La dama de la palabra
¿Pero qué es lo que sabe María Zambrano? Cosas que ha oído y que brotan de nuevo en su voz, reflexionadas, recreadas. «Ya sabes que soy del oído», me dice tajante.
Fernando Savater
Hay épocas y personas que atrapan cuando sus chispazos iniciales están, sin distinción, matizados de leyendas y misterios. No desaparecen: idas de una forma, aún están de otra. Ni una demasía y profundidad historiográfica bastan para entender por qué todavía interesan y se estudian, cuando ha mediado ya tanto paso humano atendible, presumiblemente más cercano e histórico. Alguien diría que media la cuestión del estilo, que envuelve, además, a ese «no sé qué» que gusta. Mas ello suele mostrar visos de diletantismo mientras el no sé qué demora en descifrarse, acaso porque a duras penas cuesta reconocer de qué va algo o alguien.
Así como existen épocas que no admiten diletantes, de tal suerte hay personas. Pensemos en la Edad Media y María Zambrano respectivamente, dos ejemplos distintos y muy distantes entre sí, aunque culturalmente con más convergencias de lo que podemos suponer. Ahora, quedémonos con la pensadora malagueña porque singular fue su vida y, sobre todo, su obra. La Editorial Arte y Literatura propone el libro María Zambrano, por los claros del bosque, en una esperada edición que, por primera vez, puede y va a sorprender a muchos lectores cubanos. En primer lugar por el tino de los textos seleccionados por la española Virginia Trueba y el cubano Leonardo Sarría. Luego, por el beneplácito de la Fundación María Zambrano en Vélez-Málaga y también por el apoyo de lujo de Jesús Moreno Sanz, quiera fuera amigo de María y es hoy el máximo entendido en el pensamiento de la escritora andaluza.
Y a quienes la hemos leído expresaremos: ¡Por fin!, o sencillamente: nunca es tarde cuando la autora es buena y el libro, mejor. No obstante las alegrías de quienes la conocemos, María Zambrano (1904-1991), sin ser una completa ignorada, continúa siendo para muchos un personaje referido cuando no un enigma por haber estado muy inédita en la Cuba posrepublicana1. ¿Qué puede interesarnos hoy de la amiga de Orígenes y otros intelectuales cubanos? ¿Se nos figura vigente una rareza de escritura y de conceptos afectados por la condicción del exilio? Respondamos de antemano a la segunda interrogante que sí. De ahí la necesidad de buscar a esta peregrina de la palabra en su propio discurso: natural, hermoso y relativamente complejo. ¿Y en qué consiste su relativa complejidad? Adentrémonos en el misterio.
En el principio estaba la vocación de escritora, luego el texto corto o ya un libro, después el lector curioso y, por último, su progreso a la categoría de lector insistente. Solo así es posible la familiarización con cualquier obra, en especial, con la inusual. Y María Zambrano siempre fue inusual, todavía lo es y lo seguirá siendo. El no sé qué oculto de la filósofa errante intenta pronto aclararse en esa su prosa atractiva y profunda. María es incapaz de sacrificar una idea por la belleza de una oración o un párrafo. Y sin embargo, agarra la palabra que parece venirle mejor a la expresión. Aun así, su escribir se embrolla intencional y por tanto estratégicamente en el propio preámbulo. En un primer acercamiento a su discurso ensayístico y poético, el lector se detendrá, sin dudarlo, en las ideas de la española, por cuanto ella es una escritora que opta por conceptualizar pero intuitivamente, eso sí, luego de haber iniciado el texto por razón de circunloquios. Y por si ello fuera poco, va colgando más de una idea, cual niña aburrida e inconforme que se le antoja otra. Pero ello es ingenio de la Zambrano y más: tanteo para edificar un discurso sólido y circular, ya que vuelve la intelectual por lo que en apariencia había desechado. Sin embargo o tal vez por todo lo anterior, como bien reconoce Virginia Trueba, la prologuista de María Zambrano, por los claros del bosque:
Se trata de una escritura discontinua, fragmentaria, inconclusa, que no busca desarrollarse en la lógica de la argumentación ni consumarse en palabras últimas, sino permanecer fiel a un inicio siempre reiterado, a esa dinámica de la infinitud del deseo que encuentra uno de sus paradigmas más reveladores de el Cántico de San Juan de la Cruz, referencia ineludible en la obra zambraniana.2
La prosa de la gran discípula de Ortega y Gasset no es de una profusión adjetival apabullante. Tampoco es lacónica porque subordina cuando le nace. Aunque Zambrano siempre intenta cifrar. Escribir es concretar, es una de sus frases sentenciosas, de donde puede colegirse que su sintaxis obedece a su espontánea y figurada semántica. Una relectura de cualquiera de sus textos revela que insiste en más de un término y hasta en toda una construcción gramatical. Mas ello no la querella con el decir elegante y arriesgado, máxime cuando muy joven va forjando conceptos que luego irá enriqueciendo como el de la aurora y las ruinas; experiencias y estados como el de los ínferos y la derrota; la luz contextual, ambivalente y simbólica durante el día y la noche, en las islas y la pintura, la casi ausente en las catacumbas, la que no se echa a ver del todo en el centro de los claros del bosque y aun así basta porque tiempo y luz son las constantes que encuadran, abren y cierran caminos y horizontes a la vida humana y a la vida toda, diríamos, en este Planeta. El modo de habitar en la luz y en su privación, y el modo de transitar por el tiempo determinan los modos diversos de ser hombre, protagonista de las llamadas «Culturas» o Civilizaciones3.
Entre la palabra y el exilio o mejor: desde el exilio se ha levantado y andado la palabra de María Zambrano.
En el texto de 1991, Exilio y Filosofía, su autor Adolfo Sánchez Vázquez, otro de los grandes “alejados” de España, prefiere generalizar a todos los exiliados como transterrados (término acuñado por José Gaos). Pero ya en el año 2004, a propósito de un homenaje a la prestigiosa pensadora exiliada, se inclina por el de desterrados, a donde pertenece —según él— María. Amén de la analogía entre el desterrado y el exiliado que Sánchez Vázquez remarca, me llama mucho la atención de Exilio y filosofía el hecho de que coloque al también desterrado español Juan David García Bacca, en México como «la figura más eminente y más fecunda de la filosofía española en el exilio», no solo por «el rigor teórico, la exposición original y un gran dominio del idioma en que escribe», sino porque resalta en García Bacca —y esto le fascina a Sánchez Vázquez como es de esperar—, su aproximación no ortodoxa, en los últimos años, a la filosofía de Marx, que él sitúa entre las que llama «filosofías de la transformación del universo»4. Para 1991, apenas unos pocos meses de fallecida María Zambrano, su coterráneo español acota muy brevemente en una oración su criterio muy singular acerca de lo mejor del pensamiento de la escritora, que no comparte porque menosprecia o no entiende: «A lo largo de ellas (las obras de la Zambrano) aplica el método de raigambre intuicionista que llama “razón poética”»5.
El destierro no siempre tiene que ver con el exilio, lo sabe mi estimado Sánchez Vázquez, sobre todo por su escritura. A ello hay que sumarle, asimismo, que cada intelectual exiliado de España fue una constelación de sabiduría y vivencias únicas que merece estudiarse aparte. En cuanto a la razón poética, el caro método y uno de los innegables aportes de María a la cultura mundial, hay necesidad de buscarla más adelante en Por los claros del bosque; eso sí, dejándole ocasión a la sorpresa. Retomo su categoría de exiliada, que determinó mucho en su vida personal, creativa. Y es que en María Zambrano se imbrican enormemente, y con total responsabilidad, biografía y obra. ¿Acaso valdría una separación en tan convenida afinidad vivencial y edificadora? Léase Carta sobre el exilio, que desde lo particular refleja el sentir de la España peregrina. Documento categórico y desgarrador, bello e imperecedero.
Al exiliado le dejaron sin nada, al borde de la historia, solo en la vida y sin lugar; sin lugar propio. Y a ellos con lugar, pero en una historia sin antecedentes. Por tanto, sin lugar también; sin lugar histórico. Pues, ¿cómo situarse, desde dónde comenzar, en un olvido e ignorancia sin límites? Se quedaron sin horizonte. Y por muy en la tierra que estén, en la suya, donde se habla su idioma, donde pueden decir «soy ciudadano», al quedarse sin horizonte, el hombre, animal histórico, pierde también el lugar en lo que a la historia se refiere. No sabe lo que le pasa, no sabe lo que está viviendo. Vive en un sueño6.
El exiliado, «un abandonado en condiciones desérticas», no es el desterrado, a quien se expulsa porque ha faltado a su grupo y más: a su país. Mientras, el exiliado ha fallado y caído en la derrota. Sin vociferarlo, lleva la patria sentida hacia donde va. Después patria y exiliado ya no serán los mismos. Porque si bien la Patria grande es una, los sentimientos hacia ella son muchos y distintos como diversos exiliados hay. Por otra parte, al desterrado no le queda más remedio que buscar tierra nueva y echar raíces. Para el exiliado, las circunstancias de aplatanamiento no son tentadoras, porque en el fondo sabe que ya no pertenece a ningún contexto geográfico, aunque sí histórico. Más que exilio cultural, sufre un exilio ontológico donde el ser no se pierde puesto que «el exilio es el lugar privilegiado para que la Patria se descubra, para que ella misma se descubra cuando ya el exiliado ha dejado de buscarla». Ya en Las palabras del regreso, la Zambrano nombrará y admitirá el exilio como el sentir externo e interno que una vez llegado se queda: «El exilio que me ha tocado vivir es esencial. Yo no concibo mi vida sin el exilio que he vivido. El exilio ha sido como mi patria, o como una dimensión de mi patria desconocida, pero que una vez se conoce, es irrenunciable (...)».
Aun cuando cualquier escrito de Zambrano es atractivo por tema, cuerpo y espíritu, pudiera el lector nuevo —y no digo inexperto— iniciar la relación con esta figura de resonancia occidental y ecuménica por sus primeros textos, donde ya se manifiesta el estilo sentencioso y confesional como el muy autobiográfico Por qué se escribe, uno de las mejores páginas de la joven María. Y avanzando en su discurso testimonial recomiendo reparar en Pensamiento y poesía en la vida española, ese compendio de conferencias que impartiera en el Colegio de San Nicolás de Hidalgo, en su querida Morelia. Es este uno de sus inaugurales libros donde va edificando, en una miscelánea hermosa entre el cómo, el qué y el para qué, un estado en el camino, o más que estado, un método de aprehensión no divorciado del contexto, mas tampoco aferrado a su presencia más epidérmica. Por ello estimo muy oportuno la elección en de Pensamiento y poesía… el acápite Conocimiento poético, de donde tengo que transcribir un párrafo notable por cuanto concernirá a todo el discurso posterior de la discípula de Ortega y Gasset:
El conocimiento poético se logra por un esfuerzo al que sale a mitad de camino una desconocida presencia, a mitad de camino porque el afán que busca esa presencia jamás se encontró en soledad, en esa soledad angustiada que tiene quien ambiciosamente se separó de la realidad. A ese difícilmente la realidad volverá a entregársele. Pero a quien prefirió la pobreza del entendimiento, a quien renunció a toda vanidad y no se ahincó soberbiamente en llegar a poseer por la fuerza lo que es inagotable, la realidad le sale al encuentro y su verdad no será nunca verdad conquistada, verdad raptada, violada; no es alezeia, sino revelación graciosa y gratuita; razón poética7.
No pocos estudiosos y lectores atentos, incluyendo a Trueba y a Sarría (no lo expresan directamente aunque se intuye), reconocen como los mejores libros de María Zambrano, Hacia un saber sobre el alma, El hombre y lo divino y Claros del bosque, libros recordados en esta compilación en virtud de sus retazos bien elegidos. Por fortuna en Por los claros… puede el insatisfecho buscar y encontrar a una fragmentada pero armónica filósofa, ávida de desentrañar cuanto fenómeno, circunstancia o temática cultural llamara su atención. Y sin permitirse descuidar su estilo inconfundible, que alcanzó tempranamente y que por tanto apenas varió. En esta obra aparecen fragmentos de sus mejores textos extensos y los breves de asunto cubano. Estos últimos no podían faltar por cuanto significó el paisaje insular y su plurivalente luminosidad para la poética zambraniana y para sus vivencias en aquella Cuba preñada de reveladores intelectuales. Cuba, su patria pre-natal. De los de asunto cubano sobresale por su adelantada mirada y deferencia Martí, camino de su muerte, toda una consideración, además, sobre la forja inconsciente de un héroe nacional ajeno, pero que enseguida hizo muy suyo al intuirlo asombrosamente a partir de las páginas del Diario de Cabo Haitiano a Dos Ríos. Y si de contenidos cubanos se trata, claro que se impone leer y estudiar el tan citado y esclarecedor ensayo La Cuba secreta, donde presenta y comenta el universo singular de Diez poetas cubanos, antología de Cintio Vitier pero previamente sospecha e imagina el desnudo palpitar en la oscuridad que es lo pre-natal, estado que puede alcanzarse aun habiendo nacido hace ya algún tiempo y en un lugar lejano: «la patria pre-natal es la poesía viviente, el fundamento poético de la vida, el secreto de nuestro ser terrenal. Y así sentí a Cuba poéticamente8». La Cuba secreta es, sin dudarlo, un texto cubanísimo, por el conocimiento que de lo cubano despliega la filósofa de Orígenes. En este punto de la lectura de Por los claros del bosque, recomiendo mucha atención en lo referente a las líneas de un discurso escritural y conceptual como Lydia Cabrera, poeta de la metamorfosis, texto de una vigencia innegable.
Una vez que el lector conoce a María Zambrano no puede traicionarla. Se encuentra o se descubre para no temer a cuidarla como a un tesoro. Pero, a diferencia de la riqueza material, que con frecuencia dudamos repartir, la filósofa errante, motiva prolongarse en la recomendación o el asombro provocados ante su obra y persona. Uno solidariza el conocerla porque es su saber dable y generoso, íntegro y cualificado.
¿Y por qué hoy retomar su filosofía o su prosa? Por ser una propuesta de entendimiento de la cultura. Zambrano es una intérprete sin igual de la creación y destrucción de Occidente desde esos innegables tratos entre lo sagrado y lo divino, la realidad y los sueños, la vida y el ser que ella advierte y comparte. Su escritura, conjuntamente con su biografía de exiliada errante, representa una suerte de ganancia personal que de alguna manera supera la pujante historia trágica que le tocó vivir y ahora nos toca a nosotros. Todo por la renovación del hombre en su camino plagado de derrotas en lo personal y grupal. Sin embargo, la bienaventuranza es un derecho y, por ende, una posibilidad en el camino de la vida humana. De reencontrarse con ella al inicio, sobre la marcha, y al final se trata entonces. De ahí el discurso de la pensadora, comprometido y comprometedor, sobre todo si tenemos en cuenta cómo se vive al presente en un lamentable apego a la realidad harto inmediata (ya ni siquiera razonada) y de espalda a la poesía de cuanto parece ausente.
Maria Zambrano, por los claros del bosque, este libro por muchas razones afortunado de la Editorial Arte y Literatura, viene a esperanzarnos con esa palabra única y extraordinaria de su autora, ambas presencialmente vivas y simbólicas, siempre aurorales.
Notas:
1-Salvo alguna que otra revista o un par de libros (Fascinación de la memoria. Textos de José Lezama Lima. Selección y prólogo de Iván González Cruz. Editorial Letras Cubanas, La Habana, Cuba, 1993, y María Zambrano y la Cuba secreta. Edición e introducción de Jorge Luis Arcos, Ediciones Endimión, 1996), abunda más la bibliografía pasiva sobre la filósofa española que sus libros o textos cortos publicados, incluyendo los escritos en Cuba o los de asunto cubano.
2-María Zambrano, por los claros del bosque. Selección, prólogo y epílogo: Virginia Trueba, Leonardo Sarría. Colección ARGOS. Editorial Arte y Literatura, 2014, p. 5.
3- Ibídem, p. 316.
4-Sánchez Vázquez, Adolfo. Filosofía y circunstancias, Anthropos Editorial. Rubí. Barcelona, 1997, p. 289.
5- Ibídem, p. 286.
6-Zambrano, María, ob. cit., p. 276.
7- Ibídem, p. 118.
8- Ibídem, p. 349.
