Apariencias |
  en  
Hoy es lunes, 9 de diciembre de 2019; 2:52 AM | Actualizado: 06 de diciembre de 2019
Búsqueda de artículos
título
autor
Artículos en esta sección: 527 | ver otros artículos en esta sección »
Página

Una poesía para alumbrar otros azares

Racso Morejón, 08 de octubre de 2014

¿Dejará el azar de ser concurrente y con ello todo cuanto lo evoque de pertenecer al uni-verso lezamiano?

¿Será que en su fuero interior, íntimo e intestino el poemario Azar del perfumista revela un interregno lúgubre de la vida de su sujeto lírico versus autor que pondera extraer la esencia humana a golpe de metáforas e imágenes, con olor que el “amor” y su desazón van dejando a manera de indicio por rastrear en nuestra memoria?

¿Encontrará el lector en las “páginas amarillas” de este volumen  esa anarquía de señales que preconizan la valiosa multiplicidad del autor que vislumbra desde la nota de contracubierta Lina de Feria?

Estas fueron substancialmente las preguntas iniciales que me hice mientras venteaba Azar del perfumista, Ediciones Extramuros, 2012 de Arnaldo Muñoz Viquillón (La Habana, 1972), un poemario de tono evocador desde la mismísima dedicatoria hasta el verso con que concluye: horadando la tierra hasta el final; un asombro más a sumar a la euritmia humana, a su itinerario existencial  y a esa voz que se abisma en el desgarramiento entre la página en blanco y el ímpetu anímico de quien deja sobre ella su índice “asalariado”.

Desde el propio título sabemos ya que estamos a merced del albur, lo cual subraya la idea de una lectura insospechada, muy cercana a un sinnúmero de poemas de Raúl Hernández Novás –más bien al estado anímico de esos poemas- y al hecho irremediable de saber también de antemano que seremos conducidos por/hacia un firmamento sublime, sensorialmente dispuesto por un ser dotado de un trazo y un trozo de delicadeza olfativa. Un perfumista.

Un poemario que seduce por las vibraciones de una poesía que no hace alusiones genéricas a irrevocables asuntos  y aunque hay zonas donde cierta penumbra del discurrir de los versos se abalanza sobre el lector, nos premia el hecho de leerlas como registros de intencionalidad del escriba, enfoque inquietante de una determinada atmósfera que nos quiere compartir de manera fragmentada, como quien va proponiendo a manera de “manchas de tinta” la contundencia con que lo súbito se nos torna imagen en el cuerpo sensorio del texto.

Así, la poesía de Arnaldo Muñoz Viquillón, persevera, no solo en su intento por alcanzar que el lector se deje llevar por los rigores de la perplejidad que fatiga al poeta sino por el hecho mismo de procurar las que despiertan el deseo de transfigurar(se) sus imágenes metaforizadas –¿o será viceversa?– en las inquietudes propias de quienes nos acerquemos, de manera lectiva incluso, a los “azares” de esta poesía. Perseverar sería, entonces, el mérito imparcial de toda escritura.

Con Azar del perfumista se transfiguran estos intentos arropados en un verso libre de consonancias angustiosas y de una prosa poética de atinado conceptualismo  que derivan en un sino del poeta y por añadidura del lector, acaso la mayor divisa que se pueda esperar luego de concluir la lectura de un poema, de un poemario; definitivamente no quedamos errantes y aunque nadie publique la sonrisa del poeta, derramar la luz sobre los versos – nada azarosos– de Arnaldo Muñoz Viquillón es encontrar los ecos de una reminiscencia que –a veces sin advertir– tenemos anclada a nuestra propia garganta, detrás de nuestros propios párpados, o para decirlo a la manera de él, el párpado de la luna aún no se había cerrado para nadie y esto, de seguro, despierta el rictus de sosiego para alumbrar otros azares, aquellos que alistan la próxima página.