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Edmond: reflejo objetivo-subjetivo de la realidad neoyorquina

Jesús Dueñas Becerra, 11 de diciembre de 2014

Edmond, del carismático artista estadounidense David Mamet, es el estreno, cuya versión la agrupación teatral jerarquizada por el laureado dramaturgo Nelson Dorr, Premio Nacional de Teatro 2012, llevara a las tablas de la capitalina sala El Sótano.

Mamet, quien procedía de una familia con escasos recursos socio-económicos, se licenció en el Goddard College de Vermont, donde fue artista residente a principios de los años setenta del pasado siglo XX.   Estudió, además, en la Neighbourhood Playhouse School of Theater, de Nueva York, donde el maestro Sanford Meisner, del Group Theater, enseñaba una técnica de interpretación basada en el método de Stanislavski. Estableció contacto con la profesión teatral durante la adolescencia y trabajó para la compañía Second City.

Con apoyo en un ejercicio de interpretación que los estudiantes realizan para construir el mundo interior del personaje, creó una sintaxis compuesta por pensamientos medio expresados y rápidos cambios de humor para la confección de los guiones.

Muchas de sus obras han sido estrenadas por la Saint Nicholas Theater Company de Chicago, agrupación de la que fuera miembro fundador y director artístico.

Entre sus obras habría que citar: Variaciones sobre el pato (1971); Perversidad sexual en Chicago (1974), laureada con el Premio Jefferson Award; El Búfalo Americano (1975), Premio Obie; La máquina acuática y el señor Felicidad Una vida en el teatro (1977), Reunión (1979); Ardillas (1981); El príncipe Rana (1983); Glengarry Glen Ross (1983), Premio Pulitzer 1984; El Chal (1985); Oleanna (1992); y El criptograma (1995).

En el momento actual, es calificado por la crítica especializada como una de las figuras relevantes de la dramaturgia estadounidense contemporánea, con marcada influencia del Off Broadway, de Nueva York.

Ha recibido disímiles premios por sus guiones audiovisuales y como teatrista de primera línea.

La producción intelectual y espiritual del prolífico creador norteño se ha distinguido, fundamentalmente, por la sensibilidad hacia los problemas actuales de la sociedad contemporánea.

Hasta cierto punto, deviene un continuador de la línea ideo-estético-artística trazada por William, Miller y Odets, mitos de la dramaturgia norteamericana en las últimas cinco décadas, mientras que el estilo cortante y sintético que lo caracteriza evoca, en el público, las escenas cinematográficas.

El elenco actoral de Edmond estuvo integrado por Arnoly Pierre (Edmond); Videlia Rivero (cartomántica, señora del Metro y mendiga), Gladys Casanova (esposa de Edmond), Gessy Cobas Utria (prostituta); Carlos Alejandro (estafador callejero), Pedro Díaz Ramos (gay que busca jovenzuelos en los bares neoyorquinos de mala muerte), Johnny Fonseca (prestamista); Sindy Martínez Dip (camarera y estudiante de arte dramático), Augusto Rivero (comisario); y Alex Daudinot (compañero de celda de Edmond).

La acción dramática se desarrolla en uno de los barrios marginales neoyorquinos, donde prevalecen la violencia, la prostitución, la delincuencia, la indigencia, el alcoholismo, así como las más abyectas pasiones que nacen y crecen en el componente instintivo del inconsciente freudiano.

En ese medio adverso u hostil, donde las situaciones límite se concatenan, y por ende, generan los más disímiles horrores, al extremo de que «si sales a la calle, te matan», el joven afroamericano —discriminado por el color de su piel y por ser pobre, lo cual lo excluye de las «bondades» del american way of life— deviene víctima y victimario.

En la «jungla de acero» neoyorquina, donde el reflejo objetivo-subjetivo de la sociedad norteamericana exige fidelidad… sin un ápice de exageración, Edmond se debate entre la miseria, el hambre, el amor pagado y la estafa, hasta verse envuelto en hechos de sangre que lo llevan directamente a prisión, donde establece un diálogo con el compañero de celda acerca de cuestiones filosófico-antropogénicas relacionadas con la vida, la muerte y la «fatalidad del destino».

Edmond podría calificarse como una obra que gira en torno al protagonista, quien sintetiza varios personajes que desembocan en la más variada avalancha de reacciones emocionales, a partir de una convincente caracterización realizada por Arnoly Pierre, un actor con grandes potencialidades histriónicas.

Esa puesta intercala un tipo de humor, que oscila entre lo amargo y lo sarcástico, lo cual le confiere una atmósfera sui generis a la trama, donde predomina la crudeza, pero sin apelar —en modo alguno— a la  morbosidad.

Por otra parte, habría que destacar el buen desempeño de los actores y las actrices que participaron en el desarrollo de la pieza:

Videlia Rivero se desdobla en tres personajes: la cartomántica, la señora del Metro y la mendiga. Pedro Díaz Ramos le otorga credibilidad a la escenificación de un gay en aquel bar de mala muerte, con ausencia de estereotipos conductuales y verbales que nada le aportarían al personaje desde la vertiente psicológica; por el contrario, lo convertirían en una grotesca caricatura.

Gessy Cobas Utria le presta piel y alma a la prostituta, quien posee una gracia especial, no obstante la vulgaridad y el desenfado que mediatizan el comportamiento psicosocial de una meretriz. Sindy Martínez Dip se muestra, en el proscenio, como una intérprete con recursos expresivos empleados con inteligencia y emoción.

Esta versión cubana de Edmond deviene una puesta en escena, donde se aprecia —con meridiana claridad— la excelencia artístico-profesional del maestro Nelson Dorr, un verdadero experto en dirección actoral, diseño de escenografía y vestuario.



Editado por: Dino Allende

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