Un año sin Jaime Sarusky
Todavía cuando concurro a un evento cultural de los muchos que tienen lugar en La Habana, no dejo de mirar en todas direcciones tratando de encontrar al polaco. Siempre tengo la impresión de que aparecerá de un momento a otro, galanteando con todas las mujeres a su paso, deshaciéndose en elogios y finos piropos y riendo siempre con esa sonrisa amplia y franca que tanto nos cautivaba a todos.
Otras veces me imagino que recorro con él otras provincias, otros países, incluso vacacionamos como solíamos hacer cuando éramos convocados de manera coincidente. y entonces tenía yo esa oportunidad de ir aprendiendo siempre de su inigualable magisterio y su amplia cultura.
También durante nuestras travesías mejoré mucho mis conocimientos sobre bebidas, licores y raros manjares, ya que Jaime había estado en muchos lugares y de todos conservaba alguna receta especial o un cóctel legendario que nunca supo hacer en la práctica, pero igual se las arregló para que los cocinara Eduardo, el gran chef amigo de Reynaldo González o mi esposa Grisel o cualquiera que se brindara para hacerlo, una vez que los convenciera de las delicias de esos platos que nos estábamos perdiendo y que, ¿quien podía dudarlo?, eran muy fáciles de elaborar.
Los cócteles los prepararon todos los amigos posibles de Jaime, con ese rubro fue menos exigente, y generalmente se contentaba con las combinaciones de vodka que el inigualable Reynaldo bautizara como Rasputín si quedaban malos, Catalina si quedaban más o menos y Pushkin si eran en extremo apetecibles. En los casos más extremos, un vaso con ron y mucho hielo, aunque la marca no arrojara mucha confianza. La buena compañía era capaz de suplir las deficiencias posibles de cualquier bebida.
Con los amigos sí fue muy selectivo, pero en esa misma medida dio muestras de una fidelidad y lealtad a toda prueba. Bastaba que cualquiera de nosotros tuviera una mala racha o algún problema de salud para ver a Jaime preocupado, llamando o personándose en nuestras casas para saber de primera mano las novedades y, de paso, ofrecer su ayuda para lo que hiciera falta. Fue muy generoso en ese aspecto y siempre estaremos en deuda con él de alguna manera.
Recuerdo los días en que estuvo hospitalizado y todos sus amigos nos turnábamos para cuidarlo. Me alegra decir que nunca estuvo un instante solo, tratábamos que no se sintiera apenado porque era muy tímido y además presumido, y no le gustaba que lo vieran con las limitaciones propias de su estado de salud. Me acuerdo que le hacíamos muchas bromas y constantemente improvisábamos para crear situaciones divertidas y de esa forma mitigar un poco su malestar y su certeza de sentirse disminuido en su independencia de trotamundos y peatón de madrugadas. Le gustaban mucho las buenas compañías, pero también disfrutaba por momentos de una necesaria soledad.
Después sobrevendría lo fácilmente previsible, una aparente mejoría, seguida de un deterioro físico que fingíamos no ver, aferrados a esa suerte de esperanza con la que intentamos enmascarar la realidad cuando deseamos continuar disfrutando de nuestros seres queridos.
En la madrugada del día 29 de agosto del pasado 2013, recibí una llamada no por esperada menos dolorosa, para decirme que es hombre al que quería como un hermano mayor, un padre, no estaría más entre nosotros, al menos no físicamente, y, con la noticia, una sensación indescriptible de congoja y desamparo. El infinito del dolor se abría ante nosotros, sin que estuviéramos preparados para lidiar con eso. Ahora, al cumplirse el primer aniversario de su deceso, me percato de que no lo estamos aún.
Solo me queda, viejo amigo, camarada, compinche en las buenas, las malas, las verdes y las maduras, decirte que tendrás siempre un lugar de privilegio en la pequeña alacena de mi corazón.
Alzo mi copa y brindo a tu salud, me acompañan todos tus amigos y amigas que hacen una lista interminable, y que jamás tú publicarías por exhaustiva y poco aconsejable en términos periodísticos y literarios.
Hasta siempre, Lord Jaime Sarusky Miller.
Con el abrazo apretado y cálido de tu Pablo Vargas.
La Habana, a los 29 días del mes de agosto de 2014.