Bienvenida una fecha. El centenario de Julio Girona
Julio Girona cumple 100 años y la fecha es inmejorable ocasión para evocar a una figura de la cultura cubana con muy importante obra en la pintura y la literatura. Se trató de una personalidad a quien nos hubiera gustado conocer: de talento multifacético y probada ingeniosidad, con mucho que contar porque mucho vivió.
La lectura de sus memorias nos da la medida del carácter, de la intensidad de la vida y sapiencia acumulada por este hombre que viajó por el mundo, que lo observó todo y para mayor fortuna vivió 88 años.
Aunque para este espacio es su obra literaria la que nos ocupa de preferencia, resulta imposible deslindarla de la pintura en un artista que recibió el Premio Nacional de Artes Plásticas en 1998.
Girona fue manzanillero, quiere decir que nació en la ciudad del Golfo de Guacanayabo, al oriente de Cuba, el 29 de diciembre de 1914. Aún en la adolescencia, pues tiene solo 13 años, recibe el espaldarazo del caricaturista y editor Conrado Massaguer, quien descubre en el chico valores y talentos inusuales, lo trae a La Habana, le publica trabajos en la antológica revista Social por él dirigida y lo da a conocer en importantes círculos intelectuales. Ingresa además en la Escuela de Pintura y Escultura de San Alejandro. No le va mal y en 1934 gana una beca para estudiar año y medio en Europa, que incluye para Girona un periplo por Francia y Alemania, lo enriquece cultural y artísticamente y que él extiende hasta Nueva York, donde se establece y dibuja para diversas publicaciones.
Regresa a Cuba en 1939 y todavía es bastante joven cuando ya se le conoce en el ámbito de la plástica nacional e internacional. Expone entonces sus esculturas —pues fue discípulo en San Alejandro del ilustre escultor Juan José Sicre—, dibujos, acuarelas, caricaturas...
Andariego incansable, viaja a México, allá trabaja y se traslada de nuevo a Estados Unidos. En Norteamérica se enrola voluntariamente como soldado en el Ejército Norteamericano y se convierte así en combatiente de la Segunda Guerra Mundial.
La preparación militar previa, la experiencia bélica, pues se le destina a servir en Europa, sus encuentros amorosos y diversas anécdotas conforman sus memorias. En De la voz a la letra (2010) podemos apreciar la amenidad de su estilo:
“Una tarde, al oscurecer, llegaron unos camiones grandes y largos al patio de la Comandancia. Uno de nuestros oficiales dijo: Todo el mundo tiene que bañarse. Aquí hay soldados que no se bañan desde hace un mes. Nos pusimos en fila para entrar en las duchas. Me quité la ropa dentro del camión: dos uniformes, uno de campaña y otro de invierno, uno sobre el otro, un chaleco blanco de piel de oveja hecho por mi mujer, dos suéteres, uno castaño de la Cruz Roja y el verde olivo del ejército, que llevaba puesto sobre los demás, más una camiseta y un calzoncillo largo. Mis compañeros, al verme desnudo, exclamaron:
-¡Miren eso! ¡Goddammit, el cubano es flaco!
“Otro soldado comentó riéndose:
-¡Coño, el cubano no era más que ropa!
“Cuando salimos de las duchas parecíamos pálidos”.
La faceta de Girona como escritor —la que nos concierne aquí— se desvela a través de su cuentistica, de su poesía, de sus testimonios: Seis horas y más (testimonio), 1990; Memorias sin títulos (testimonio); La corbata roja, (poesía) 1996; Café frente al mar (cuento), 2000; De la voz a la letra (memorias y cuentos), 2010.
En la clase de Maillol
el maestro dijo:
“En la escultura
para entender las formas
hay que tocar, palpar”.
Cuando el maestro se marchó
toqué un pecho de la modelo,
una hermosa rumana, rubia,
de ojos azules, perfecta.
Me dio un manotazo y dijo:
“¡No me toque!”
Una semana después,
ella, que tejía en los descansos,
dijo:
“Ven a comer a mi casa.
Quiero hacerte una corbata.
Ven a escoger el color”.
Vivía más allá del cementerio.
Escogí un rojo oscuro,
como el vino que llevé.
En la cama
era más espléndida
que en la tarima.
(La corbata roja, Zaragoza, 1996, p. 39)
Su narrativa y poesía toda están marcadas por la amenidad. Tuvo el don de escribir como quien cuenta al auditorio sus experiencias. El lenguaje es tan sencillo como preciso, tan gráfico como una pintura de la realidad. Se percibe el placer que para Julio Girona representó sentarse a escribir, o mejor aún, a recordar pasajes, imaginar otros, en continuo toma y daca con el lector.
Figuras históricas, personalidades mundiales, artistas célebres, políticos, todo un sinfín de caracteres transitan por las páginas de los libros de Julio Girona, por lo que estos, además de estar salpicados con guiños de excelente humor, enriquecen la cultura del lector.
Editado por: Dino Allende