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El archivo

Jesús Dueñas Becerra, 16 de octubre de 2014

El archivo, del poeta, escritor y dramaturgo polaco Tadeusz Rosewicz (1921-2014), fue la obra que la compañía El Cuartel, dirigida por Sahily Moreda, subió a las tablas de la capitalina sala El Sótano durante la semana dedicada al teatro de ese país este-europeo.

Rosewicz era, además, cuentista y guionista cinematográfico. Poeta de una ruptura tajante con la tradición, ha revisado el concepto mismo de poesía y su razón de ser. Es una personalidad determinante para la evolución de la poesía polaca después de la II Guerra Mundial (1939-1945).

Dio a la estampa los siguientes textos poéticos: La inquietud (1947), La llanura (1954), El poema abierto (1956), Conversación con el príncipe (1960), La voz de un anónimo (1961), La rosa verde (1961), El rostro tercero (1968), Regio (1969), Una pobre alma (1976), Diario dramático (1979), En la superficie del poema y en su interior (1983), Deslumbramientos (1987), Palabra tras palabra (1994), Siempre un fragmento (1998).

En México es conocido sobre todo como autor de obras teatrales: El fichero y La vieja mujer empolla, traducidas al español y llevadas varias veces a escena.

El carismático intelectual proclamó en vida su famoso veredicto: «la poesía está muerta». Con otras palabras, si la poesía quiere salvar su vida, tiene que acabar con la poesía de ayer, con la buena conciencia de los señores poetas y las señoras poetisas. Ya no era posible creer en la palabra bella y metafísica. El único camino que se debía seguir, según él,  no era otro que el de la antipoesía.

Esa nueva actitud, la nueva conciencia del bardo, tuvo que buscar nuevos medios de expresión. De ahí viene la práctica de la palabra despojada de cualquier adorno, la poética de reportaje, de diálogo o de monólogo interior; el desprestigio de la metáfora.

En la vasta obra de Rosewicz, quien estuvo evolucionando hasta el momento mismo de su lamentable deceso, se percibe una oposición dramática entre el mundo de la cultura y el reino feroz de la biología.

Después de publicar Regio, la palabra poética del prolífico creador no ha cesado de erotizarse, es decir, de volverse cuerpo, carne. El cuerpo como cárcel y liberación, origen y anunciación del final, instrumento de goce y objeto de descomposición. Partió del cuerpo-carne sangrienta y humillada por la muerte para llegar al cuerpo-amor, al desnudarse furtivo y condenado al olvido de los amantes. En ese terreno, el vate —ya maduro— buscaba la trascendencia (y en mi opinión, la logró con creces).

La trama de El archivo gira alrededor de un «héroe» anónimo o (anti)héroe, que participó en la segunda conflagración bélica mundial y sobrevivió a la destrucción material, humana y espiritual que provocaran los nazis en las naciones invadidas por las tropas alemanas (incluidas las temidas SS y la odiada Gestapo). Su único mérito fue haber salido ileso física, pero no emocional y mucho menos espiritualmente, de las batallas en las que interviniera durante el tiempo que duró la II Guerra Mundial. A ese hecho, se circunscribe nada más su supuesta heroicidad.

Una vez firmada la paz, el ex soldado se retira a su casa, donde solo quiere vivir en paz y con tranquilidad…, pero personajes «reales» y secuelas mnémicas dejadas en la mente y en el alma por los horrores de la cruenta guerra en que se viera involucrado, comienzan a invadir la privacidad de su hogar, para reclamarle o regatearle el protagonismo que, al parecer, tuviera en el campo de batalla.

En ese contexto sui generis, el (anti)héroe ventila delante del público sus intimidades y flaquezas a través de las cuales se desdramatiza un tanto la huella bélica, el fracaso cotidiano y la memoria vergonzante, que lo persiguen sin piedad alguna.

Esa embarazosa situación no lo abandonará jamás. En consecuencia, la guerra lo acompañará con más saña que su misma sombra, dormirá en su lecho, le procurará citas con la mala vida y hasta con Tanatos (la muerte, en el vocabulario psicoanalítico ortodoxo) y lo hará transitar por múltiples escenarios donde abundan la barbarie y hasta cierta dosis de hastío existencial.

¿Cómo logra Sahily Moreda descifrar ese mensaje y hacérselo «potable» (entendible) al auditorio? Con el uso inteligente de un método dramatúrgico, sencillo y complejo a la vez. Incorpora disímiles técnicas, desde la sombra chinesca y el audiovisual proyectado… hasta la multiespacialidad y el empleo de accesorios que llevan en sí mismos el germen de la sátira, e incluso, de la farsa.

Rosewicz, quien pertenece a la denominada Generación de la Apocalipsis (1921), estima que, para hablar de lo sufrido, de lo vivenciado, hay que tomar el único camino que conduce al centro mismo del yo esencial del soberano de la creación, y atreverse a tocar las fibras íntimas que, al pulsarlas, duelen hondo, porque la existencia terrenal es —según su óptica personal— caos e insania, aunque no estemos de acuerdo con esa posición filosófica ante la vida.

La directora general de la compañía El Cuartel lleva al proscenio una puesta perspicaz, donde la conjugación de elementos, diversos y funcionales, entrañan una decodificación sustanciosa del texto, en el que desempeña una función decisiva el trabajo actoral, principalmente de Carlos Pérez Peña (el seudo-héroe), Premio Nacional de Teatro. Y en términos generales, de casi todo el elenco, integrado —además— por Yeyé Báez (la madre), Yasel Rivero (el padre), Alegnis Castillo y Gilda Bello (secretarias), Jarlys Ramírez (tío), Yasel Rivero/Carlos Estévez (gordo), Daniel Robles (Señor de la raya), Yeyé Báez/Gilda Bello (mujer gorda), Adriana Jácome (joven), y el coro, que evoca al teatro griego.

No obstante, cuando la puesta trata de contextualizar («aplatanar») algunos de los códigos discursivos, el intento —si bien se logra— llega como algo un tanto violento, sobre todo por la no poca ferocidad con que se sustituye el tono torcido y mordaz del relato por una expresión más directa, realista, que genera una evidente contradicción desde esa vertiente.

Dicha obra hace reflexionar al auditorio acerca de la forma sui generis en que el personaje protagónico ventila sus problemas íntimos, que tienen como campo de batalla la cama donde lo asaltan los espectros que transitan por el archivo del alma, cual documentos mal clasificados y conservados, pero que son evocados y convocados con una vivacidad que conmueve al espectador. 

Según la crítica Dianelis Diéguez La O, «La compañía El Cuartel ha tenido el [acierto] de encontrar en El Archivo una posibilidad de diálogo con nuestra realidad [existencial]. En la poética de la obra y de la puesta importan más lo descarnado, que el embellecimiento o edulcoramiento del [entorno], la truca a ojos vista que la ilusión escénica, las preguntas no explicitadas que las improbables respuestas».

Los amantes de las artes escénicas y los colegas de la prensa especializada pudieron apreciar in situ los valores éticos, ideo-estéticos, humanos y espirituales, reflejados a través de los crudos problemas que esa obra plantea.  

Editado por: Heidy Bolaños

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