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¡Ay, mi amor!

Jesús Dueñas Becerra, 08 de enero de 2015

¡Ay, mi amor! es el título del teleteatro que, con puesta en escena del maestro Carlos Díaz Alfonso, versión dramatúrgica y asesoría dramática del reconocido actor Adolfo Llauradó (1941-2001), sobre textos originales del propio Llauradó, así como del poeta, escritor y dramaturgo inglés, William Shakespeare (1564-1616), se transmitiera por el canal Cubavisión de la televisión cubana.

Shakespeare, verdadero genio de la cultura universal, se supone que llegó a Londres hacia 1588, y cuatro años más tarde, ya había logrado un notable éxito como dramaturgo y actor teatral.

La publicación de dos poemas eróticos, según la moda de la época, Venus y Adonis (1593) y La violación de Lucrecia (1594), y de sus Sonetos (editados en 1609, pero que ya habían circulado, de mano en mano, en forma de manuscrito desde hacía bastante tiempo), le granjearon la reputación de ilustre poeta renacentista.

La fama actual del eminente autor inglés se basa, sobre todo, en 38 obras teatrales de las cuales se tienen indicios de su participación, bien porque las escribiera, modificara o colaborara en su redacción. Si bien hoy son muy conocidas y apreciadas por el público y la crítica especializada, sus contemporáneos de mayor nivel cultural las rechazaron por calificarlas —como al resto del teatro que se llevaba al proscenio en aquella época socio-histórica— «solo un vulgar entretenimiento».

En 1599, la compañía que dirigía representó obras dedicadas a la deposición y el asesinato del rey Ricardo II, a solicitud de un grupo de cortesanos que, encabezados por Robert Devereux, ex favorito de la soberana, y por el señor conde de Southampton, conspiraban contra la reina Isabel, aunque en la investigación judicial incoada al efecto, la agrupación teatral quedó absuelta de toda complicidad o responsabilidad penal.

A partir del año 1608, la producción dramática de Shakespeare decreció considerablemente, ya que, al parecer, se estableció en su ciudad natal hasta que acaeció su deceso.

Carlos Díaz, talentoso director de actores, apuntó y dio en el blanco al escoger al carismático actor Lester Martínez García, para que le insuflara «vida» en las tablas a Llauradó, ese gigante de las artes escénicas caribeñas, lamentablemente desaparecido hace más de una década.

Con apoyo en una grabación hecha por su viuda, la señora Jacqueline Meppiel, a unas confesiones catárticas de su fallecido esposo, se estructuró esa obra, que hizo vibrar de emoción a los televidentes que aman y respetan la herencia artística, ética, humana y espiritual legada por Llauradó a las actuales y futuras generaciones de actores cubanos.

El monólogo es un género dramatúrgico muy complejo, porque le exige a quien lo interpreta entregarse en cuerpo, mente y alma a un riguroso ejercicio intelectual y espiritual, cuyo punto focal o eje central descansa —precisamente— en el discurso verbal (incluido el lenguaje extra-verbal y corporal), para captar la atención y el interés del espectador, entre otros recursos que debe conocer y dominar al pie de la letra.

A través de ese vehículo expresivo, Lester Martínez lanza —con precisión y exactitud casi matemáticas— certeras flechas dirigidas a la mente y el alma del receptor de un producto estético-artístico que lo ha hecho crecer desde todo punto de vista.

En ese contexto audiovisual, el joven actor adopta la multifacética personalidad de Adolfo Llauradó (sin renunciar a la suya, por supuesto) y para lograrlo incursiona en los más oscuros parajes del inconsciente freudiano, donde habitan los «ángeles» y «demonios» que configuran su yo artístico. Seres divinos e infernales que se ocultan en el componente espiritual (los primeros) y en el componente instintivo (los segundos), sólo separados por una línea imaginaria, que el artista cruza sin apenas tener conciencia de ello.

En ese contexto dramatúrgico por excelencia, Lester Martínez,  «infiltrado» en la piel y en el alma de Llauradó, revela detalles íntimos de la vida profesional y privada del finado artista. Desde los recuerdos infanto-juveniles y frustraciones como ser humano hasta las reflexiones filosóficas acerca de la vida, la muerte (a la que temía por la pérdida afectiva que implica) y el arte (en su acepción más amplia).

Para Adolfo Llauradó, el amor y la actuación eran las columnas vertebrales de su existencia, donde la falsedad no tenía cabida, porque —según él— quien no fuera sincero consigo mismo y con el prójimo no podía ser actor.

Mucho, pero muchísimo más pudiera argumentarse sobre el desempeño de Lester Martínez, quien demostró —con creces— que domina no sólo la técnica del monólogo, sino también el clima emocional del telespectador, con el que estableciera esa «relación mágica» que conduce —inevitablemente— a un encuentro en el espíritu, único e irrepetible.

Foto: Cortesía de Lester Martínez



Editado por: Dino Allende

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