venganza por el maltrato de que fuera víctima cuando era una criatura indefensa); hecho de sangre que se le imputara, y posteriormente, confesara ante Dios y ante los hombres.

En ese aislamiento existencial dentro de la botella, hace reflexiones filosófico-antropogénicas acerca de la vida, la muerte, la existencia del Ser Divino, el hambre, el miedo a lo conocido (ansiedad), el miedo a lo desconocido (angustia), la discapacidad física y mental, la unidad de lo objetivo y lo subjetivo, el amor, el odio y las mezquinas pasiones que se agolpan —sin aparente orden u organización alguna— en el componente instintivo del inconsciente freudiano, y que emergen a la superficie (conciencia) en forma de auto-reproches. Contexto en que interactúa con el público, lo cuestiona y lo increpa, con el objetivo de ¿justificar el crimen cometido,  obtener el perdón, o simplemente, la conmiseración del «respetable»?

Por otra parte, el versátil actor se desdobla —como acción integrada coherentemente al andamiaje psicológico y dramatúrgico en que descansa El Enano, en el Mendigo, Monsieur Proust, los extranjeros, Margarita, Mario, la Enana, el Padre del Enano, El Enanito niño y el filósofo griego Epicteto (55 d.C – 135 d.C).

La lógica interna del discurso dramático no se pierde en especulaciones incomprensibles para el espectador, pero sí hay un parlamento que llamó  la atención de este cronista: la insistencia en la heterosexualidad de El Enano, quien se regodea afirmando, en las más disímiles lenguas foráneas, que no es gay. ¿Será, acaso, un mecanismo de proyección (atribuir a personas, situaciones o cosas, sentimientos hostiles que Estévez o Alba pone en boca del personaje protagónico? En mi criterio, fue la única nota discordante en ese texto dramático.

Por último, El Enano pudo salir de la botella, y como consecuencia de ello, padece de un ataque de pánico por encontrarse en el mundo exterior, y además, por presumir la sanción judicial que le espera si —más temprano que tarde— se descubre que es el asesino de su padre.

Sin embargo, conserva la esperanza (lo único a lo que se aferra con una obsesión casi morbosa) de que alguien encuentre la botella cuando de él solo quede polvo, y por ende, la lance al mar, donde podría llegar a algunos de los sitios idílicos por él soñados durante sus cavilaciones dentro de ese artefacto de cristal y poder liberarse de los sentimientos de culpa que lo torturan sin piedad por haber ultimado a la figura paterna.

Ahora bien, lo que El Enano ignora o desconoce es que la única libertad posible en el ser humano es, como sentenciara José Martí, la «de pensamiento y espíritu». No hay otra, ya que esa «otra» no depende —en modo alguno— de la capacidad volitiva del hombre, sino de las circunstancias que la condicionan y mediatizan.

Nota
1.Entrevistado en esta sección.

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