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 Un centenario que no puede pasar inadvertido
 

Leonardo Depestre Catony, 07 de octubre de 2014

Por muy de prisa que marchen los tiempos, por muy agitados que tengamos los días, por mucho que sea el sstrés, nada justifica la desmemoria: el 2 de octubre de 1914 se cumplen 100 años del nacimiento de Juan Ángel Cardi, un autor cubano que entregó al género policial muy leídas obras años atrás, tanto que hicieron de él un escritor popular, cuyo rostro —por entonces ya en la frontera de la tercera edad, acompañado de un bigote decimonónico, barba o no incluida, según el momento—  se nos hizo familiar.

Cardi escribió durante los años del boom del género policial-detectivesco-político en Cuba, con algunos de los resortes de la novela enigma y otros de la novela negra, a lo cubano, durante una etapa que llevó a las manos de los lectores una abundante producción de cuentos, novelas y testimonios de un género tan atractivo que por si solo promovió la lectura entre los jóvenes y adultos en un grado mucho mayor y más eficaz que otras campañas muy bien intencionadas y promocionadas las cuales, sin embargo, no han alcanzado los resultados esperados.

Juan Ángel Cardi, junto a otros autores cubanos, fue un contribuyente significativo y no debidamente reconocido a este loable empeño cultural.

Se trató de un escritor que se hizo sobre la marcha. Tuvo muchos oficios: mandadero, vendedor, picapedrero, albañil... También escribió, oficio que le escocía desde joven, al igual que el humor, y encontró cauces en publicaciones como Zig-Zag, Actualidad Criolla, El Pitirre, DDT, Palante, Bohemia, Verde Olivo..., desde los años cincuenta hasta los años altos de su vida. La radio y la televisión tampoco le fueron ajenos en su faceta de creador.

Una larga vida lo nutrió de copiosa experiencia, pero además del conocimiento de la naturaleza humana, esta le descubrió los gustos del lector o del oyente, le reveló las mañas del argumento capaz de enganchar y mantener en vilo el interés. Porque el escritor —y Cardi lo fue— es un observador natural y perspicaz de todo lo humano.

La colección de libros que Juan Ángel Cardi escribió (quien redacta conserva unos cuantos en su biblioteca doméstica, cerca de la mano) es extensa y sus títulos, pues tenía habilidad para titular, denotan los intereses que llevó al papel. Escribió para el divertimento del lector, pero con un sentido bien delineado de las normas de la buena literatura:


“Me duele decirlo, pero no amé a primera vista —ni a segunda— a Enriqueta Estivil. Por el contrario, jamás experimenté ninguno de esos síntomas que, según algunos expertos en la materia, suelen manifestarse cuando se quiere de veras. No obstante, sus mórbidos brazos eran como implacables serpientes y estaban domesticados a los efectos de permitir que los labios ávidos y absorbentes de su dueña produjeran besos inextinguibles y —es justo consignarlo— de bastante agradable sabor. Esto, por sí mismo, no habría sido indeseable para nadie, incluyéndome a mí, de no ser por aquellos cuchillos óseos, sobresalientes debajo del cuello de mi ardorosa prometida, que, clavándose en mi región homóloga, me producían una rara sensación de tortura”.


                                           (En Viernes en plural).


Quienes conocieron a Juan Ángel Cardi afirman que el humor de su narrativa era un desprendimiento del humor con que enfrentó las diversas circunstancias de la vida, porque se trató de un humorista natural capaz de insuflar al relato policial ese aire ligero que se le agradece, incluidos los componentes erótico y satírico.

Citaremos algunos de los libros que la Colección Radar de la Editorial Letras Cubanas le publicó: El American Way of Death, 1980; Viernes en plural, 1981; Una jugada extraordinaria, 1982; Dos casos de un detective, 1983...

También son de su autoría, aunque anteriores, La sublime ignorancia, 1965; El amor es una cosa de dos, 1966; Brevísima pero muy documentada historia de la prensa, 1966; Relatos de Pueblo Viejo, 1970; Itinerario de un hombre de quince años, 1975...

El 15 de septiembre de 1988 Juan Ángel Cardi dejó de hacernos compañía. Por fortuna quedaron sus libros, que bien lo retratan.

En el centenario de su natalicio quién sabe si pueda escuchar una felicitación más que merecida de sus lectores, amigos, familiares. De no ser posible, valgan estos apuntes para su recordación en el mundo siempre alucinante de los vivos. 

 

Editado por: Dino Allende