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Amanda Pérez Morales: filósofa devenida escritora

Jesús Dueñas Becerra, 28 de julio de 2014

Conversar con la multilaureada escritora y ensayista Amanda Pérez Morales (La Habana, 1990), deviene —al menos para mí— un placer indescriptible con palabras.

Licenciada en Filosofía por la Universidad de La Habana, se desempeña como asistente de redacción en la revista Vivarium, publicación insignia de la cátedra de estudios homónima, adscrita al Centro Cultural Padre Félix Varela, que funciona en la antigua sede del Seminario de San Carlos y San Ambrosio, en el Centro Histórico de La Habana.  

Entre otros reconocimientos a su obra literaria, ha obtenido el premio de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) en el Concurso Internacional de Minicuentos El Dinosaurio 2008, con la obra Lo bueno, lo bello y lo verdadero; el premio en el I Concurso Internacional de Microrelatos Katharsis 2008 y Mención en el I Certamen de Poesía Fantástica MiNatura 2009.   

En fecha reciente, la editorial estadounidense La Pereza, publicó su novela El jazz ácido de Nueva Zelanda.   

¿Cuáles fueron los factores cognitivo-afectivo-espirituales que orientaron su vocación hacia la literatura… si usted estudió Filosofía y se licenció en esa disciplina en la Universidad de La Habana?

Realmente no fue algo muy raro que sintiera pasión por el mundo del arte (donde, obviamente, incluyo la literatura). Nací dentro de un entorno muy cultural. Mi madre es músico, mi padre era diplomático y es un lector incansable, una de mis hermanas es cineasta y la otra es asesora cultural. Incluso, mi sobrina, actualmente, es estudiante de Periodismo.

Ello significó que de niña recorrí todos los talleres y manifestaciones artísticas que una pueda pensar: ballet, canto, piano, flamenco, rumba, actuación (jamás artes plásticas, ya que —desgraciadamente— nunca supe ni utilizar un pincel), para terminar durante el bachillerato en una escuela deportiva, donde no logré dar ni un salto.

Con eso quiero decir que, de alguna manera, tenía que expiar todos esos “demonios” y fue a través de la literatura. Siempre tuve los típicos diarios, cuadernos de poemas, de reflexiones, de anotaciones literarias, pero el primer cuento “serio” que escribí fue a los quince años.

Estuve en casa un mes por causa de una fractura en el pie y durante ese tiempo, me senté a escribir escuchando al grupo Nirvana hasta que terminé una historia dedicada a un amigo.

Luego vino otro cuento y luego otro y me percaté de que escribir me hacía sufrir […], pero también sonreír mucho. Esa mezcla de sentimientos me fascinó, pues es como vivir todo el tiempo en una tragicomedia. La filosofía (no los filósofos) entró en mi vida luego. Igual, desde muy joven, me enamoré de Nietzsche y las frases de Leopardi continúan afectándome. Lo mismo me ocurrió con Bacon, Platón, pero la filosofía como tal vino después, cuando comencé a estudiar en la universidad y noté que ambas cosas no eran excluyentes.    

¿Podría explicar —en apretada síntesis— los recursos expresivos que utiliza para llevar al teclado del ordenador los relatos cortos y novelas que le han valido tantos reconocimientos, tanto en nuestro archipiélago como fuera de él? 

Hace unos años, cursé el Taller de Formación Literaria del Centro Onelio Jorge Cardoso, precisamente para aprender a responder ese tipo de pregunta, pero estoy segura de que, por deficiencias propias, nunca aprendí absolutamente nada, así que no tengo idea de cuáles son los recursos expresivos que utilizo cuando escribo. Recurro con frecuencia a las metáforas y a la personificación. También a los símbolos,  y en general, establezco bastantes comparaciones. Pero como le dije, no sé con exactitud cuáles utilizo. Una mezcla de todos, quizás.   

¿De qué forma estructura el entramado psicológico y espiritual de los personajes protagónicos o secundarios involucrados en la trama de los textos literarios que ha dado a la estampa?  

Escribo por imágenes. En ocasiones, estoy dormida y aun así me levanto y escribo algo que, al parecer, estaba viendo en sueños. Al otro día, cuando me levanto no recuerdo nada. Una vez, incluso, le envié un texto por correo electrónico a mi esposo, y cuando comenzó a comentarme sobre el cuento, yo no tenía la más mínima idea de lo que me hablaba. 

Con eso digo que hay ocasiones en que las historias y sus protagonistas se crean solos. Luego yo los retoco y ya. Pero, en general, puedo decir que mis personajes tienen muchos traumas. Son raros, envidiosos y muy coloridos, no puedo negar que casi siempre son un poco intelectuales, pero —a la vez— extremadamente superficiales y tienen demasiadas fobias. Igual tiendo mucho a tener mi propio espacio dentro de mis cuentos. Me gusta que la voz del autor, es decir, mi voz (o al menos aquella que me creo en ese momento) se sienta y se sienta mucho. Es recurrente que digan que soy muy cínica e irrespetuosa. Me han dicho desde racista hasta aberrada. Y es que mis personajes tienden a ser así, y por ende, siempre tienen conflictos de esa índole, ya que no aceptan casi nunca las realidades en que viven. 

Otro aspecto al cual siempre retorno es el de no ubicar geográficamente las historias. Nunca he escrito un cuento que se desarrolle en Cuba, ni en ningún otro país específico. Las ciudades tampoco me gustan. Me parecen aburridas, porque restringen mucho la imaginación. Es preferible crear los lugares y luego cada cual lo imaginará como le plazca. No tiendo tampoco a escribir tramas lineales. Casi siempre hay que llegar al final para entender y otro aspecto sumamente importante para mí es la música. 

Todo lo que escribo tiene una música determinada. Incluso la anoto para no olvidarla luego. Si no encuentro la sonoridad adecuada para lo que quiero plasmar, simplemente no puedo escribir. Muchas veces es ella la que hace que imagine la historia. También mis amigos y mi familia me inspiran de manera abismal. Son todos muy especiales y complicados.   

¿Cuál fue la atracción especial que la inclinó hacia el ensayo y el periodismo, cuyo ético ejercicio dignificaran el venerable padre Félix Varela (1788-1853), José Martí (1853-1895) y don Enrique José Varona (1849-1933), entre otros ilustres profesionales de la prensa en nuestra geografía insular y fuera de ella? 

La ensayística vino con mi ingreso a la universidad. Comencé a sentir la necesidad de explicar algunas cosas de manera un poco más teórica. También la universidad es un sitio muy propicio para la investigación. Pero lo que hizo a ese género imprescindible para mí fue estudiar a José Lezama Lima (1910-1976) y las ideas del grupo Orígenes (1944-1956).

Empecé a colaborar con la revista Vivarium, donde desempeño la función de asistente de redacción, y encontré el apoyo incondicional de su directora, la doctora Ivette Fuentes de la Paz, quien es una de las estudiosas más importantes que conozco de la obra lezamiana, y gracias a su colaboración y guía, continué investigando específicamente sobre el Sistema poético del mundo lezamiano y las cuestiones en torno a la insularidad; temas que tienen mucho que ver conmigo y con mi mundo interior.

Luego ocurrió lo mismo que con los cuentos: primero un ensayo, luego otro, luego una conferencia y otra, luego la tesis para graduarme en la universidad […], y así hasta hoy.  

Lo interesante es que también la ensayística se ha convertido en esa otra manifestación donde puedo desdoblarme. Además, siento que así puedo rendirle un pequeño homenaje y mostrar mi admiración y gratitud hacia todos aquellos intelectuales que han marcado y marcan mis líneas de pensamiento, sobre todo Lezama Lima, quien ha logrado que sienta La Habana de otra manera.

¿Qué representa para usted, como joven intelectual cubana, haber sido premiada en certámenes literarios nacionales e internacionales? 

Me encanta obtener premios, menciones, ser seleccionada para antologías […], me fascina recibir esas notificaciones donde dan la lista de los ganadores y una debe buscarse a ver si fue premiada o no. Esos minutos los disfruto enormemente. Y, a continuación, me encanta llamar a mi padre y contárselo y ver cómo le cambia hasta la voz. Al final, no sé si me emociono por el premio en si por la reacción de mi familia, que es muy entusiasta. 

Indiscutiblemente, es un mérito recibir algún lauro, ya que resulta muy satisfactorio sentir que lo que una hace es reconocido por otros, pero la realidad es que eso no garantiza que lo que una escriba sea bueno o malo. 

En general, no existe ningún criterio absoluto en torno a la belleza o lo genial de un cuento. Leo muchas obras premiadas que me parecen malísimas y luego me encuentro con textos de conocidos que me parecen excelentes, y que nunca salen del cuaderno.

Lo cierto es que tener algunos reconocimientos puede ser muy útil, sobre todo los de tipo académico. Pero, como dije, para nada define.

¿Qué función desempeña la filosofía (scio mater) en su actual quehacer profesional? ¿Quedó relegada a un plano secundario o le sirve de apoyatura teórico-conceptual y metodológica durante la elaboración dramatúrgica de su obra literaria? 

La filosofía fue un brusco despertar del cual nunca logré recuperarme. Todo lo que escribo, todo lo que pienso, todo lo que leo pasa por esa mirada crítica y contradictoria que desarrolla la filosofía. No puedo escapar a eso. Es demasiado fuerte. Todo, absolutamente todo, tiene que ver con ella. A veces, me parece que lo que busco con los cuentos es escribir un tratado […], muy pero muy libre. Cuando comencé mis estudios hasta mi forma de vestir cambió. Y la literatura fue lo primero que se vio afectada (para bien, al menos para mí).   

Es por ello, que esos años de intensa reflexión fueron más que un apoyo, fueron cruciales y actualmente continúan siéndolo. Eso sí, no me gusta tener conversaciones filosóficas, como tampoco me interesa mucho conversar todo el día sobre literatura. Ambas cosas son parte de mi intimidad, de mis encuentros conmigo misma. Son mi isla secreta.     

¿Alguna sugerencia a los “pinos nuevos” que, como usted, incursionan en el vasto campo de las letras cubanas contemporáneas?   

Si nos apoyamos en el hecho de que aún soy parte de esos “pinos nuevos”, creo que el único consejo que puedo darles es que escriban todo lo que puedan, y que, sin llegar a los extremos, sean lo más competitivos posible. Eso hace que siempre uno intente hacer las cosas mejor, y al menos intentarlo, te hace más fuerte.