Apariencias |
  en  
Hoy es domingo, 8 de diciembre de 2019; 12:08 AM | Actualizado: 06 de diciembre de 2019
Búsqueda de artículos
título
autor
Artículos en esta sección: 312 | ver otros artículos en esta sección »
Página

Poesía de José Agustín Quintero

Roberto Manzano  , 07 de julio de 2015

La poesía de José Agustín Quintero caracterizó la presencia romántica de la balada, asumida de una manera peculiar, en la poesía cubana. Puso al servicio de la causa independentista sus dotes de creador, su fina sensibilidad para el relato alegórico de carácter civil, su imaginación compositiva, que sabía estructurar atractivamente sus esbozos épico-líricos.

Algunas de sus composiciones, como las que aquí se ofrecen al lector, constituyen piezas notables del patrimonio cultural cubano. La vehemencia de los sentimientos, el entusiasmo en la enunciación, la distribución de las ideas para el ritmo y el énfasis discursivo, son atributos de su conseguido lenguaje poético.

                                                                                                                                                                                  Roberto Manzano

José Agustín Quintero (La Habana, 6. 5. 1829-Nueva Orleans, Estados Unidos, 7. 9. 1885). De acomodada familia, se educó en el colegio San Cristóbal, donde fue discípulo de Luz y Caballero. Cursó estudios de derecho en la Universidad de Harvard. Allí cultivó la amistad de Longfellow y Emerson. Se doctoró en la Universidad de La Habana. A su regreso a Cuba en 1848 fue encarcelado con Cirilo Villaverde y otros patriotas y sentenciado a muerte, pero logró evadirse y partir hacia Estados Unidos. Allí fue notario y cónsul de Bélgica y Costa Rica. Amigo del presidente Davies, combatió al lado de los confederados; combatió además en los ejércitos de Juárez, en México. Se ve obligado a abandonar de nuevo y para siempre su país al estallar la revolución en 1868. Fue director de La Ilustración Americana y El Ranchero (Texas, Estados Unidos) y redactor de El Picayune (Nueva Orleans). Colaboró en muchas publicaciones habaneras. Junto a Zenea, Santacilia, Teurbe Tolón, Turla y Castellón figuró en el poemario El laúd del desterrado (Nueva York, Imprenta de La Revolución, 1858). También publicó poesías en la Corona fúnebre consagrada a la memoria de Manuel Quibus por sus amigos (1851). En 1852 escribió con Juan Clemente Zenea la leyenda en verso La azucena del valle. El manuscrito de su Lyric poetry in Cuba se conserva en la Biblioteca Pública de Boston. Tradujo del alemán y del inglés. Su obra se encuentra dispersa en las publicaciones en que colaboró. Usó el seudónimo Fernando de Monclava.


¡ADELANTE!

Dios le dijo a la luz con voz sonora:
¡Adelante! ¡Adelante!
Movió el tiempo su rueda giradora
Y un sol tras otro sol, y hora tras hora,
Su marcha comenzaron incesante.

Los arroyos, los ríos y las fuentes,
Con eco murmurante
Desataron sus límpidas corrientes,
Y las nubes y vientos prepotentes
Gritaron: ¡Adelante!

Las montañas se alzaron altaneras
Con majestad triunfante,
Su penacho elevaron las palmeras
Y su vuelo las águilas ligeras.
¡Adelante! ¡Adelante!

Al ánima del hombre el mismo acento
Le dijo resonante:
Corta el altivo cedro corpulento,
Doma del mar el ímpetu violento,
¡Adelante! ¡Adelante!

Ve, saca el mármol y con noble anhelo
Toma el cincel cortante...
Cúpulas y columnas desde el suelo
Alzáronse soberbias hasta el cielo.
¡Adelante! ¡Adelante!

Del cometa la marcha misteriosa
Ve y descubre constante.
Arrebata a la nube tenebrosa
El rayo de explosión estrepitante.
¡Adelante! ¡Adelante!

El hombre oyó la celestial llamada
De emoción palpitante,
Y en base inmensa la dejó grabada
Con dócil pluma o vengadora espada.
¡Adelante! ¡Adelante!

Los sabios en las aulas proclamaron
El principio triunfante,
La razón y la gloria se hermanaron
Y las artes y ciencias exclamaron:
¡Adelante! ¡Adelante!

Despierta, ¡oh Cuba! Tras tormenta fiera
Asoma el sol radiante.
¡Esperanza y valor! Oprobio fuera
No llevar por divisa en tu bandera:
¡Adelante! ¡Adelante!



POESÍA

—¿Qué trabajas, herrero? —¡Una cadena!
—¡Cadena que tal vez lleve un hermano!
—¿Dónde vas, pescador? —La mar serena
Mi red de hermosos peces verá llena...
—Ve, tráelos al banquete del tirano.

—¿Qué aras, labrador? —La tierra dura
Donde florecen el café y la caña.
—¡Vana tu industria, tu afanar locura!
Para ti es la fatiga y la amargura,
¡El oro y las cosechas son de España!

—¿Qué corta, leñador, tu hacha pesada?
—¡Árboles de vigor y pompa llenos!
—Detente, que la patria está enlutada;
¡A cada golpe de tu mano osada
Hay un cadalso más y un árbol menos!

—Di, ¿qué meces, mujer, en esa cuna?
—¡Un niño! En él mis ojos siempre clavo.
—Pese, oh madre infeliz, a tu fortuna
Desvelada te encuentran sol y luna
Y al fin le das al déspota otro esclavo.



A MISS LYDIA ROBBINS

Ayer huí de mi país querido
Y al suspender el ancla el marinero
Se despertó mi corazón dormido
Con el grito de leva lastimero.

La onda amarga rompió veloz la quilla
Y en la línea miré del horizonte
Que se nublaba mi natal orilla
Y la empinada cumbre de su monte.

Entonces la opresión me perseguía,
De mis playas volaba a tu ribera,
Y orgullosa y feliz me protegía
De Washington y Jackson la bandera.

Con sublime emoción, con pena grave,
Alta la frente y encendido el seno,
Iba yo junto al mástil de mi nave
Saludando el Atlántico sereno!

Hoy heme aquí, ¡por fin! Despedazados
Mis miembros por el hierro y las cadenas,
Pálido, con los pies ensangrentados,
De libertad hollando las arenas.

Sobre el bastón me apoyo del viajero
Y recuerdo a la sombra del manzano
De la palma fantástica el plumero,
¡Y el pendón de mi plátano cubano!

¡Oh Lydia!, ¡dulce Lydia!, si tú vieras
Nuestro mango frondoso, el tamarindo,
Nuestros espesos bosques de palmeras
Y de sus aves el plumaje lindo.

Si vieras nuestro cielo azul, fulgente,
Que entre nubes de ópalo se ríe,
Y el jazmín del cafeto que al ambiente
Perfume de ámbar lánguido deslíe.

Si escucharas después de un aguacero
Del sol del Siboney al rayo tibio
Gemir sobre el naranjo el sabanero
Y cantar melancólico el solibio.

Oh, si tú vieras en mi edén risueño
De una criolla hurí la trenza negra,
Que si cual manto cúbrela en el sueño
Como diadema en el festín la alegra.

Y si escucharas su amoroso acento
Que se introduce armónico en las almas
Comprendieras la pena que yo siento
Por mi tierra de arroyos y de palmas.

Quedaras entre amores extasiada
Contemplando su encanto y su hermosura,
Como fuente que pasa sosegada
Y copia en su corriente a la natura.

¡Oh Lydia!, ¡dulce Lydia! El viento helado
Aquí con filo rápido me hiere,
Gozo la libertad que había anhelado,
Pero mi triste corazón se muere.

Por eso melancólico te miro
Cuando clavas en mí tus grandes ojos,
Y devuelvo de angustias un suspiro
A la sonrisa de tus labios rojos.

Y hoy que abandonas nuestro bosque verde,
Y estrecho, ¡ay Dios!, tu mano entre la mía,
Sangre brotando el corazón, me muerde
Angustia doble en soledad sombría.

¡Oh quiera Dios que con el rifle al hombro
Pronto salude el sol del campamento
Y al verdugo español infunda asombro
La azul bandera desplegada al viento!

Si entonces una bala envilecida
Viene cual rayo y la existencia pierdo,
Sólo por la ancha boca de la herida
Podrá escaparse, ¡oh Lydia!, tu recuerdo.



EL TIRO

—¡Soldado!, tu fusil certero apunta
Y que el tiro mortal parta derecho
A la joya o estrella reluciente
Que el insurrecto aquel lleva en el pecho.

—¡Oh, capitán! El encendido plomo
Del firme brazo es mensajero cierto...
Retumbó el tiro y súbito el rebelde
De su corcel fogoso cayó muerto.

—¡Bien!, ¡bravo!, ¡bravo! Corre a la maleza
Que el astro hermoso de la noche alumbra
Y recoge la prenda que a sus rayos
Como un diamante fúlgido relumbra.

—Llegué al lugar; retrocedí espantado
Al ver del muerto el pálido semblante,
Porque de tal manera se parece,
Que a vos imaginé tener delante.

Mas os traigo la prenda... un relicario
Que tocó apenas la homicida bala,
Sin que el retrato de una dama hiriera,
A quien ni un ángel en belleza iguala.

—Dámele, que un fatal presentimiento
Me turba el corazón... tiembla mi mano...
La conozco... ¡infeliz! ¡Ella es la esposa
Del rebelde que has muerto...! ¡Él es mi hermano!


Editado por: Maytee García