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Luisa Molina, poetisa matancera

Leonardo Depestre Catony, 21 de abril de 2015

Encontrar el nombre de Luisa Molina en algún cuaderno de literatura cubana se hace difícil, más bien se la recuerda cuando se recopila o antologa la obra de poetisas olvidadas. El detalle resulta de interés porque en su época, el tercer cuarto del siglo XIX, se la apreció, tal vez por el hecho de que a su inspiración unía la condición de mujer formada de manera autodidacta, surgida de la pobreza y con un entusiasmo grande por la poesía. Tales méritos nos llevan a recordarla.

En su abarcadora colección La poesía lírica de Cuba, José Manuel Carbonell traza un retrato de ella en el cual pesa más el asombro que le causa el afán de superación de la poetisa, que el juicio crítico: “He aquí un admirable caso del temperamento poético inculto que llega, a pesar de las circunstancias y condiciones adversas del medio ambiente, de la época y de la posición individual, a exteriorizarse y a fluir en la luz y en el sonido del verso”.

Más adelante apunta: "En contacto íntimo con la naturaleza, fue una verdadera poetisa guajira, dotada de fina sensibilidad artística, que en ella se manifestó en sus aptitudes de lírica y de pintora”.

Nació en una finca de las cercanías del río Moreto, Matanzas, el 21 de julio de 1821, y fue su madre quien la enseñó a leer y a escribir; mediante la lectura de los libros a su alcance nutrió sus inquietudes de conocimiento.

Trabajó la décima y el soneto desde joven y llamó la atención de sus contemporáneos. Colaboró en las revistas El Artista, El Almendares, La Piragua, Revista de La Habana, Cuba Poética, El Yumurí… Si  desde el aislamiento de su vida conmovía con sus versos, más se sorprendía ella al saber que estos eran leídos en la ciudad de Matanzas y la capital. También más lejos, pues cuando José Domingo Cortés preparó su compilación Poetisas americanas. Ramillete poético del bello sexo hispanoamericano, editada en París, en 1875, la incluyó.

Un fragmento de su poema “El árbol seco”, ilustra su escritura:


¿Por qué estás entre dudas, esperanza,
y abandonas mi frágil corazón?
Ya tu voz no me ofrece la bonanza,
tristes sombras ofuscan mi mansión.
Un rayo de tu luz el alma implora
que refleje un momento en mi vergel,
como el tibio reflejo con que dora
el ocaso la copa de un laurel.


En 1856 se editó Aguinaldo de Luisa Molina, destinado a paliar en algo la pobreza de la escritora, quien además publicó por la Imprenta Galería Literaria, de Matanzas, su único cuaderno, Al recreo familiar de Sabanilla (1885). Juan Clemente Zenea, Fernando Valdés Aguirre y algunos autores más de su tiempo le dedicaron elogios.

La poetisa murió a los 65 años,  el 20 de abril de 1887, en Sabanilla del Encomendador, provincia de Matanzas. La lectura de sus poemas revela las ansias de felicidad, el espíritu dulce, el amor por el lugar de nacimiento y la resignación en esta humilde artista de la campiña matancera.

No pretendamos un acercamiento demasiado crítico a su labor poética, y aceptémosla como fue ella, al igual que su obra: sencilla, natural, tierna.

 

Editado por: Dino Allende