Fátima o el Parque de la Fraternidad: un tratamiento diferente al universo gay insular
Fátima o el Parque de la Fraternidad, versión del relato homónimo del narrador, ensayista y etnólogo, Miguel Barnet (1940), presidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), es el estreno que, con guión del escritor Fidel Antonio Orta y dirección del actor, artista de la plástica y realizador cinematográfico, Jorge Perugorría,1 se presentó en las salas oscuras capitalinas durante el XXXVI Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, dedicado —en esta edición— al laureado escritor y periodista Gabriel García Márquez (1927-2014), Premio Nobel de Literatura.
Barnet, Premio Nacional de Literatura, es Máster en Historia Contemporánea y Doctor en Ciencias Históricas por la Universidad de La Habana. Miembro del Consejo Honorario de la Cátedra Extraordinaria de Nuestra América, de la Facultad de Ciencias Antropológicas de la Universidad Autónoma de Yucatán, en Mérida, México. Fue miembro del Consejo Ejecutivo de la UNESCO (1996-2006) y ocupa el cargo de vicepresidente del Comité Científico Internacional del Programa Ruta del Esclavo, así como el Sillón B en su carácter de miembro de número de la Academia Cubana de la Lengua.
Ha investigado con profundidad las disímiles fuentes de la cubanía. Su obra Biografía de un cimarrón es un clásico de la literatura cubana e iberoamericana. Se especializó en la investigación etnográfica y en aspectos de la transculturación de las religiones de origen africano en la mayor isla de las Antillas, así como en el cuerno caribeño.
Trabajó como investigador en el Instituto de Etnología y Folklore de la Academia de Ciencias de Cuba, y en la Biblioteca Nacional José Martí. Fue un discípulo aventajado del sabio, don Fernando Ortiz (1881-1969). La influencia ejercida por el decano de las ciencias antropológicas caribeñas, con su vasta obra de rescate de los valores auténticos de la cultura cubana, motivó en Barnet la necesidad intelectual y espiritual de ampliar una labor que se vio interrumpida en la última década de los 60 de la pasada centuria, con el lamentable deceso del Tercer Descubridor de Cuba.
En 1995, como merecido homenaje a esa eminente figura de la cultura universal, creó la Fundación Don Fernando Ortiz, de la cual es —desde hace casi 20 años— su Presidente.
Es el escritor cubano vivo más publicado en la isla y fuera de nuestras fronteras. Ha impartido conferencias magistrales en universidades europeas, latinoamericanas, estadounidenses y africanas.
Ha escrito guiones de varios documentales cinematográficos y de los conocidos largometrajes cubanos Gallego, basado en su novela homónima, y La bella del Alhambra, inspirado en su novela Canción de Rachel. Este último guión fue premiado en el Festival Internacional del Cine de La Habana y en otros certámenes internacionales, amén de que el filme recibió el Premio Goya en España, en 1990.
Fátima… es, según la crítica especializada, el mejor filme dirigido por el carismático creador audiovisual Jorge Perugorría, mientras que la trama se nutre del cuento escrito por la ingeniosa pluma de Miguel Barnet, y basado en la estructuración psicológica y espiritual de un personaje (el travesti), con quien el veterano narrador dialogara in extenso durante varias sesiones de trabajo.
No me asiste la más mínima duda de que, después de ver el filme dirigido por Perugorría, muchos amantes del séptimo arte fueron a la búsqueda del texto original, para establecer las ineludibles comparaciones entre literatura y cine.
Tanto los espectadores, como quienes nos dedicamos a la crítica cinematográfica, estamos conscientes de que son dos lenguajes, dos medios, que utilizan códigos completamente diferentes, pero los aspectos en que convergen esas dos manifestaciones estético-artísticas, les sugieren al público y a los colegas de la prensa especializada que, en líneas generales, el empeño fílmico se queda —la mayoría de las veces— muy por debajo del original literario. Si alguien lo duda, puede revisitar la infeliz filmografía inspirada en obras cumbres de García Márquez y Alejo Carpentier (1904-1980), entre otros gigantes de las letras universales.
Sin embargo, ese no es —en modo alguno— el caso de Fátima… . El guión contribuye a descifrar la armazón dramática del monólogo en que se sustenta y lo reubica en una estructura narrativa que gira alrededor del eje central en que aquel descansa, y donde alternan pasado y presente…, sin sacrificar en lo más mínimo la esencia íntima del relato original.
Dicho largometraje muestra la relación que establecen Fátima y Vaselina, que en su forma de representación, sale airoso de esa «prueba de fuego» ante las tentaciones generadas por las pinceladas humorísticas que hacen reír en el momento en que se manifiestan, y por ende, desvirtúan la trascendencia del conmovedor conflicto humano que enfrenta el personaje protagónico.
Por supuesto que no faltan en la trama lugares comunes que se reiteran, pero desaparecen como por arte de magia a través del buen desempeño de los actores, y de la impecable labor visual, que —en esta ocasión— no involucró comprometedoras improvisaciones. Lo mismo en la dirección de actores que en el trabajo visual se percibe la indiscutible excelencia artístico-profesional del director de esa cinta.
El actor Carlos Enrique Almirante, quien desempeña el papel de Fátima, resulta más que convincente. El controversial personaje que interpreta en ese contexto dramatúrgico requiere de un registro psicológico que le exige adoptar varias personalidades y estados anímicos a lo largo de los años.
Si al final de la película, el auditorio cree que el personaje se ha masculinizado un poco, habría que destacar el hecho de que Fátima se encarga de esclarecer, al igual que acontece en el cuento, que cuando a ella «se le sube el Manolo [¿el espíritu que la protege?], no cree en nada ni en nadie».
Fátima canta, ríe, llora, implora, se desespera, se entristece, seduce, pero no se rinde ante las situaciones adversas u hostiles que la vida le coloca delante, y consecuentemente, demuestra que posee resiliencia (capacidad cognitivo-afectivo-espiritual y conativa, que le permite al individuo levantarse y erguirse cada vez que resbala y cae, ante los problemas de diversa índole que la existencia le plantea).
Almirante logra anclar en puerto seguro el papel protagónico más relevante de su vida profesional, en ese filme de amplias audiencias y no pocas calidades estético-artísticas, sin renunciar —nada más lejos de la realidad ni de la verdadera intención de los realizadores— a tocar las fibras íntimas del espectador.
Diálogo con Carlos Enrique Almirante.
Conversar con el talentoso actor Carlos Enrique Almirante (La Habana, 1983), deviene un placer inefable, ya que su idolatrado progenitor, el primerísimo actor Enrique Almirante (1930-2007), y el autor de esta entrevista, establecieron un vínculo afectivo que duró casi medio siglo, y que solo Tanatos pudo interrumpir con la fuerza del huracán…, pero no destruir.
Mi interlocutor es graduado de la Escuela Nacional de Arte (ENA), miembro activo de la Asociación de Artes Escénicas de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), e incursiona —con éxito de público y de crítica— en el teatro, la televisión y el cine, tanto en la isla, como en el exterior.
Carlos Enrique interpreta el papel protagónico en el filme Fátima o el Parque de la Fraternidad, estrenado en la trigésimo sexta edición del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano.
A propósito de esa fiesta del séptimo arte que tuviera lugar en la Ciudad de las Columnas, en diciembre último, usted le presta piel y alma al controversial personaje de Fátima, ¿Qué podría comentarles a los lectores acerca del papel que desempeñara en ese filme?
Fátima… es un drama psicológico que, por supuesto, ha llamado mucho la atención y el interés del público y la prensa especializada, porque en él adopté la personalidad de un travesti durante su juventud y adultez. Por lo tanto, debí interiorizar sus conflictos de toda índole, así como sufrir las incomprensiones y humillaciones de que fuera objeto en el contexto socio-familiar donde se desenvolvía […], para otorgarle verosimilitud y credibilidad al personaje. Para lograrlo, tuve que interactuar con esos seres humanos y aprender mucho de su forma de ser y de estar en el mundo, cómo compartir las alegrías y las tristezas, los éxitos y los fracasos, los buenos y los malos momentos que la vida les ha deparado. Las escenas fueron filmadas en el capitalino Parque de la Fraternidad, así como en zonas de La Habana Vieja y Centro Habana.
¿Cuál fue, a juicio suyo, la motivación fundamental que tuvo Perugorría para ofrecerle el personaje protagónico de ese cuento llevado al celuloide?
En realidad, ya yo había hecho algo con Jorge Perugorría en La Pared… Después de concluida la filmación, me mencionó que tenía el proyecto de hacer la película. Acepté presentarme al casting que se realizó para seleccionar al actor que desempeñaría el papel protagónico; posteriormente, me dediqué a construir el entramado psicológico y espiritual en que se sustentara la controversial personalidad de Fátima.
¿Es su primer encuentro ante las cámaras cinematográficas con un personaje con esas características?
En honor a la verdad, no. En las tablas, en cierta ocasión, tuve que interpretar un personaje femenino, pero era una mujer, no un travesti. Para eso tuve que hacer cambios […] hasta en mi esquema corporal. Tuve que teñirme el pelo de rubio, sacarme las cejas y colocarme uñas postizas.
Por otra parte, tuve que estudiar los gestos característicos de los travestis y profundizar mucho más en ese universo existencial, porque Fátima es un personaje en extremo complejo desde la vertiente psicológica y con disímiles matices y facetas, porque ella (o él) siempre soñó con ser artista, pero las circunstancias la/o obligaron a prostituirse y esa vocación se perdió en la noche de los tiempos.
En mi opinión, es un personaje con virtudes, defectos, inconsistencias, debilidades, necesidades de todo tipo, luces y sombras. En esa madeja de características personográficas reside la riqueza interior de Fátima, y eso es —precisamente— lo que me atrae, porque le otorga veracidad, legitimidad.
¿Qué le aportó usted a Fátima y Fátima qué le aportó a usted?
[Medita unos segundos la respuesta, sonríe y se lanza al ruedo]. A Fátima le presté cuerpo, mente y espíritu en el set de filmación, mientras que incursionar en el mundo interior de ese personaje me ayudó a crecer […], no solo como artista, sino también como ser humano.
De acuerdo con su apreciación, ¿cuáles son los indicadores metodológicos que debe cumplir una buena película, cuya trama sea capaz de «atrapar» a los amantes del séptimo arte desde la primera hasta la última escena?
Si usted me lo permite, contestaré esa pregunta con las enseñanzas que recibiera del primerísimo actor Enrique Almirante, quien fuera no solo un padre recto, tierno y cariñoso como estoy seguro no hay dos, sino también un excelente maestro que predicaba con el mejor y más nítido ejemplo, y en el que descubrí —a través de acciones concretas— los valores éticos, ideo-estético-artísticos, humanos y espirituales en que se estructura la personalidad de un actor integral:
« […] Un largometraje debe tener tres cosas fundamentales: un excelente guión, una buena dirección de actores, y además, añadir la dosis exacta de amor y pasión que toda creación artística conlleva. Si falla alguno de esos componentes, los demás se resienten y el filme quedará signado por la mediocridad».
Nota
1-Entrevistado en esta sección.
Editado por: Dino Allende