Apariencias |
  en  
Hoy es domingo, 8 de diciembre de 2019; 2:03 PM | Actualizado: 06 de diciembre de 2019
Búsqueda de artículos
título
autor
Artículos en esta sección: 112 | ver otros artículos en esta sección »
Página

Luis Felipe Rodríguez: criollismo y humor

Jorge Tomás Teijeiro, 01 de septiembre de 2014

Luis Felipe Rodríguez (1884-1947) —nacido en Manzanillo— fue miembro, junto con Manuel Navarro Luna, del grupo literario de su ciudad natal, que giraba en torno a la revista Orto, de la cual fue colaborador. Desde muy joven laboró también en la prensa de su localidad.

Años más tarde aportó sus trabajos literarios a publicaciones de la capital, tales como las revistas Bohemia y Carteles, el periódico Información y el suplemento literario del Diario de la Marina.

Fueron notables sus ensayos “El sentido del paisaje vernáculo” (1936) y “El cubano y su isla” (1940). Escribió además obras de teatro, algunas de ellas llevadas a escena en el Teatro Popular, de Paco Alfonso.

En lo tocante a la radio, recibieron sus libretos: el Instituto Popular del Aire de la emisora CMCY y la emisora Mil Diez del Partido Unión Revolucionaria Comunista —Partido Comunista en esa época.

Cuentos, novelas, criollismo

Este autor escribió los libros de cuentos La ilusión de la vida (1912) y Cómo opinaba Damián Paredes (1916), y gradualmente fue desarrollándose hasta convertirse en importante narrador de lo más esencial en el ámbito rural: la tragedia socio-económica del campesino cubano. Muestra de ello son sus dos posteriores libros de cuentos: La pascua de la tierra natal (1928) y Marcos Antilla: Relatos de cañaveral (1932). En este último libro está incluido su cuento “La guardarraya”, premiado en el concurso de cuentos cubanos de la Revista de La Habana. A partir de Luis Felipe Rodríguez el cuento criollista, que hasta entonces fluía por cauces estrechos, alcanzó una nueva dimensión.

Escribió también las siguientes novelas: La conjura de la ciénaga (1923), La copa vacía (1926), Ciénaga (1937) y El negro que se bebió la luna (1940). La primera y la tercera son las que más propiamente pudieran incluirse dentro de la literatura criollista.

A pesar de ciertas carencias que se le atribuyen como narrador, este autor influyó notablemente en figuras principales de la cuentística cubana que le sucedieron.

Nombres propios característicos y jocosos

Buena parte de los nombres dados por Luis Felipe Rodríguez para distinguir locaciones, a los tipos que actúan en la trama y hasta a los animales y las cosas, tienen, en general, dos elementos esenciales. En primer lugar, sugieren las características de lo nombrado y, en segundo término, mueven a risa. Sean prueba de ello los ejemplos que muestro a renglón seguido.

Hormiga Loca se llamaba un barrio, igual que ese tipo de insecto himenóptero que se mueve de forma alocada pareciendo no tener destino fijo; Tontópolis, término municipal al cual pertenece el barrio de Hormiga Loca, su nombre indica “ciudad de tontos”; Muelaquieta, otro pueblo, cuyo nombre sugiere que allí nadie come, o nadie habla; Olegario Machuca, alcalde de barrio y cacique de la zona, cuyo apellido insinúa que no es muy blando con algunos; Mongo Palaseca, pesador de caña, “con su hocico de jutía y la cabeza peinada como una doncella”; Chiripa, jefe político a quien suponemos triunfando por azar; el capitán Comevaca, a quien imaginamos, según es nombrado, ocuparse en engullir ganado vacuno; el Pelirrojo, el sol, “que tiene que ver tanto con la psicología y la tragedia antillana”; Señorita y Jorocón, pareja de bueyes bautizados según su sexo y comportamiento; La Aplanadora, “hoja periódica escrita con la loable intención de insultar duramente a los contrarios”.

El “conversao” gracioso de los campesinos

Sorprende cómo este autor, sin dejar de denunciar la explotación a que eran sometidos los campesinos y su correspondiente secuela de penurias, va poniendo en boca de los personajes del campo esos refranes y esa fraseología dicharachera y chistosa que los caracteriza, recurso –-tantas veces empleado por el cubano— para paliar su sufrimiento. A continuación le aporto, querido lector, algunos párrafos tomados de sus diálogos, donde se muestra esta forma de decir:

—¡Si el muchacho saliera dotor, qué gran honra para la familia! Labrando la tierra o haciendo pan tan bien como yo, el muchacho será un buen labrador o un panadero más en la parentela, mientras que siendo dotor, ya la cosa es maíz de otra mazorca.

—Tú tienes que ser dotor, rugía mi padre iracundo al ver mi poco progreso--. O no hay pájaro prieto en el monte.

—Brinqué el cerco del matrimonio para tomar al sol de la vida embriagueces de libertad. “El buey solo bien se lame”.

—Fue entonces que me atacó la inquietud de poseer de nuevo a mi Hormiga Loca, y aquí estoy, como un rabo que no sabe si ha perdido su perro.

—¡Qué dos patas para un buen pollo! —dijo uno al vernos pasar.

—Este sol de domingo criollo se me caía de las manos como el doble más alto del viejo y manoseado dominó del cotidiano tenducho de Exuperancio Martínez.

—En este mundo, cada loco con su olla de grillos y “allá Marta con su mondongo”.

—Yo no quiero decir con esto nada, pero si le pones asunto a lo que te voy a relatar vas a echarle a la mente un pensamiento que roer.

—Bueno, mejor será que yo desembuche pronto y no me rodee de tanto misterio, como un profesor de teología.

—¡Este adulón del ingenio es más pillo que un majá en un corral de gallinas!

—Chivo que rompe tambora con su pellejo lo paga.

—Al César lo que es del César y a Dios lo que no sea del ingenio.

—Mire, amigo, que a Seguro lo llevaron preso.

—Como usted nació en el tiempo en que se amarraban los perros con melcocha, cree que todo el campo es mamey-zapote.

—¡Cállese, viejo! Ni que fuera mosquito para andarle a uno en los oídos con la misma canción.

—A ti solo te han salido “en seguía” las canas y el reumatismo.

—Abra los ojos, “camará”, y vea bien, que ustedes los del pueblo, que lo saben todo, a veces confunden el melón con la güira y la yuca con el plátano.

—En nuestros tiempos, a las muchachas había que sacarlas del aposento de juro a Dios cuando venía el “enamorao”. Ahora son ellas las que saltan delante.

—¡Ave María, muchacha, que cara tan “desmejorá” tienes! Si pareces un pedazo de papel “mascao”.

—Mas, de un momento a otro aparecería su hija Conchita y después Mongo Paneque, como la soga tras el ahorcado.

—Este Mongo es más dichoso que el toro padre de don Venancio.

—Se había aparecido allí como perro en misa. ¿Qué quería el muy sencillo?

—Mongo Paneque se ha olido el tocino y anda diciendo por ahí que un bobo del pueblo le cae como una caoba y que quisiera tan solo tropezar con él para romperle un hueso.

—Él no podía consentir que ningún “arrastrao” del pueblo le viniera a dejar delante de la concurrencia lo mismo que don Alonso cuando lo ensució la vaca.

—Este Mongo, este Mongo, es más bruto que el mulo de Juan Antonio.

—Me llamo Bartolo Morejón; la mujer, Rosa Vergel y mi hijo mayor, Bartolito Morejón y Vergel, para servir a usted y no al Gobierno.

—¡Demonio!, tu novela está como nuestros principales problemas: al principio de la primera cuartilla.

Cuando se narra del cañaveral, de la guardarraya, de la ciénaga…

En los cuentos y novelas de Luis Felipe Rodríguez, el narrador en más de una ocasión es el campesino que se alejó y ahora regresa a su entorno o alguien que, quizás con más desarrollo cultural, pero conocedor del medio rural, utiliza la metáfora con sabor a caña, a guarapo, a melado, a azúcar… ¿qué otra forma si no para que el lector sienta la humedad, el calor, el olor de tal ámbito? Y también salen algunas frases que mueven a risa, porque reflejan las ocurrencias de nuestros guajiros. Veamos a continuación algunos connotados ejemplos en segmentos de las narraciones de tales sujetos:

No te discuto el deseo de que sea yo el que informe y de fe de mí mismo; esto hace más humana y artística la posibilidad de mentir a sabiendas y darle al pescado la salsa que mejor huela.

Hay moradas que se agrupan en un arrimo tembloroso, como ancianitas asustadas, que quisieran librarse, en conjunto, de la corriente del tiempo, de un temblor de tierra, de una racha de viento o de una algarada política.

El hombre que desprecia el sentido común, el doctorado y la política, no es más que un espantapájaros.

Y entretanto el doctor Franklin Pérez de Soto piensa que él y las centrífugas del central son los que tienen más trabajo.

Nunca salió de la campiña de Trinidad, como no fuera para ir, entre sus compadres, a la antigua ciudad conducido en rebaños campesinos por los pastores políticos.

Sentí vértigo y fiebre por morder a la vida en su entraña profunda, pero la vida seguía por su guardarraya, sin importarle una caña la fiebre y el vértigo de Marcos Antilla.

Solo los ríspidos ángulos agudos de la Sierra Maestra parecen mostrarse sólidos y en pie, aullando trágicos, como canes petrificados al implacable sol borracho con cara de camarón cocido a quien se lo toleramos todo porque no está al alcance de la mano.

Éramos veinticinco filos de mocha a lo largo de la guardarraya, veinticinco cuchillas implacables, buenas piezas de barracón y hamacas de sacos de harina, entre los cuales la mitad eran carbones apagados del horno haitiano.

Pero, pongamos los puntos sobre las íes, antes de referir dónde y cómo el majá se tragó al pollo.

Una barbería de cualquier sugar company, siempre es un sitio de reunión, a propósito para arreglar el pelo y el mundo.

Todas las estrellas eran lámparas eléctricas en el sendero y cocuyos en el cañaveral.

Todos le mandan a hacer los menesteres equívocos que solo se presta a realizar aquel que ya tiene por cabeza una güira seca y una vegetación color de vendaje usado, que escasamente se le reproduce alrededor de la boca.

En medio de esta vida, donde tanto se padece, a Tintorera nunca le supo mal el papel de lija de un luengo trago.

En menos de lo que se corta una caña en tres trozos realizaron ventas fabulosas, trajeron todo el Haití y todo Jamaica para los campos inmensos de la planta magnífica que ondulaba en aquellas imaginaciones tropicales como un mar de oro.