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Que el diablo te acompañe

Jesús Dueñas Becerra, 02 de octubre de 2014

Como parte de la programación incluida en el Festival Habanarte II, que abarcara las más disímiles manifestaciones artísticas, la veinteañera agrupación Teatro Pálpito llevó a las tablas de la capitalina sala El Sótano el re-estreno de la obra Que el diablo te acompañe, del multilaureado escritor y dramaturgo Abelardo Estorino (1925-2013), Premio Nacional de Literatura 1992 y Premio Nacional de Teatro 2002, con dirección general y  puesta en escena de Ariel Bouza.

No obstante haber obtenido el título de doctor en Cirugía Dental en la Universidad de La Habana, el ilustre intelectual matancero solo ejerció la profesión durante tres años, porque el mundo de las tablas lo cautivó, y en consecuencia, se consagró a él en cuerpo, mente y espíritu hasta el final de su fecunda existencia.

En 1954, escribió su primera obra, Hay un muerto en la calle, que aún permanece inédita, y un par de años después, montó El peine y el espejo, que estrenó en 1960; un éxito que significó un punto de partida para la década prolífica que se le avecinaba y que aprovecharía al máximo.

Fue el creador de la gran comedia musical cubana Las vacas gordas (1962), junto con el dúo autoral integrado por los compositores Gerardo Piloto y Alberto Vera, así de como una amplia colección de piezas antológicas, dedicadas a «los que —según José Martí— saben querer» y para quienes trabajara con amor y pasión.

Estorino legó a la posteridad clásicos del teatro cubano como La casa vieja (1964) y su versión de la novela Las Impuras (1962), del médico y escritor Miguel de Carrión.

Estuvo vinculado a Teatro Estudio, cuya columna vertebral fueran los maestros Raquel y Vicente Revuelta. Durante las tres décadas siguientes sus puestas fueron llevadas a escena por compañías teatrales nacionales y foráneas.

Entre las distinciones más importantes que recibiera durante su fructífera trayectoria artístico-profesional se encuentran: Premio de la Crítica a la mejor puesta en escena en 1992 por Vagos rumores, Premio al mejor texto en el Festival del Monólogo en 1989, por Las penas saben nadar, Premio a la Mejor Puesta en Escena de 1988 por La Malasangre, de Grisela Gambaro, y Mención Especial Premio Cau Ferrat en el Festival de Sitges, Península Ibérica, en 1985, por Morir del cuento

Otros escenarios también acogieron con gran beneplácito el repertorio de Abelardo Estorino, cuyas obras se han traducido y representado en Estados Unidos, así como en países latinoamericanos y europeos. 

Asistió al Festival de Cádiz (1995), evento al que llevó Vagos rumores y Las penas saben nadar, y visitó la ciudad de New York (1996), para incorporarse a un programa de intercambio cultural con los integrantes de Repertorio Español. En 1997, Parece blanca participó en el Festival Internacional de Caracas, Venezuela.

La trama de Deja que el diablo… gira en torno a un tema de palpitante actualidad: el machismo y su vigencia en la sociedad patriarcal que, no obstante todo lo que se ha avanzado en relación con los derechos de la mujer y el otro «diferente», continúa imponiéndose a ultranza, no solo en nuestro medio, sino también en otras regiones del orbe.

La acción dramática se focaliza en un «don Juan delicioso e irreverente», interpretado por el joven actor Juan Celeiro —Juany— (Glerys Garcés), quien engaña a su esposa con dos mujeres más, y aunque su desempeño actoral se caracteriza por la versatilidad, en el proscenio da la impresión de que sobreactúa… sin necesidad alguna de apelar a ese recurso, porque talento le sobra. 

Completan el elenco Araina Begue y Liliana Bergues (Inés); Ángela María Marrero, Ana Patricio Martín y Claudia Álvarez (Elvira); Grethel Delgado Álvarez y Amanda Oceguera (Ana Josefa, Nani); Reynel Molinet y Roberto Silva (Juan A. Echemendía);  Homero Saker (Yeyo); Slake Pagán (Wichy); Ariel Bouza y Michaelis Cué (Chalo). El papel de Mefistófeles lo desempeñaron Maikel Chávez García, María de los Ángeles Agüero, Raiza de Beche y Yoss Saky.         

En el centro de esa simpática comedia, que hace reír, y a la vez  reflexionar al público acerca del comportamiento humano, mediatizado por la programación socio-cultural que condiciona pensamientos y actitudes de hombres y mujeres con respecto a la fidelidad que la mujer le debe al esposo, pero no a la inversa, y percibe como un «triunfo de la virilidad masculina» que el hombre establezca relaciones sexuales con más de una mujer, pero esta le debe lealtad incondicional al marido, y si se atreve a vulnerar esa pauta de falsa moral es acusada de prostituta y de cuanto epíteto se le ocurra al marido burlado o a la sociedad, que la emprende no solo con la adúltera, sino también con el engañado, al que califica de «cornudo».

En ese contexto dramatúrgico, Mefistófeles —que según el padre de la doctrina psicoanalítica ortodoxa, tiene su «reino infernal» en el componente instintivo del inconsciente freudiano— incita al macho «tarreado» a lavar con sangre la afrenta recibida; razón por la cual la «bestia salvaje», escondida en las regiones más primitivas de la psiquis del homo sapiens, se enfrenta a lo esencialmente humano, que yace en el componente espiritual (separado del componente instintivo por una línea imaginaria), que quiere perdonar a la esposa por la traición de que ha sido objeto. En esa confrontación, prevalece lo peor del ser humano; en consecuencia, el «tarrudo» incurre en el delito de homicidio, del cual el superyó (código ético-moral que regula el comportamiento psicosocial del hombre y la mujer), lo obliga —de inmediato— a arrepentirse de lo que ha hecho…, pero ya es demasiado tarde.       

No me asiste la más mínima duda de que los actores y las actrices que participaron en esa puesta en escena dominan al pie de la letra la técnica académica, que comprende no solo el discurso verbal, sino el lenguaje extraverbal o gestual, que —en no pocas ocasiones— es más elocuente que la palabra hablada.

Por otra parte, es innegable que poseen una formación integral, recibida tanto en la Escuela Nacional de Arte (ENA), como en la Universidad de las Artes (ISA), ya que no solo actúan, sino también cantan y bailan.

Sin embargo, abusaron del empleo de las palabras «mal sonantes», que —en mi opinión— no eran absolutamente necesarias en el guión, y por ende, enrarecieron el ambiente humorístico —con ligeras pinceladas trágicas— que signara esa evocación a la memoria del maestro Abelardo Estorino.

Editado por: Heidy Bolaños

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