La Habana en dos tiempos
La Habana es una ciudad muy amada por las personas que la habitan y aun por los que solamente la visitan o aspiran a vivir o al menos permanecer un tiempo de sus vidas disfrutándola. Abundan los testimonios de personas que han dejado la constancia de ese sentimiento, en todas las manifestaciones artísticas posibles: canciones, poesías, relatos, novelas, obras de la plástica, el cine, el teatro, etc. El libro que hoy nos ocupa es prueba fehaciente de ello.
Laidi Fernández de Juan lo hace palpable con este texto que hoy reseñamos y se suma con ello, a los muchos homenajes a nuestra ciudad capital, cuando arriba ahora mismo a la edad de 495 años.
Difícil y cuidadosa selección hace la compiladora de los muy diferentes artículos de dos cronistas con estilos y formaciones diferentes, pero animados ambos por el mismo deseo de hacer prevalecer para la historia y las futuras generaciones de habaneros lo que esta ciudad significa, para comprender la idiosincrasia y el modo de ser de sus habitantes y un poco más allá de los cubanos en general, todo lo cual se refleja de manera magistral en cada una de las páginas de esta breve pero esencial compilación, que es La Habana en dos tiempos.
Se habla en este libro de aspectos tan disímiles como las edificaciones sobresalientes, los monumentos, las calles, el transporte público, las azoteas, los barrios, los repartos, las bodegas, en fin, de todo lo humano y lo divino.
Los autores compilados Jorge Mañach Robato (1898-1961) y Eladio Manuel Secades Rodríguez (1908-1976) tienen una procedencia y formación diferentes, creo que no podrían ser más diferentes, pero al mismo tiempo su posible similitud estriba en su autenticidad a la hora de asumirse y escribir sin intentar enmascarar o disimular sus puntos de vista personales y de origen social e intelectual. El uno a través de una prosa rebuscada y ampulosa sin llegar a la estridencia gratuita o la pedantería, y el otro, valiéndose del humor, la ironía, una prosa sencilla y apegada al espíritu más popular y costumbrista, pero sin desdibujar su intención de ir más allá mediante esa critica incisiva como la de un látigo con cascabeles en la punta.
No insisto en los detalles literarios porque los dejo al excelente prólogo y epílogo del cual la obra está estratégica y talentosamente dotada, para una mayor y segura comprensión, de los muchos lectores que le auguro a esta última entrega de la incansable e inefable Laidi Fernández de Juan.
Por si todo esto fuera poco habría que reconocer la inteligente inclusión de un testimonio fotográfico de La Habana, que complementa con imágenes lo que pudiera faltar en las palabras.
Todas las gratitudes posibles a Ediciones Holguín y su equipo de realizadores, editores, correctores y diseñadores por su contribución decidida a la materialización de esta magnifica iniciativa.
Con toda seguridad esto es solo el comienzo de una larga y fructífera incursión de la autora, en este inagotado tema de las investigaciones en torno a una ciudad que ella ama ad infinitum, como la buena y legitima habanera que es.