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Hamlet Paredes Grau: ¿actor o jurista?

Jesús Dueñas Becerra, 17 de abril de 2015

”Soy las dos cosas, porque amo el arte de las tablas y el ejercicio del Derecho con idéntica pasión”. Esa fue la respuesta que, sin pensarlo dos veces, le ofreció el actor y abogado Hamlet Paredes Grau a la pregunta que le formulara para iniciar este ameno diálogo, que tuvo lugar en el vestíbulo del capitalino complejo teatral Bertolt Brecht, donde se estrenaba la obra Dos de amor, llevada a escena por Teatro El Público, que dirige el maestro Carlos Díaz, Premio Nacional de Teatro.

¿Cómo se produjo su llegada al mundo de la actuación…, si usted proviene del campo del Derecho; disciplina alejada —solo al parecer— del arte de las tablas?

Mi sueño desde niño era ser actor. Respeto y me inclino hacia quienes cursaron —o cursan— estudios de actuación en la Escuela Nacional de Arte (ENA) y en la capitalina Universidad de las Artes (ISA). Sin embargo, defiendo el criterio de que el actor debe tener una formación básica en cualquier otra rama del conocimiento humano. He conocido a no pocos actores que han estudiado Derecho o Medicina, independientemente de que hayan ejercido la profesión o no. Ahora recuerdo al veterano actor y abogado Daniel Jordán, quien falleciera desde hace algunos años, e integrara el elenco artístico de la cincuentenaria compañía teatral Rita Montaner, así como al actor y médico Juan Carlos Roque Moreno1 (Diana, Bajo el mismo sol, La otra esquina), quien ha incursionado —con éxito indiscutible— en el teatro, la televisión y el séptimo arte.

El Derecho me ofrece la posibilidad de analizar in extenso (para emplear una frase en latín; lengua con la cual me familiarizara cuando cursé  la asignatura de Derecho Romano), de estudiar con profundidad las obras en las que participaré. En consecuencia, enfrentar un texto desde la formación socio-política, que —como parte del plan de estudio de la especialidad— recibiera en las aulas de la Universidad de La Habana.

Esa experiencia deviene algo en extremo provechoso, y además, me asegura tener siempre un trabajo fijo, porque la vida del actor no es —entre usted y yo— muy estable que digamos.

¿Cómo pudo alternar los estudios superiores con la actuación, sin perder un ápice del amor y la pasión que, según usted me comentara, le impregna a todo cuanto hace, y que —de acuerdo con los principios básicos en que se sustenta la Psicología Humanista— constituyen la verdadera realización de un ser humano?

Conjugar los estudios universitarios de Derecho con las funciones que desempeña un actor no me resultó para nada difícil, ya que, después de participar en talleres y encuentros teóricos durante mi época de estudiante en el preuniversitario, encontré una puerta abierta en el Movimiento de Artistas Aficionados de la Cátedra de Extensión Universitaria del Alma Mater.

Por otra parte, los lauros que obtuviera en disímiles festivales nacionales y foráneos explican —con meridiana claridad— por qué no me fue difícil llevar, al mismo tiempo, los estudios superiores y la actuación.

Integré el grupo Los Nómadas, de la Facultad de Derecho, y evoco con cariño los trabajos realizados en aquella época inolvidable. Los monólogos Yo, Judas; El enano en la botella, No dejes escapar la ira, Vivimos en la ciudad y las obras colectivas Sábado corto, del maestro Héctor Quintero, y Las monjas, del maestro Eduardo Manet.

Con El enano en la botella crecí mucho como actor y como ser humano, ya que tenía como paradigma la actuación estelar del versátil artista Mario Guerra, y el  personaje que representaba exigía mucho de mí: debía bailar, cantar, ser muy carismático. No le niego que me costó mucho esfuerzo poder lograrlo, pero salí airoso de esa «prueba de fuego».

Después que se licenció en Derecho en nuestro máximo centro de educación superior, ¿hacia dónde encaminó sus pasos como jurista y actor?

Con mi título de abogado y mi plaza fija en la Dirección Provincial de Justicia de La Habana, así como en la Consultoría Jurídica de la Dirección Provincial de Cultura; instituciones donde me desempeño en la actualidad, fui a ver al talentoso intelectual Juan Carlos Cremata, director de la compañía teatral El Ingenio, quien me propuso integrar el elenco actoral de la obra Sleep, aunque —por un accidente que sufrí— no pude participar en esa puesta en escena.

Luego hice un curso intensivo de formación de actores en Teatro D’Dos, con Daysi Sánchez. Después Irene Borges me invitó a trabajar en el Espacio Teatral Aldaba, donde —con la interpretación de la obra performática La pintura y otros lugares— crecí mucho desde los puntos de vista artístico-profesional y personal, porque era una obra que se apoyaba —fundamentalmente— en improvisaciones que hacíamos los actores y las actrices.

Fue una obra muy intensa desde la vertiente dramatúrgica, ya que hacíamos catarsis emocionales. A manera de ejemplo, hablábamos de nuestros propios seres queridos fallecidos y no fueron pocos los espectadores a quienes se les saltaron las lágrimas, mientras que otros abandonaron la sala para que no los vieran llorar.

¿Podía relatarles a los lectores cuáles han sido sus vivencias y experiencias desde que integra el proyecto que dirige Carlos Díaz?

Desde hace poco más de dos años, me incorporé a dicho proyecto, que tiene a la actriz Anaysy Gregory Gil en la dirección artística y puesta en escena.

El trabajo es desde y para los jóvenes. Debuté con el grupo integrado por muchos actores y actrices como Camila Arteche (Aquí estamos, Con palabras propias), Niusvel Ventura, Yeney Bejerano, Liliam Ojeda, entre otros, con la obra El hombre que no estaba. Precisamente yo era ese hombre, o mejor, el reflejo en el espejo del teniente Alonso. Lo más engorroso fue la coordinación que tuve que establecer con Denys Ramos 2 (Historias de fuego, Los Tres Villalobos, Aquí estamos, La otra esquina), quien desempeñaba el papel protagónico.

Posteriormente, integré el elenco de El año de Khalil Madoz, donde interpreté dos personajes: un investigador y un mayordomo.

¿Qué papel desempeña el personaje de Ángel, interpretado por usted, en Dos de amor?

Ángel es un personaje que disfruto como usted no es siquiera capaz de imaginar, junto a Angélica, a quien le presta piel y alma la actriz Anabel Suárez. Dos de amor es una divertida comedia que sintetiza los avatares de un matrimonio al cabo de los años.

Es una obra con altas y bajas, como suelen serlo las relaciones conyugales, pero también deviene un divertimento. Hablamos del machismo (tan arraigado en nuestra sociedad, como la hidra a la pared), de tolerancias, de infidelidad. En ocasiones, temo la reacción del «respetable», porque provocamos la interacción con él desde el momento mismo en que solicitamos que hombres y mujeres se sienten por separado, y no me es posible predecir ni prevenir lo que acontecerá.

¿En qué otros medios ha incursionado?

En la pequeña pantalla. En las aventuras Adrenalina 360 desempeñé el papel de Daniel, quien practicaba apnea y alpinismo. Una inmersión de 12 metros sin tanque, y escalar, con el riesgo de un accidente que realmente se produjo, fueron los mayores peligros que enfrenté mientras filmábamos esa teleserie.

Por otra parte, intervine en tres capítulos del policiaco Tras la huella, donde —en dos ocasiones— interpreté a un oficial del Ministerio del Interior (MININT), y en otra, a un sospechoso de asesinato. ¡Qué clase de papelito!

No lo puedo negar, porque me estaría engañando a mí mismo, son vivencias y experiencias muy enriquecedoras, pero en la pantalla chica trabajas frente a una cámara. No tienes, como en el teatro, una continuidad dramática a la hora de grabar, y aunque ello exige una preparación rigurosa de los actores y las actrices, se resta espontaneidad con la orden de "¡corten!" dada por el director. No aprendes a salvar situaciones problemáticas o conflictos que se le presentan al actor, a crecerte como las palmas ante el olvido (o represión, como diría un psicoanalista) de un texto, por ejemplo.

La televisión te proporciona fama, popularidad, pero de una manera efímera. Yo nunca dejaré de actuar en las tablas. Conocí el encanto del teatro gracias a mis progenitores, y me apasiona trabajar en él, aunque las condiciones y los recursos no sean los mejores ni los más idóneos.

Ahora me desempeño como conductor del espacio radial De joven a joven, una revista dominical que se transmite en vivo por la COCO de 12 m a 1 p.m. Como conductor de dicho programa, la actuación me ha ayudado mucho. Es un reto responder a la exigencia de mantener el ritmo bien arriba en todo momento u ocasión.  Se me olvidaba comentarle que cursé un Diplomado en Locución impartido en el Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT). Por lo tanto, laborar en esa emisora provincial ha sido mi primer trabajo como profesional del buen decir, pero vendrán otros, y los asumiré con la misma responsabilidad con que lo he hecho —hasta hoy— en cualquier otro medio en los que he incursionado.

¿Cómo percibe el futuro de los actores y actrices teatrales en nuestro archipiélago?

El futuro de los actores y las actrices de teatro debe ser mejor, con mayor reconocimiento social y retribución económica. Son algunos de los sueños que compartimos quienes le hemos entregado lo mejor del intelecto y el espíritu al desarrollo de las artes escénicas cubanas.


Notas

1.Actor entrevistado en esta sección.

2.Ibídem.

 

Editado por: Dino Allende

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