Apariencias |
  en  
Hoy es domingo, 8 de diciembre de 2019; 1:31 PM | Actualizado: 06 de diciembre de 2019
Búsqueda de artículos
título
autor
Artículos en esta sección: 526 | ver otros artículos en esta sección »
Página

Respecto a Misa para un ángel

Ricardo López Lorente, 04 de agosto de 2015

Un alma que en ciertos momentos personifica a la piel de la vida es un nombre delimitado por una fuerza exterior. Y el canto o la enunciación de este canto perfila un camino dispuesto entre “el  estar ahí” y la distancia que el  tiempo multiplica sobre la “vivencia”. Ciertamente, La Habana de 1970 ha sufrido (sufre) de metamorfosis, y lo que pudiera parecer  rebelde y estoico se dilata, surgiendo el sabor del apagamiento. El testimonio (en tanto, es necesario) ubica intrínseco la parcialidad, ocultando, quizá, datos que pudieran aportar esa presencia del “otro” (lector) ante este enunciar constante de crímenes cometidos.

El “mundo” gay de La Habana, enjuiciado, separado, casi estrangulado, pasó por las manos de Reinaldo Arenas exponiéndolo drástico ante el  público bajo una astucia ficcional. Este recorrido que es Misa para un ángel, de Tomás F. Robaina (Unión, 2010) escoge a la figura de Arenas para recrear un llamado espiritual, y así de paso, recordar  los  avatares  que  sorteaban  aquellos  “ideológicamente  dispersos”, “aquejados  de tendencias  burguesas”,  en  su  existir  en  Cuba. Los  acontecimientos  (no  siempre completamente expuestos) desde diversos puntos, construyen la verosimilitud del hecho en sí, pero no intentan abrir esa “herida” o “hacer justicia” o el reclamo permisible ante esa historia que los dejaba fuera, al margen.

El tono testimonial  que consigue el  autor de  Misa…,  partiendo desde el dialogar de la epístola, por momentos sobrecoge y hace partícipe, en otros, la distancia de la bipolaridad de una conversación logra que el testigo parezca eso: un testigo.

Media  aquí,  en  la  Misa  “no  hecha  aún”  –a  mí  entender–  tres  personajes fundamentales (el dialogante, la Voz y el Sueño) y un relato ("El asesino"), que se mezclan,  coinciden,  y adicionan fuerza a la presencia de Arenas en el  ámbito cultural  cubano.  Desmitifica, en el  diálogo, esa emulsión supuesta del  alma;  bajo el  influjo ubicuo el oficiante de esta misa no requiere de la visita de elementos cardinales para el acto, solo, y es una cuestión extraña, de los aromas, la luz, la plegaria, bases para ese encuentro entre  “el  más  allá”  y  “el  más  acá”,  para  esa  necesaria  presencia  del  cuerpo “fantasmagórico”.

El primer actor (el dialogante) se encuentra sobre los contornos del  soliquio, solo basta, una hoja y un lápiz en ese instante, y logra cierta “comunicación”, pero solo con su recuerdo, que retrae desde la edificación que hacemos del carácter de ciertas personas en cierto momento,  otro “encuentro”:  seres casi  olvidados que confluyen en el  causal  manifiesto al sintonizar la re-visitación de la figura “desacreditada”. Se personan así, en vilo, en la corporeidad de la remembranza.

La Voz aparece adjunta a la dispersión de distintos que en noble acierto aportan a este “recorrido” posiciones (disfrazadas o no) para el término certero de lo anunciado. Cada una congenia, meditando sobre su interacción con el escritor, la persona y leyenda de  Reinaldo  Arenas.  Entonces  se  visibiliza  el  acto  competente  de  la  investigación, refinando el  carácter (no siempre desde la defensa) “unificado” de la impresión que puede dejar sobre disímiles personas todo acto vivo.

El Sueño es la unión recíproca, no sale de esas fronteras. Lo onírico “alucinante” se disemina por  todo el  cuerpo del  libro y a veces enfrenta al  despertar,  puesto que “desangra” el ejercicio de la influencia. El Sueño maltrata y lacera, comportándose como un cuerpo más, un ente que habita la realidad inmediata y precisa el punto de partida,  el  paisaje,  la  llegada.  El  Sueño  que  manifiesta  aquí,  a  veces  tiende  a  parecer  una construcción raída entre imágenes de la experiencia, con una volatilidad por relámpagos,  poética.  El  Sueño de quién dialoga encuentra  la poesía en la figura  interviniente de Reinaldo Arenas.

En medio de este destino manifiesto, «El Asesino» es un meta-relato (una aventurilla,  en cuanto al  texto) redondo, violento y eficaz, quizá el atractivo central  del  texto, como una reafirmación de quién escribe. Se encuentra en «El Asesino», un dispositivo capaz de diseccionar el encuentro con la literatura  “gay”;  la consecuente permanencia de este entregado texto rivaliza con buena parte de lo que a continuación se “declara” en Misa…: no se atisba el humo que oculta, puesto que queda excelentemente inferida toda la carga sexual de una “cacería”, y se desplaza, en un deslizamiento consonante, esa negación del acto homosexual, teniendo como término el homicidio “sin culpables ante la justicia”.

Como un viento que termina frente a la Gioconda, Tomás (dialogante)  hace la ultima pesquisa de los tantos obstáculos que presentó Arenas (en vida y muerte), donde la enigmática sonrisa le devuelve las quejas “finales”. Susurra al oído de Tomás, en "Autoepitafio" (Reinaldo Arenas): «Mal  poeta enamorado de la luna/…/ No ha perdido la costumbre de soñar, / espera que en sus aguas se zambulla algún adolescente».