Poesía de Johannes Luis González Guevara
Hay un ensimismamiento poderoso en la poesía de Johannes Luis González Guevara: una conciencia que se devana frente a la realidad, y en la búsqueda de la expresión trenza la palabra. La palabra se afila y engruesa, se oscurece y transparenta, suda y vuela: la expresión poética prefiere ser fiel a ese torbellino ansioso de la búsqueda.
La comunicación es como un semejante que entra en la misma espiral de duda, inquisición o sufrimiento: es una estética que avanza transida de complejidad ética, sumando los dilemas de la psiquis contemporánea. La palabra de otros poetas viene como un imán, atraída por esa fuerza de cavilación que mueve la soledad colectiva.
A veces asoma la pauta, ya sea en el timbre o en la cantidad, pero al primer golpe brinca la prosa, pues es la libertad de la angustia, ya alzada de todo canon, con el grito en la garganta, queriendo encontrar un respaldo en la comunicación con el otro, un semejante que se arriesga en las mismas direcciones de la mayor incomprensión.
Entonces prima la autenticidad, por encima de las palabras; es la autenticidad quien organiza los enunciados, quien remite los significados, quien procura los destinatarios: con ello la escritura consigue un arte expresionista, de base emocional densa, en que el lector entiende lo que no se explica, devana el mensaje que se ha esculpido súbitamente.
Roberto Manzano
Johannes Luis González Guevara es Licenciado en Química por la Universidad de La Habana, 1999. Ha sido miembro de los talleres literarios César Vallejo (San Antonio de los Baños) y Salvador Redonet (Universidad de La Habana). Ha obtenido las siguientes menciones y premios de poesía: Mención de Poesía en el Concurso Nacional Ada Elba Pérez 2001. Premio Alfa Portus en el I Concurso Iberoamericano de Décima Villa Azul 2001. Premio de Poesía Palabras Inconexo y Mención en el 2do Concurso Camello Rojo 2002. Premio de Poesía en el Concurso Nacional Juan Francisco Manzano 2002. Premio Casa de la Poesía, Premio El Caimán Barbudo y Primera Mención de Poesía en el XXIV Encuentro Nacional de Talleres Literarios 2002. Mención David de Poesía 2002. Mención del Concurso En el Jardín de la Poesía, Centenario de Dulce M. Loynaz 2002. Premio de Poesía en el IV Concurso Nacional Félix Pita Rodríguez 2002. Mención en el Concurso Nacional Aladécima 2004. Textos suyos han sido publicados en las revistas El Caimán Barbudo y Habáname. Tiene publicado el libro Como la brisa que insiste en borrarnos por la editorial Unicornio. Reside en España.
INTERREGNO
A―sombrarse
Qué terrible esta forma de refugiarnos con la intemperie,
la de las cuatro innombrables paredes,
no saber dónde ubicar los ojos
cuando un dedo sorpresivo
alumbra y ciega,
cuando el nombre se convierte
en un pretexto de no existencia.
En el patio de mi patio crecen ramas,
nacen brazos de su corteza
como frutos que maduran inside
bajo las moscas que se extienden
a través de un silencio subterráneo:
cuadro desolador:
evolución de manos:
manipulación que deletrea el peligro
y su dolencia,
dilatándose.
Frag―men―tar―se
trabajo. espero. trabajo.
amputo un dedo de mi lógica.
sudo sin lógica y sin dedo,
con sangre,
lejos del estómago.
me olvido del estómago.
absorbo aire,
me absorben cuerpo.
nace otro dedo (ilógico).
transmuto. callo. aíslo.
me quedo. trabajo. me quedo.
Re―integrarse
El hombre se delata
cuando bebe la distancia y el regreso
de una muchedumbre expandida en el cansancio,
hiere en su pupila al semejante.
Así crezco soñando mi propio reino, y camino
penetro en los secretos del hambre
como un triunfo y tropiezo
para sellar la anatomía de esta fisura y caigo
que me deja colgando y no muero
la pérdida de todo:
el desnudo: la semilla: un átomo en silencio.
Una mirada no basta,
la salvación consiste en levantar la muerte del ojo.
A―GOTA―MIENTO
Cuando penden luz y gota,
de la vida en brote lento
se establece un pensa―miento,
una discordia que azota
la balandra como rota
travesía. El raro viaje
de caer es duro encaje
de lo eterno. Repetida-
mente soporto la herida
que llega a manchar mi traje.
Son las voces mi equipaje
sombrío, la siempre oída
compuerta de lo suicida
que penetra en el paisaje
su secreto. Fin del viaje.
La techumbre ojival flota
o soy yo quien tras derrota
piensa boca arriba el viento
que revierte mi tormento
cuando penden luz y gota.
DE LA MISERIA PALPITANTE
(en―cruz―ijada)
A César Vallejo,
como un intento de glosar
la distancia que su gusto dejó
entre afirmación y pregunta.
Un hombre pasa con un pan al hombro,
arrastra la mentira que le pesa
tan fuerte clavada en el ijar, esa
cruz de hincarse los días de un asombro,
las semanas sin tiempo, breve escombro
azorándole las manos. La noble
sombra que fiel decía ser al roble
―doliendo fuerte, cerca la costilla―
gotea el derrumbe en su triste orilla.
¿Voy a escribir, después, sobre mi doble?
Un cojo pasa dando el brazo a un niño,
ya no es el hombro, sostener el pan
es tejer el sitio donde se dan
la mano pequeña, el abrazo en guiño,
como lluvia al desierto desaliño,
alado pensamiento, ensoñación.
Nadie cede la mano a su perdón,
infinito es el traje de otra acera:
va un pájaro sin brazos. Nadie espera.
¿Voy, después, a leer a André Breton?
Un albañil cae de un techo, muere
y ya no almuerza. Aquel niño derrama
la voz en alarido que lo cansa,
y contempla esa forma de la muerte
atorada en el aire; cómo duele
su infancia perder la vida, dejándola
crepitar contra el cemento. Del áncora
parte su risa, inclina hasta la sangre
y bebe el silencio en paz de su padre.
¿Innovar, luego, el tropo, la metáfora?
Un banquero falsea su balance,
repite la farsa en toda mirada
que nunca supo mentir la mañana,
y deja la herida para que sane
en el abrigo del cojo ―delante,
la silueta del niño. De qué salto
proviene el hombre si apenas atado
por el oro, no sabe el duro friso
que traduce su rostro al descosido.
¿Con qué cara llorar en el teatro?
Un paria duerme con el pie a la espalda,
ese pie extraviado que anduvo lejos,
tras el mundo, enumerando alimentos
para cegar la culpa que desarma,
en su cojera de intemperie falsa.
Ya se castiga las mientes, aislado,
ya la ceniza retoza en su plato.
La mano puesta en el fuego es la cena,
corazón un tiempo, su boca ceja.
¿Hablar, después, a nadie de Picasso?
Alguien va a un entierro sollozando
con la frente cruzada a paso lento.
Llovizna del llanto. Lloroso viento.
Como quien llega de caer, callando
repetidas luces en la voz. Cuándo
detiene la caída su epidemia,
qué cuerpos dehiscentes, cuál endemia
le devora en los ojos toda fuerza.
El niño no sabe. Padre no almuerza.
¿Cómo luego ingresar a la Academia?
Alguien limpia un fusil en su cocina.
Alguien de pie más corto que el otoño
ha puesto la risa a dar un retoño
donde la muerte brota cual encina
que anuncia el duro polvo en una esquina
del brocal apagado. No vendrá
la luz a callar la sombra, quizá
una pierna y un aire más humanos.
El fusil ya resbala de sus manos.
¿Con qué valor hablar del más allá?
Alguien pasa contando con sus dedos
los anuncios finales de la vida.
Queda un mundo por delante: sufrida
copla para el niño que entre remedos
se oculta, huesuda piel junto a credos
que la soledad destina. El delito
no fue contar con los dedos: el mito
no―sueña, no―existe. Cómo llevar
así, la cruz izada en el ijar,
¿Cómo hablar del no―yo sin dar un grito?
Pero no quiero mundo ni sueño, voz divina,
TRAS EL DISCURSO DEL HOMBRE
quiero mi libertad, mi amor humano.
Federico García Lorca
Anunciación
Es el día un anuncio necesario para nuestra existencia, aunque llevemos la sombra a la cintura, aunque, iniciada la estación de la alegría ―fugacidad, efímero cortejo― la sonrisa nunca sea en el rostro el arpa luminosa.
Alguien con nuestras manos trazó el canto para que podamos elegir entre nube plomiza y plomo nublado, entre el jeroglífico que destruye y el que salva. Alguien con nuestras pesadas manos alzó la pluma del jilguero para cuando lleguen los días comunes, los de siempre ensombrecidos días.
Qué hacer entonces con la palabra ―clavija del pecho― y el verbo en la garganta cercenada. Para qué el espejo pluvioso del ojo, diariamente ojo, lente hacia la catástrofe, cincelado a cielo quebradizo y esperanza.
En las esquinas grupos de silencio, donde fue dicho todo a la hora de mis manos encontradas al sudor, puestas a violentar ese ambiente de oscuro mármol, doblemente frío, donde habitan el orador y su discurso.
En aquel recodo de fruto cortante pude sentirme de cuerpo entero, nada me faltó, ni siquiera la certeza de un hombre con la ceniza en la frente y el chispazo de polvo cruzándole la voz. Así anduve coreando el largo silencio, descifrando el equívoco.
Desde la butaca lejanísima, me detuve a contemplar el discurso de quien no sabe sostener con pureza la palabra, y engaña las ideas como salidas de una torpe gestación. Así estuve sentado y en silencio, quizás protegido, midiendo el asombro, los errores de esta absurda cofradía, este andamiaje que suelen llamar reunión de los núcleos y átomos para mí ya confinados a la barbarie.
Allí sentado larga sombra, bajo las cuerdas de la palabra oscura.
Yo sé el uso más secreto que tiene un viejo alfiler oxidado, sé la circunstancia que provoca el hueco en la cascada ceja o en la lágrima que regresa desde la tarde.
Sé la coronación de una multitud antiquísima, próxima y mínima, que pasa silueteando la pobreza en los corazones, en todos los corazones que renuncian al yo―yo mortecino. Sé de Ustedes, de la fiel tramoya que los alimenta, del numerito sin cálculo decente: a lápiz la umbría del dedo gordo o la gordura del dedo umbroso.
Ustedes, con sus ojos de cristal amargo, desconocen de mi casa en las afueras del discurso, en los atrios donde orina el hombre a pecho oxigenado, donde inquietos duermen los saltos del niño (cuando puedo pensar en los niños. En mi niño: cabeza rota en mi memoria).
No conocen que llevo horas levantando la pared de mi silencio. Cada ladrillo un cuadrante para mi fiesta y desperezo.
Yo. Mi hueco traspasado con las axilas rotas. Mi trozo de cielo una pradera absurda, donde se teje la púa de viento. Y el sueño una cuota vespertina. Muy pobre. Muy bien sacudida.
Cómo he de soñarte entonces, hijo mío, si sostengo el sable con manchas de piel, me hundo en la serpiente, en la selva de criptas mal enumeradas, salgo a pregonar el cadáver que anocheció ayer en mi camastro de luz, durmió tendido a todo hueso, y me dolió despertar sin taza de café, sin almohada para su cráneo y su carcoma de fiebres.
Querido hijo, el maderamen de la vida se despeña, y todo es polvo inicial, asfixia de gritos, tos fecunda que me lanza a las calles de esta noche en que no sé cuánto falta para la próxima moneda, la siguiente cisura, donde una muerte como siempre espera mi extraña sonrisa, la que por hábito guardo para más tarde, la que nadie conoce.
No te puedo pensar, hijo mío, cómo he de hacerlo, si a nada te pareces, si llevo los ruidos del hombre sangrando en mis piernas, y anda un martillo de carne tediosa, de rabia sin dueño, morando en la silla de mi espalda, si en cuerpo entero me duele genéticamente la cordura y quisiera ser necio pies adentro, cabeza en el asombro de quien no escucha los golpes que atraviesan la acumulación, el bulto en que he crecido.
Yo. Mi hueco permanente y algo desarmado. Cuando pienso en tu nombre, me nacen tres migajas de rubia voz. Y una sonata olor a vino. Y da risa tanto poniente que me asoma.
Hay un dolor de huecos por el aire sin gente, hay una lámpara que la sombra inclina, encima de las cabezas conminadas por el sórdido plumaje del aire, lejos de la piedad, ante la guillotina y su esplendor de muerte, con el público ladrido en las sienes y la mordida en la vena galopante.
Que la dura semilla no proyecte el corazón contra la nada que me invento. La estrella de agua y cielo escaso puede vencer el nudo, pero no el torrente inconmovible de la sangre. Es la sordina clavada en el labio, la que proyecta a tres gritos de distancia el mutismo.
Céfiro de mí, la vela hiende su cabecear donde me estoy demorado, desde el ojo a la defunción del párpado, a la poca luz, esa náusea de mantenerme erguido, mi apacible náusea.
Más allá de la orilla y el desgastado aliento, hay una mano que asume la danza de todos los cuerpos, espacio de fatiga y nieve que me recuerda la garza cayendo en el alto hueco donde la gente duerme sin dolor, sin espanto, donde todos pasan y se apagan.
He visto que las cosas cuando buscan su curso encuentran su vacío, rompen con su salitre de ocho horas los pechos agonizantes (es muy temprano para violencia y vencejo, pero estamos acumulados).
Ya no hay tiempo para humanizar estas paredes apuntaladas por el musgo. La humedad que sangra y se desliza es un modo de conducir las cosas a lo torcido, al desfiladero que se anuncia cada vez más trepidante (ha comenzado el número de la demencia pero no vemos su veneno).
Aquí el hombre no cree en su fisura, pero la pronuncia, sostiene su gesto sin rumbo, repite la farsa con su tic de astucia y plata, no conoce el amor ―mi leve copa ennegrecida― y reúne la multitud a esa hora que tanto nos gusta, para sostener la flor seca y el pergamino de lo absurdo. Agitar el brazo tatuado hasta el dolor (sé que todo está roto, pero el atardecido discurso debe nombrarse).
Alguien con el número de roca punzante y algunos alfileres oscuros, nos ha cocido la barbilla al pecho, nos ha servido tierra fresca en las manos y en la sangre coagulada del ojo izquierdo. Si descoso mi barbilla, si muestro mi cuello apagado y reciente, si sacudo la tierra que seca mis manos frías y grito sobre mi nombre triste alguna que otra quemadura, si me azoto definitivamente, continuaré insistiendo en la llaga infinita.
Era la gran reunión de los animales muertos, era la manada con su polvo quemante, sus piernas de cabra, sus plumas bajo la lengua y el sexo, la gran masa claveteada en el fango, el látigo hundiéndose, colmándose en la danza ecuestre.
(Yo hubiera entregado el zapato sin ruido, hacia la mole pedregosa mi mortaja, la quinta verdad burbujeante. Pero me he detenido a llover sobre el mármol como si entregara la risa en cierta paz del llanto. He servido el sudor donde creo importante anunciar el vaso que lo nombra. He dejado el recuerdo y su emoción tardía ―mi rostro teñido por el humo salvaje, cabalgadura, impronta, mímesis. He dibujado en mi arruga un pececillo misterioso, que boquea en la milla del ojo, desconociendo las imágenes, sí la náusea extrema.) La verdadera náusea.
Era la gran reunión, el grande concierto humano, que dejó la sombra y una sábana fría en mi silencio, trazó la fauna encenizada donde corren el conejo, la gacela mordida, y los gorriones se espantan con el susto trepándoles el trino.
Era el lugar donde aún las sierpes reptan para encontrar sus bocas aliviadas.
Odian la flecha sin cuerpo, el pañuelo exacto de la despedida. Por eso me he sentado, sano de muerte, en el rincón inhóspito de la cerbatana, dispuesto a comprender el lado izquierdo del veneno que me han de inocular como una mancha de saliva, un hueco sucio, un gramo de voces quemadas. Entre dos costillas de miseria he colocado la inmensa diana y algunas velas para medir el tiempo de cada muerte.
Mi cuerpo ha comenzado a tronar la danza del disparo que se hará bosta de luz amarga a la vuelta de la ceniza. A Ustedes que leen del fango el sapo aterido y no la flor que se nutre de la sombra, les dedico un minuto de silencio oscuro, mi paciencia, que ha sido el canto de sus linternas rotas.
Quiero la belleza después del golpe, quiero el mazazo limpio a dos pulmones. El abanico del dolor será la muchedumbre más preciada.
Entre las formas que van hacia la sierpe y las formas que buscan el cristal, mi cuerpo se violenta hacia el lado más oscuro.
A mitad de la campana, con el hueso de luz aún por descifrar, anotan el miedo con mi nombre, sin importarles la cadencia del último latido, el fragmento de mí que insiste en la sonrisa.
Puedo reconocerme, callar para dibujar mi sombra ―al menos la parte cierta de mi sombra. Puedo entenderles esa manera de habitar en la violencia, el dis―curso de la forma pura. Puedo perdonarles, después del caos y la herrumbre, un breve niño en la memoria, un plato de sangre y dos o tres burbujas. Después de la pátina y su manta de olvido, en mi ojo de siempre, una sucia pelota sin parque, rebotando, rebotando, rebotando.
Cuando se hundieron las formas puras levanté la eterna copa para salvarme. Y me faltó un milímetro del aire escanciado. Y la mosca de lo insólito se posó en mi mano después del tremor. Y apresuré el vacío que en mí acumulaban los oradores como un ámbar sediento, un atropello de lenta comisura.
Avancé luego un tramo de asfalto con los pies descalzos y el olor a sentencia. En la secreta noche donde descansan los animales de la cordura, callé como siempre me hacen callar, lancé mi derrota contra la cuartilla del desencanto.
Quedaron la sonrisa y su media figura abstracta, la que habitamos por costumbre, por desovar continuamente lo enfermizo.
La copa pudo haber sido la libertad (dar un paso y repetir la extraña volición), mi pequeña y solitaria libertad. Pero el hombre es un pabilo de silencio dispuesto a cruzar la noche por el centro de su ceniza.
ESTACIONES DEL LLANTO
Primera estación
He equivocado el reino donde habita el hombre: vendrán las cuatro lluviosas paredes a callar mi palabra. Quizás pueda llorar un rato sin comprender que alguien me está velando el pulso lento, la curvatura de mis sueños. Los muertos sé que acomodan una espiral de locura, a veces tan densa, y re―pasan el brazo por la espalda como alivio del llanto que no deja de pesar en los ojos su sal remota. He dejado de creer, me he equivocado en tanta dolorosa piedra, la que ato al cuello, a las manos que no entienden el sitio del reposo, porque Ustedes detonan el silencio sin comprender aún la belleza, llevan al fondo la existencia como si el dolor bebiera la paz del hueso en único sorbo. Mi paciencia flota en la estrujada superficie de un rostro sin importancia.
Segunda estación
He equivocado el aire, he puesto cada zona del cuerpo a pensar la manera de un antojo. No hay acuerdo unánime que reúna la piel con tanta perfección demente. El aire no es el mismo cuando el muerto cruza la espalda con su brazo indefinido, y me charla, y me trastoca el llanto con la risa de caer, fragmentado, en una sombra que no escucha el ruego de la luz ni me comprende. He dejado el límite detrás, he equivocado el ser, no presiento el día como antes una mansión que el tiempo iluminaba. La muerte puede tener mi sombra, puede esconderse en el oído que traduce la palabra equivocada. He equivocado tanta dolorosa vida, que ya no duele pensarla.
Tercera estación
No dejan que llore el llanto que prefiero. Ustedes esperan mi sonrisa demorada, el retorno a la mentira que alguien dibujó en el ojo, cuando la verdad era una lanza sellada en mi costado. El fracaso es mi continuación de vida. La palabra me va llevando a la intemperie donde reposaré hasta que los brazos oscurezcan su memoria. Mi cuerpo grita su memoria. He descubierto un presente acorralado. La energía de la palabra lleva atadura silenciosa, cristal sucio, violencia, moneda de rostro imperceptible. He equivocado tanta maldita fiesta. Me culpan la verdad de un ser lejano y enfermo, que tira de mí como juguete sin cabeza. El fracaso a ambos lados de la materia.
Cuarta estación de un llanto que nos une
Han golpeado la finísima punta del alma. Desorden transitorio, despedida que llevamos como escasa fruta hace ya tanta abundancia de tristezas. Es la historia una fuga hacia el grito inevitable, un lazo que nos invita al tremor de las paredes, a su vecindad de insoportable roce. Nos espera el caos, la sentencia, la ingravidez de la raza humana, allí donde solíamos ser un habitante, sin oportunidades ni anticuerpos, junto a la estancia fundada por la miseria. Hemos cometido la alegría de soñar en este tiempo apenas conservado. Padece la llovizna que antes endulzaba el oído, cuando reíamos en esa edad de la sonrisa más amplia. Qué dirán después de haber corrido tanta sal de sombra en la mejilla. Mi voz no contrapone la voz disuelta: nos han golpeado y aún no reconocen las heridas.