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Tula, Tórtola y Becerro: homenaje a Gertrudis Gómez de Avellaneda

Jesús Dueñas Becerra, 04 de septiembre de 2014

Tula, Tórtola y Becerro, del escritor Juan José Jordan, con dramaturgia, puesta en escena y dirección artística y general del teatrólogo Fernando Quiñones Posada, es el estreno que la compañía Rita Montaner está presentando en la capitalina sala El Sótano, para festejar el bicentenario del natalicio de doña Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873), una de las voces más genuinas del romanticismo hispanoamericano y apasionada defensora de los inalienables derechos de la mujer, tanto en la geografía insular como peninsular.

La Peregrina (seudónimo utilizado por la ilustre poetisa, escritora, dramaturga y periodista camagüeyana) escribió poesía, novela, teatro, y se destacó en los tres géneros, al incorporar a las letras ibéricas el ambiente caribeño, percibido en el Viejo Continente como exótico, y mediatizado por un tono melancólico y nostálgico. Son ejemplo de ello, las novelas Guatimozín, último emperador de México (1846) y El cacique de Turmequé (1860).

El compromiso social asumido por la Avellaneda se hizo evidente en Sab (1841), la primera novela antiesclavista de las letras españolas.

Su poesía, que le brota del ánima lastimada y taciturna, se focalizó en el tema del amor desdichado y pesimista, tal y como se puede apreciar en algunos de sus sonetos más conocidos: Al partir, A él, A la poesía, publicados antes de 1841, y recogidos en un poemario, editado en 1851.

En el teatro, trató de estrechar en cálido abrazo la tragedia clásica con el drama romántico, pero alejado, años luz, de los excesos propios del romanticismo, como —por ejemplo— en los dramas Saúl (1849) y Baltasar (1858). Según la crítica especializada, este último es la mejor de sus obras por el impecable entramado psicológico y espiritual en que la dramaturga agramontina estructura los personajes. 

El privilegiado intelecto de Tula (como también se le conoce en los predios artístico-literarios), fructificó, además, en el ejercicio periodístico; profesión en la que desempeñara funciones de fundadora, directora y redactora principal de la revista literaria Álbum Cubano de lo Bueno y lo Bello, desde cuyas páginas defendiera —con razón y emoción— las ideas feministas, así como la labor desarrollada por la mujer en los medios de prensa. Colaboró con importantes publicaciones periódicas, tanto en la metrópoli, como en nuestro archipiélago.

En 1860, recibió un homenaje en La Habana, donde fuera coronada con laureles para rendirle merecido tributo a una cubana, tan singular, como ejemplar.

Gertrudis Gómez de Avellaneda, no obstante haber sido una autora muy elogiada en su época, cayó después en un periodo signado por el olvido, pero la crítica actual la considera una precursora del feminismo moderno, tanto por su actitud vital como por la fuerza caracterogénica que les insuflara a sus personajes literarios femeninos.

Tula, Tórtola y Becerro incita al reencuentro con La Avellaneda, Joaquín Lorenzo Luaces (1826-1867) y José Jacinto Milanés (1814-1863), quienes  son interpretados por la actriz Valia Valdés y los actores Ariel Gil y Jorge Mederos, respectivamente. Con el rigor artístico-profesional que los/as caracteriza, les prestan piel y alma a los tres representantes por excelencia de la lírica romántica en el siglo XIX cubano.

Luaces y Milanés le cuestionan a La Peregrina diversas facetas de su vida, que condicionaron la actitud adoptada por la poetisa ante la literatura y la patria. En el eje de dichos conflictos, aparecen varios personajes, reales y ficticios, creados por la fértil imaginación de la Avellaneda, e interpretados por Esteban León (Sab, su amantísimo hijo literario), José Alejandro (Ignacio de Cepeda, 1816–1906, y Manolo Gómez de Avellaneda), Margarita Placeres (viuda de Cepeda y doña Francisca, la progenitora de Gertrudis), Lavinia Ascue (Rosalía de Castro, 1837-1885), y Rey Llancad y Luis Crespo (padre Coloma).

Todos y cada uno de ellos/as han dejado huellas imborrables en el carácter y en la recia personalidad que la identifica, en el ambiente periodístico-literario y fuera de él, así como en la esfera afectiva, uno de los componentes esenciales de la personalidad humana.

En ese contexto dramatúrgico, Tula debe defenderse del ataque lanzado contra ella, y basado en sólidos criterios acerca de los amores que sostuviera, el poco o nulo patriotismo (¿?), el presunto coqueteo con la corona española, en momentos críticos que atravesara la Cuba colonial.

Por otra parte, La Peregrina desempeña el papel protagónico, mientras los datos biográficos de la prolífica creadora se incorporan a la trama de la obra para revelar su imagen como mujer, única e irrepetible, con el marcado objetivo de bajar de la «urna de cristal» donde la crítica local y foránea colocara a la distinguida intelectual caribeña, profundizar en sus características psicológicas, humanas y espirituales, y acercar un poco más a los amantes del arte de las tablas a su existencia terrenal,  más allá de sus valiosos aportes al desarrollo de las letras cubanas e iberoamericanas.

Como parte de la acción dramática, son incluidos momentos no muy conocidos de la vida de la Avellaneda: el vínculo filial con la madre y la relación erótica y sentimental con el amante Cepeda.

La obra se enriquece con canciones, coreografías, efectos especiales, el vestuario que evoca el período decimonónico, así como con el buen desempeño de los/as artistas que integran el elenco de esa puesta, calurosamente acogida por el público y la prensa especializada, ya que posee indiscutibles valores, desde los más disímiles puntos de vista.    

Llevar al proscenio Tula, Tórtola y Becerro ha sido —a mi juicio— uno de los grandes aciertos de la compañía Rita Montaner, dirigida por Fernando Quiñones Posada, no solo para festejar dignamente el aniversario 250 del nacimiento de Gertrudis Gómez de Avellaneda, sino también el cumpleaños 53 de esa emblemática agrupación teatral.    

Foto: cortesía de Fernando Quiñones Posada

Editado por: Heidy Bolaños

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