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Miedo a la crítica

Lilien Trujillo Vitón, 11 de junio de 2015

En la antigüedad, a los hombres que decían la verdad incómoda, ilegítima, los nombraban herejes. Les cortaban la cabeza o se las maceraban con una cuerda hasta interrumpir el flujo de sangre ascendente al cerebro. Los métodos han cambiado con el tiempo;  pero hoy día, ir a contracorriente puede costar igualmente el recorte de muchos flujos. Criticar, por ejemplo, ha sido una herejía de los últimos lustros en este país, aunque sobre los escenarios se represente la obra idílica de la necesidad de ese ejercicio intelectual.

¿Cómo entonces, por qué brechas, logran colarse los que piensan en sentido inverso a los comunes y se lanzan a la crítica de fenómenos, sistemas de pensamiento, a la exigente crítica de una obra literaria o un estilo creativo? Sinceridad raigal. Esa puede ser la respuesta, apoyada en la capacidad analítica, pensamiento lógico y amplia cosmovisión del que lee y estudia el texto. Sin esos atributos, poco se lograría en el camino de evaluar, que es, a fin de cuentas, el de criticar.

Pero entonces aparece el miedo. El miedo de los que tienen qué perder –materialmente hablando–. El miedo también de los inseguros, el de los mediocres. Hay un sinfín de nomencladores de temores en la ausencia de la crítica. También el facilismo. Lo más cómodo es alabar, pasar la mano sobre el hombro del otro, hacerle creer que su obra es una “joyita”, aunque en su lectura le hayamos recriminado unas cuantas erratas verbales y argumentales. Miento. Lo más fácil es no leer, pasar por encima al texto en cuestión –lectura de barrido-, llegar al final y decir: “esto parece bueno, normal”, avanzar a la esfera pública y enaltecer el libro con todas las muletillas teóricas que se tienen a mano.

Resultado: un buen libro recibe una crítica alabanciosa, pero desenfocada o trillada, inflada de lugares comunes; o un libro mediocre se lleva el cumplido que no le toca. El lector tiene que pagar entonces por una obra que no lo mantendrá en vilo por más de cuatro líneas o experimentará un desengaño positivo al darse cuenta de que ha comprado una pieza excepcional de la que no le advirtieron; incluso puede perdérsela por no haber escuchado una buena recomendación de ella.

La otra versión del fenómeno es más interesante, aunque no lógica. El crítico sumergido hasta el magma, que saca los trasfondos y esencias del texto y las derrama singularmente en un discurso atractivo para todos —menos para el autor predeterminado para el elogio—. Si el título es realmente “una joya”, todos quedarán satisfechos, aunque los críticos sanguíneos, que hallan la mancha aun en las zonas impecables, dejen caer su pizca de sal. Aquellos libros que no valen la pena y como tal son radiografiados, logran fecundar maldiciones y rencores que culminan en enemistades irreconciliables.

La verdad, aunque cueste aceptarla: no estamos acostumbrados al pensamiento alternativo, a discrepar, a comprender el punto de vista desigual y buscar lo positivo útil en una crítica negativa. Por suerte nacen, cada cierto tiempo, especímenes raros, únicos, cultivadores de ese pensamiento comprometido con la verdad intelectual, con la verdad concreta resultante de cosmovisiones riquísimas, curtidas al calor de miles de lecturas, vivencias, inteligencia. Los demás, los comunes en mayoría, seguimos reproduciendo la práctica de la horca, la de la guillotina. Lamentablemente.

Editado por: Yeni Rodríguez Valdés.