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Carta a José Kozer

 , 29 de mayo de 2015

Nota del compilador:
Estas cartas fueron encontradas en el metro de París por una anciana de la que se me negó su nombre. Se dice que estaban en un cofrecito de ébano y marfil, unidas por una cinta de color rosa, y que la nieve había borrado todo vestigio de quién las había escrito. Por mis investigaciones pude esclarecer que fueron vendidas en subasta, a un precio casi insignificante, por un comerciante a un turista, el cual las trajo en un viaje a Cuba y se las entregó a un escritor de provincia, cuyo nombre quiero conservar en el anonimato, quien las tradujo al reconocer la firma de Rainer Maria Rilke. Pero era muy difícil augurar si se trataba de sólo diez cartas o si existían más; por las investigaciones que realicé, opino que eran un muestrario del tractus poético de la Isla, que el autor de las cartas de Franz Xaver Kappus había destinado a unos escritores cubanos; pero el poseedor de las mismas, después de traducidas, las había distribuido entre amigos y poetas, quienes las conservaron hasta el día de hoy. Mi intención fue buscar todas las cartas, volver a colocarlas en el cofrecito de ébano y marfil, descifrar si ciertamente era Rilke su autor, y dar fe de todo ello, a destiempo, en esa apuesta por la poesía y los poetas de hoy.

 

Bremen, 1905

Preciado poeta José Kozer:


Llevo días por intentar sentarme en la mesita de la habitación para escribir y compartir ~como ya es costumbre~  estas, mis nobles valoraciones sobre los poemarios que me envían.  Quizás el invierno que no cesa me ha impedido agradecerle  su libro Índole1, texto que enriquece mis apuntes sobre la imagen y las ganancias tropológicas que se asumen desde el verso mismo. Saudades estas que no logro obviar del todo.

La asunción de un verso entrecortado, pudiera guillotinar la imagen misma, sin embargo, aquí sucede todo lo contrario. El aliento se hace real y evidente. La pujanza de estos textos está en la discontinuidad, golpea, quizás, lo entredicho pero lo asevera a la vez, tesis que no puedo justificar del todo. Índole es uno de esos libros con los que uno puede equivocarse. Yo me atrevo en escribir este enunciado, porque estimo que me encuentro ante una obra extraordinariamente insólita, donde la función del verso va más allá de lo sensorial, de allí que la dispersión de versos breves, se justifique.  

De pie, y luego sentado
en penumbra, y luego a
oscuras. Ayuné. Bebí
agua mental. Sabía que
al amanecer era viernes,

Infiero, que has pasado horas de castigo, y asumes el verso con dolor, pero no como una imagen definitoria del dolor. El ritmo nos acompaña en este viaje y aprehende desde la observación lo que pudiera ser eterno.  La imagen como eterno dolor, cóncava visitación para el que escribe como usted, en una rara avalancha de los sentidos. Infiero que sea todos los días un ejercicio de soledad. Orgiástico paso, noble comienzo o espiral. El tiempo como espiral. La imagen como espiral. Lo sacro. 


La cosecha no fue mala, que un traspatio
produzca suficiente
para el resto del año,
y no, no estamos en
diciembre, y quede
aún espacio para
cultivar  flores de
ornamento, la cala
en particular, es de
agradecer.


Querido Kozer, qué pudiera yo decir de Índole, que como una cuerda sostiene raras distancias, nos aferra a una imagen que busca en el lenguaje su imagen y semejanza misma. Este es un libro para que cualquier autor alcance la mayoría de edad. Áspero, austero, barroco, y hasta perturbador, son estas estampas que como poemas nos ha ofrecido, demasiado para un  tiempo como este, pero tan necesario como el agua de los mares o de los ríos, donde nunca podremos bañarnos, como dijera Heráclito, en las mismas aguas.

Ojalá y de estas distancias quede siempre un inmenso mar, Índole, para los lectores que descubran en la poesía un acto de apostar por  la novedad y por la necesidad de diferenciarnos uno de otro.  Así le abrazo y felicito, en este invierno que no acaba, suyo.


1. Ediciones Matanzas, 2012.

Editado por: Patricia M. Peña