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Carta de Rilke a Nieves Rodríguez

 , 22 de enero de 2015

Nota del compilador:
Estas cartas fueron encontradas en el metro de París por una anciana de la que se me negó su nombre. Se dice que estaban en un cofrecito de ébano y marfil, unidas por una cinta de color rosa, y que la nieve había borrado todo vestigio de quién las había escrito. Por mis investigaciones pude esclarecer que fueron vendidas en subasta, a un precio casi insignificante, por un comerciante a un turista, el cual las trajo en un viaje a Cuba y se las entregó a un escritor de provincia, cuyo nombre quiero conservar en el anonimato, quien las tradujo al reconocer la firma de Rainer Maria Rilke. Pero era muy difícil augurar si se trataba de solo diez cartas o si existían más; por las investigaciones que realicé, opino que eran un muestrario del tractus poético de la Isla, que el autor de las cartas de Franz Xaver Kappus había destinado a unos escritores cubanos; pero el poseedor de las mismas, después de traducidas, las había distribuido entre amigos y poetas, quienes las conservaron hasta el día de hoy. Mi intención fue buscar todas las cartas, volver a colocarlas en el cofrecito de ébano y marfil, descifrar si ciertamente era Rilke su autor, y dar fe de todo ello, a destiempo, en esa apuesta por la poesía y los poetas de hoy.

 

París, febrero y 1903


Estimada Nieves Rodríguez:

Con mucho agrado recibo su poemario Canto de amor a Pinar del Río1, que desde la más occidental provincia de la isla de Cuba me envía con una bella dedicatoria, que tal parece inmerecida por los elogios que hace de mi obra. Recibo mucha correspondencia de escritores de su país y siempre tengo que asumir el papel del crítico literario, algo que por estos tiempos me resulta difícil, pues al juzgar uno tiene algo de culpa por lo que dice o deja de decir.

Definitivamente ha sido este un invierno de gratas sorpresas, ojalá y tenga yo la suerte de conocer su país algún día. Sin embargo, me ha devuelto con sus décimas el color de los campos de la isla, el olor de la guayaba, del mango, y de otras frutas que solo descubro por sus versos y su simpatía. Su poesía está cargada de raros efluvios alrededor del paisaje, pinta también usted como los maestros de una Academia, pero lo hace usted de un modo inusual, a través de la palabra. ¿Qué pudiera ser la poesía si no un gran dibujo?

Quizás exista dentro de la décima una zona donde se ha culturalizado el octosílabo, de mayores búsquedas ontológicas y formales, sin embargo, sus versos renuevan la mañana por la sinceridad con que asume la creación.  Infiero que después de andar por su provincia, de buscar en la historia, y de sentirse parte de esa provincia con sus mogotes y terrazas, después de tanto andar por el paisaje sea, mi querida Nieves Rodríguez, una gran escanciadora de la luz y el agua. En ti veo los ojos de un ave fugaz y del rocío de la mañana. Hay en tus palabras una inequívoca sed por lo inmediato, de allí que el octosílabo se presente despojado de todo fetiche que pueda quitar lo bello.

Ese sentimiento de lo bello es también un acto de letanía en su poema. Canto de amor… es como una vindicación del paisaje. Una vindicación, quizás, desde la distancia para reencontrarse, diría yo, para ser más preciso:

Vuelta abajo,
               vuelta a ti,
vuelta hasta llegar al fondo
donde atesoro y escondo
los códigos que aprendí.

La selección de la décima como forma escritural no es casual, hay códices de un fijo lirismo para expresar el elemento de lo bello, desde esta perspectiva.  Esa expresividad a través de lo ingenuo me parece algo interesante, es como si pretendiera desde una rara inocencia proponernos la constante del paisaje, captado desde la infancia, y enriquecido también desde un distanciamiento prematuro:

Viñales,
                de tus caminos,
correteados en la infancia
vuelve otra vez la fragancia
que me perturba,
los vinos que me embriagan
y esos trinos
de aves que curan mis males.
Valle,
¿de qué mundo sales
y de qué otro tiempo tomas
mogotes,
curvas
y lomas,
mi valle de amor.
Viñales?

Imagino la grata impresión que descubrió el Indio Naborí en estas páginas, para asumir el reto de un prólogo preciso y lleno de lo cubano, que tanto en su poesía como en la del propio Jesús Orta Ruíz, es atributo y honor, no por gusto el maestro Cintio Vitier desplaza el elemento de lo cubano para asumir un tratus por la poesía cubana. Confieso que ha sido una bella mañana de lecturas de este Canto de amor… Edición príncipe esta que me parece de lujo para los tiempos que corren, donde la poesía y la belleza se están perdiendo, y usted se refugia y comparte un paisaje.



Así le abraza, suyo,



 

1 Editorial Cauce, Pinar del Río, 2006.

 

Editado por: Nora Lelyen Fernández

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