Manuel Sanguily: Patriota, soldado y escritor
Pocos sucesos estremecieron tanto a la sociedad cubana de su tiempo como el fallecimiento, el 25 de enero de 1925, de Manuel Sanguily y Garritte, cuya presencia fue tan necesaria y útil durante el primer cuarto del siglo XX cubano.
Tuvo Sanguily el arrojo del mambí, la sabiduría del hombre ilustrado, la oratoria de un tribuno, la pluma del escritor agudo. Pero sobre todo, exhibió su cubanidad como el más indiscutido de sus dones. Ese rasgo lo hizo admirable ante sus compatriotas.
De soldado a coronel del Ejército Libertador; tal fue la escala que transitó Manuel Sanguily durante la Guerra Grande, desde su incorporación en 1869 hasta que ocho años después embarcó junto a su hermano Julio, mayor general, con destino al extranjero, en misión como agente confidencial del gobierno de la República en Armas.
No fue poco el bregar combativo de Sanguily. Baste con decir que peleó a las órdenes de Ignacio Agramonte, Henry Reeve (El Inglesito), Máximo Gómez, Calixto y Vicente García respectivamente.
Llegado el período de la paz transitoria, tras el Pacto del Zanjón, no pudo ejercer su profesión de abogado porque su patriotismo íntegro no transigió con la jura de fidelidad a España.
Sin embargo, es por sus condiciones ciudadanas, su labor intelectual y de servicio, una claridad en los momentos de incertidumbre para algunos y de abierto acomodo para otros, y no por sus acciones bélicas, que don Manuel figura en la historia.
A Sanguily lo acompañó una "presencia gallardísima" en el decir de José María Chacón y Calvo, y así también, durante su niñez, lo vio la pequeña Renée Méndez Capote. Esa presencia es evidente en los retratos que nos han llegado de su madurez.
Y en cuanto a su voz, se asegura que el acento era firme, vehemente a tal punto que ejercía su fuerza sobre el auditorio, pues las condiciones del tribuno las reunía todas en sí.
Se opuso al Tratado de Reciprocidad Comercial suscrito entre Cuba y Estados Unidos en 1903 porque, en sus palabras, "tampoco se descubre que haya de obtener con [él] ventaja alguna e indudable el pueblo cubano".
Presentó un proyecto de ley, fechado el 4 de marzo de 1907 y nunca discutido en el Senado, que prohibía la venta de tierras a extranjeros: "Queda terminantemente prohibido todo contrato o pacto a virtud de los cuales se enajenen bienes a favor de extranjeros", proponía allí. Y tras la renuncia en 1906 del presidente Tomás Estrada Palma, avizorando una segunda intervención norteamericana —como en efecto sucedió— hizo cuanto pudo por evitarla. "Para los agoreros de nuestra ruina, la República ha muerto; para los empedernidos mercaderes, la República no debe renacer", denunciaba en discurso por aquellas fechas.
Sanguily nació en La Habana el 26 de mayo de 1848, por lo que vivió casi 77 años. Y en cuanto a su quehacer literario, puede rastrearse en la revista Hojas Literarias, que redactó casi íntegramente a partir de 1891 y hasta la irrupción de la Guerra del 95. Es allí donde se nos revela el articulista, el crítico, el periodista. Además, se le puede encontrar en dos volúmenes, de 1918 y 1919, titulados Discursos y conferencias, y en el libro Literatura Universal, que se publicó en España en 1918.
Contemporáneo de Enrique José Varona y Juan Gualberto Gómez, Sanguily representó la alternativa de la independencia y el decoro, e irradió seguridad, la suya propia de patriota convencido, en quienes el desánimo por una Cuba lastrada amenazaba con atenazarles el espíritu.
Resumimos este comentario con las palabras del ilustre crítico dominicano-cubano Max Henríquez Ureña:
“Como orador, imposible es hallar en las letras cubanas, si se exceptúa a Martí, quien lo supere o iguale: sus discursos, aun leídos después de pasado el momento que los inspiró, conservan su vida y su frescura; y no conozco prueba más difícil para la producción de un orador que la lectura a posteriori. Como crítico, ¿quién lo aventaja en la seguridad del método y la sagacidad de sus apreciaciones?; y en su estilo, magnífico y fulgurante, ¿no está el hombre? Porque Sanguily fue, ante todo, él mismo, y es su personalidad lo que más veneramos”.
Editado por: Dino Allende