Vivir más de una vida
Quiero, ante todo, agradecer al Instituto Cubano del Libro –al que considero mi centro de trabajo desde que Imeldo Álvarez me solicitó una colaboración, hace muchos años, cuando ni siquiera se había dictado la Ley de Derechos de Autor– dedicarme, creo inmerecidamente, un espacio como este, diseñado para personalidades de nuestro mundo intelectual, al cual pertenezco sin dudas, pero pienso, hablando “en cubano”, que me queda demasiado grande el traje que me han querido poner. No obstante, asumo este momento con especial orgullo y me satisface verme acompañada por amigos de muchos años, con quienes he compartido trabajo, proyectos y también, ¿por qué no?, alguna que otra bronquita en la que el agua nunca llegó al río. Me acompañan también familiares cercanos, los pocos que van quedando de una larga familia a muchos de cuyos descendientes ni siquiera conozco por residir en otras tierras.
He titulado estas obligadas palabras “Vivir más de una vida” porque considero que cuando se asume la investigación literaria como un acto de plena entrega, uno se convierte por momentos, sin pretenderlo, en Carlos Loveira, Ramón de Palma, Pedro José Morillas, Luis Felipe Rodríguez, Emilio Ballagas, Lino Novás Calvo, Federico de Ibarzábal, Severo Sarduy y hasta en Gertrudis Gómez de Avellaneda… y prefiero no seguir mencionando nombres para no aburrirlos, nombres que he visto concretados en libros gracias a varias editoriales cubanas, en especial Letras Cubanas, en la que he trabajado con dos directores que, hasta donde han podido, me han soportado, oído mis proyectos y sus posteriores realizaciones: Daniel García y Rogelio Riverón. Pero mis vínculos van más allá y llegan a otras editoriales: Oriente, José Martí, Arte y Literatura, la camagüeyana Ácana, la matancera Matanzas, que hace libros extraordinarios, sin desmerecer a las otras, la de mi patria chica, Capiro, de Santa Clara…
A los autores antes citados y a otras figuras menos conocidas –prefiero trabajar estas últimas– he dedicado años de labor individual, pero debo reconocer que mi formación nació de obras colectivas, como el casi siempre denostado Diccionario de la literatura cubana y más recientemente un “Diccionario de obras y personajes de la literatura cubana”, que espero ver publicado algún día, aunque algunos, por ignorancia, duden de su eficacia y utilidad; y más recientemente el Diccionario de obras cubanas de ensayo y crítica, cuyo primer tomo vio la luz el año pasado y ya se alista el segundo. La experiencia de trabajar en obras de ese carácter la considero esencial en mi formación y me permitió, cuando a los veinticuatro años comencé a trabajar donde mismo sigo, en el Instituto de Literatura y Lingüística, recién graduada de la Escuela de Letras de la Universidad Central Marta Abreu de Las Villas, adentrarme, por ejemplo, en el manejo de bibliografías, tan importantes en el campo de la investigación, adiestramiento que nunca recibí, ni se recibe, en ninguna de nuestras universidades. Siempre me gusta recordar que, recién entrada a dicho centro, Ángel Augier me dijo: “Cira, búsqueme en Trelles este dato” y me extendió un papel escrito con enrevesada letra. “Dios mío –me dije–, ¿qué coño es Trelles?”. No conocía a nadie en el departamento, excepto a Sergio Chaple, que me indicó dónde estaban los volúmenes de esa obra monumental que es la Bibliografía cubana del siglo xix, básica para informarse sobre esa centuria.
Han transcurrido cuarenta y cinco años de trabajo intelectual sostenido, tan sostenido que si se revisa mi expediente laboral podrá comprobarse que solamente he laborado, en tanto trabajadora “de plantilla”, en el lugar antes mencionado, que hoy lleva el nombre de quien me abrió sus puertas en octubre de 1970: José Antonio Portuondo. Cuando nos conocimos, en medio de la conversación, me preguntó: “¿En qué departamento te gustaría más trabajar?” y rápidamente le contesté: “en el de Literatura”, y sigo y seguiré en él hasta que tenga fuerzas y lucidez mental y pueda, sobre todo, tener la dicha de ver que en esa institución ocurran transformaciones que estimulen a los jóvenes que, con grandes ilusiones, recién han comenzado su vida laboral. Otros vínculos he establecido: con la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana, con La Jiribilla, de la que soy asidua colaboradora.
En este momento de recuento sería muy ingrata si no evocara el nombre, hoy lamentablemente olvidado, de quien me introdujo en la vida literaria cubana: Manuel Cofiño, mi compañero en la vida durante más de quince años. Gracias a él visité por vez primera la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, conocí y compartí con Nicolás Guillén –con quien bailé danzones tocados al piano por Odilio Urfé, aunque conste que mi época fue la del rock and roll, los Platters y su versión en español: Los Cinco Latinos –, con Regino Pedroso, con Onelio Jorge Cardoso, con Lisandro Otero, con Ambrosio Fornet. Muchos se sorprenden trate a este último de “tú”, no solo por sus más de ochenta años, sino, sobre todo, por su relevancia y magisterio en nuestras letras. Trabamos amistad en los años lejanos de los talleres literarios y sus famosos encuentros y desde entonces brotó una amistad que me permite, pienso, esa licencia. De lejos vi a Lezama Lima y a Carpentier. Llegué a visitar a Reinaldo Arenas en su buhardilla de, si no recuerdo mal, la calle Monserrate; y también conocí, porque hay que hablar de lo bueno y de lo malo, a Luis Pavón, a Armando Quesada y otros nombres hoy justamente olvidados. Desde hace años me precio de ser amiga, o creo serlo, de algunos de los que fueron defenestrados en aquel quinquenio o decenio gris: Antón Arrufat, a quien admiro, respeto y disfruto el acíbar de su decir. A raíz de la mansión decimonónica a la que se ha mudado, en el otrora elegante Paseo del Prado, le he solicitado matrimonio. También gozo de la sincera amistad de Reynaldo González, a quien me unen lazos de trabajo que suman años, y, además, por compartir una preferencia: vodka con soda. Siempre tengo presente a Eduardo Heras León, cuando nos visitaba, a Cofiño y a mí, mientras vivimos en Regla, después de cumplir su jornada laboral en la cercana fábrica Vanguardia socialista, a donde fue confinado. Me enorgullece haber sido compañera de trabajo de intelectuales relevantes como Enrique Saínz, Salvador Arias, Virgilio López Lemus, Jorge Luis Arcos, Alberto Garrandés; y serlo de Ricardo Luis Hernández Otero y Jorge Domingo, a quienes admiro por sus amplios conocimientos; también de las dos colegas que me acompañan en la mesa: Marta Lesmes y Zaida Capote, quienes aceptaron, espero que con gusto, acompañarme en este día memorable para mí. Disfruto compartir con jóvenes investigadores que comienzan a despuntar: Pablo Argüelles, Roberto Rodríguez, Cristhian Frías, Denise Ocampo, Raiza Rodríguez, relevo seguro de los que ya vamos en obligada picada.
Siento que la hora del retiro tarda aún en llegar, mientras la salud me acompañe, para alivio de algunos, sobre todo Zaida, con quien comparto un mismo proyecto de investigación. Mantengo ilusiones de trabajo, como ver publicada la edición anotada de Cecilia Valdés, tarea en la que coopero con Reynaldo, aunque ya en fase de agotamiento por lo larga que ha sido. Planeo volver a Ramón de Palma, para complacer a Antón, quisiera preparar nuevos epistolarios, hacer una edición anotada de El Negrero… Quisiera muchas cosas: ver restauradas nuestras publicaciones periódicas, que el implacable ha tornado, en no pocas ocasiones, verdaderos ripios; que nuestras editoriales, en especial Letras Cubanas, tengan mucho dinero para publicar lo pasado y lo presente; que podamos leer a muchos autores extranjeros hoy desconocidos por la mayoría. Quisiera, sobre todo, paz, armonía, comprensión y que el don de perdonar reine entre todos. Quizás piense así porque la muerte, que debe ser aceptada como un extraño privilegio, ha rondado mi vida en los últimos años: mi hermano gemelo, mi esposo, Julián Barrios, este último con intereses muy alejados de la vida cultural, pero siempre respetuoso de mi trabajo. Su ayuda fue invaluable para realizarlo con mayor comodidad, pues se empeñó en que tuviera una computadora, una impresora y hasta un escáner. Vivo sola, como muchos saben, pero me acompañan mis libros, los hechos por mí y, claro, la mayoría, por otros, mis plantas y mis amigos. Me alegra que los colegas publiquen, sobre todo los más jóvenes, y los animo a escribir fuera de lo que diseñan los, a veces fríos, planes de trabajo.
El mundo de los escritores es, parafraseando a Ciro Alegría, ancho, pero no debe ser ajeno a nuestras circunstancias y entorno. Trabajamos, la mayor parte de las veces, en solitario, pero ello no puede impedirnos apartarnos del mundanal, que hoy atraviesa momentos difíciles.
Formamos una rara familia a veces mal avenida, murmurante y murmurada, con encuentros y desencuentros, como toda la que se respete. Pertenezco a ella, en tanto investigadora literaria que pretendo ser, y también crítica y ensayista a ratos, con la satisfacción de formar parte no de un grupo de elegidos, sino de los que amamos la cultura y, en especial, la literatura.
Una vez Iroel Sánchez, en una reunión del consejo asesor de Letras Cubanas, oyendo mis propuestas de publicación, me dijo: “Cira, tú necesitas una imprenta para ti sola”. No ambiciono tanto, sino solamente, y creo es poco, que el libro florezca en Cuba, que se sigan celebrando las ferias del modo más racional y económico posible. En fin, que la literatura siga siendo una “fiesta innombrable”, para recordar a Lezama Lima.
Les agradezco a todos haberme acompañado en este canicular agosto que ojalá se acabe pronto, si es que antes él no decide acabar con todos. Mi especial gratitud a Zuleika Romay, presidenta del Instituto Cubano del Libro, con quien tengo una excelente complicidad, a Karel Leyva y a su equipo de promoción, a Ambrosio, a Reygon, como siempre lo llamo, a Marta y a Zaida. Un día como este no se olvida. Se los aseguro.
Muchas gracias.