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La pared de las palabras: alegato audiovisual contra la incomunicación

Jesús Dueñas Becerra, 02 de abril de 2015

Si las artes escénicas caribeñas tienen un Rey Midas en la persona del maestro Carlos Díaz, Premio Nacional de Teatro, la cinematografía cubana también lo tiene en el maestro Fernando Pérez, Premio Nacional de Cine, cuyo filme, La pared de las palabras, dirigido por el laureado creador audiovisual, se estrenó en las salas oscuras de la capital cubana.

Largometraje desgarrador, estremecedor, descarnado, que conmueve las fibras íntimas del ser humano con la presentación en pantalla de un drama que es posible se desarrolle en la mayor isla de las Antillas o en cualquier otro lugar del orbe.

Por otra parte, no me asiste la más mínima duda de que fue concebido y llevado al set de filmación con amor y pasión, no solo por el Rey Midas del séptimo arte insular e iberoamericano, sino también por el reconocido actor, artista de la plástica y director cinematográfico Jorge Perugorría; la talentosa actriz y documentalista Isabel Santos, caracterizada —básicamente— por la madurez creativa alcanzada durante su fecunda trayectoria artístico-profesional; la carismática actriz Laura de la Uz, quien interpreta magistralmente a una paciente con un trastorno mental en plena fase de descompensación, signada por la agresividad y la excitación psicomotora; el versátil actor Carlos Enrique Almirante, quien está muy firme y seguro en el papel que desempeña en ese contexto audiovisual; y por supuesto, la primerísima actriz Verónica Lynn, Premio Nacional de Teatro, quien sigue y seguirá siendo la gran señora de la actuación, no solo en escenarios nacionales, sino también en los foráneos, a donde ha llevado su arte.

Esos ases de las artes escénicas son secundados por un grupo de actores no profesionales, a los que poco les falta para alcanzar dicha categoría, pues prestan cuerpo, mente y espíritu a unos orates, cuyo comportamiento psicótico convence al espectador o al crítico más exigente.

La virtud mayor de esta cinta de Fernando Pérez es colocarnos delante de un cuadro familiar disfuncional, donde cada integrante del núcleo posee una parte de razón. La afección neuromuscular (distonía), que padece Luis (Jorge Perugorría), más los trastornos psíquicos a ella asociados, requiere la reclusión en un hospital para pacientes con las más disímiles discapacidades físicas y mentales, cuyo cuadro clínico fundamental se estructura sobre la base de graves e insolubles problemas de locomoción y comunicación.

La progenitora (Isabel Santos) deja escapar oportunidades laborales que hubieran contribuido de forma decisiva a su desarrollo profesional. Sin embargo, por estar cerca del hijo mayor para dedicarle el ciento por ciento de la esmerada atención que exige la enfermedad que Luis padece, no se ocupa lo suficiente de Alejandro (Carlos Enrique Almirante), el vástago más pequeño, mientras la abuela materna Carmen (Verónica Lynn), trata de mantenerse al margen del drama de su hija.

¿Una actitud reprobable? Eso no es tan fácil de dilucidar. Habría que introducirse en el mundo interior de cada personaje y conocer los más mínimos detalles de la relación abuela-hija-nieto que signó la convivencia de esos seres humanos debajo de un mismo techo.

Luis, quien lleva la mayor parte de su vida ingresado en una institución de salud, intenta por todos los medios a su alcance derrumbar, de una vez y por todas, la pared de acero en que se hallan atrincheradas las palabras, y que le impide comunicarse verbalmente con el prójimo.

Ahora bien, ello no constituye óbice alguno para que se interponga entre la cabeza de otro paciente y la pared de cemento, porque más que saber, siente, intuye, que podría ocasionarle una grave herida el choque frontal con esa mole de cemento.

La actitud solidaria adoptada por Luis le deja una marca en la piel (y en el alma) para la cual los facultativos que lo atienden no tienen —hasta ese momento— una explicación científico-médica.

Fernando Pérez declaró a la prensa que La Pared de las palabras […], «trata de expresar [a través de símbolos] ese arduo y escabroso camino, no sólo a través de Luis, sino de toda [la] familia y [el] entorno social [que lo circunda]. Porque, con frecuencia, somos los seres humanos [supuestamente] normales los más incapaces de entender palabras, señales, ondas, miradas que se pierden en la oscuridad de lo cotidiano».Esa historia impactante —y que es posible en la vida real— está muy bien narrada, y además, cuenta con una dirección de actores a la que nos tiene acostumbrados el maestro Fernando Pérez.

Una vez más, sube al set de filmación a una joven con Síndrome de Down. En esta ocasión, se trata de Maritza Ortega, quien se desenvuelve con tanta naturalidad y espontaneidad como si hubiera recibido clases de actuación en la Escuela Nacional de Arte (ENA) o el Instituto Superior de Arte (ISA).

En esta película, filmada en la comunidad costera de Santa Fe, no podían faltar ni La Habana, ni el mar, dos grandes amores del autor de José Martí: el ojo del canario.1

Por último, solo me queda invitar al lector a ver —con los ojos del alma, los que saben ver— esa impactante cinta, para despertar la sensibilidad humana que palpita en el componente espiritual del inconsciente freudiano y es capaz de iluminar el camino que debemos transitar, para aprender el complejo arte de comunicarnos y entendernos con personas que padecen limitaciones físico-motoras o neuropsíquicas.

Me parece que ese es el mensaje eminentemente ético-humanista, que el maestro Fernando Pérez le transmite al espectador a través de La pared de las palabras.


Nota


1.Jesús Dueñas Becerra. José Martí: el ojo del canario. Un análisis desde la psicología analítico humanista. Disponible en: www.uneac.org.cu (Columna de Autor).

 

Editado por: Dino Allende

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