Respecto a Misa para un ángel
Un alma que en ciertos momentos personifica a la piel de la vida es un nombre delimitado por una fuerza exterior. Y el canto o la enunciación de este canto perfila un camino dispuesto entre “el estar ahí” y la distancia que el tiempo multiplica sobre la “vivencia”. Ciertamente, La Habana de 1970 ha sufrido (sufre) de metamorfosis, y lo que pudiera parecer rebelde y estoico se dilata, surgiendo el sabor del apagamiento. El testimonio (en tanto, es necesario) ubica intrínseco la parcialidad, ocultando, quizá, datos que pudieran aportar esa presencia del “otro” (lector) ante este enunciar constante de crímenes cometidos.
El “mundo” gay de La Habana, enjuiciado, separado, casi estrangulado, pasó por las manos de Reinaldo Arenas exponiéndolo drástico ante el público bajo una astucia ficcional. Este recorrido que es Misa para un ángel, de Tomás F. Robaina (Unión, 2010) escoge a la figura de Arenas para recrear un llamado espiritual, y así de paso, recordar los avatares que sorteaban aquellos “ideológicamente dispersos”, “aquejados de tendencias burguesas”, en su existir en Cuba. Los acontecimientos (no siempre completamente expuestos) desde diversos puntos, construyen la verosimilitud del hecho en sí, pero no intentan abrir esa “herida” o “hacer justicia” o el reclamo permisible ante esa historia que los dejaba fuera, al margen.
El tono testimonial que consigue el autor de Misa…, partiendo desde el dialogar de la epístola, por momentos sobrecoge y hace partícipe, en otros, la distancia de la bipolaridad de una conversación logra que el testigo parezca eso: un testigo.
Media aquí, en la Misa “no hecha aún” –a mí entender– tres personajes fundamentales (el dialogante, la Voz y el Sueño) y un relato ("El asesino"), que se mezclan, coinciden, y adicionan fuerza a la presencia de Arenas en el ámbito cultural cubano. Desmitifica, en el diálogo, esa emulsión supuesta del alma; bajo el influjo ubicuo el oficiante de esta misa no requiere de la visita de elementos cardinales para el acto, solo, y es una cuestión extraña, de los aromas, la luz, la plegaria, bases para ese encuentro entre “el más allá” y “el más acá”, para esa necesaria presencia del cuerpo “fantasmagórico”.
El primer actor (el dialogante) se encuentra sobre los contornos del soliquio, solo basta, una hoja y un lápiz en ese instante, y logra cierta “comunicación”, pero solo con su recuerdo, que retrae desde la edificación que hacemos del carácter de ciertas personas en cierto momento, otro “encuentro”: seres casi olvidados que confluyen en el causal manifiesto al sintonizar la re-visitación de la figura “desacreditada”. Se personan así, en vilo, en la corporeidad de la remembranza.
La Voz aparece adjunta a la dispersión de distintos que en noble acierto aportan a este “recorrido” posiciones (disfrazadas o no) para el término certero de lo anunciado. Cada una congenia, meditando sobre su interacción con el escritor, la persona y leyenda de Reinaldo Arenas. Entonces se visibiliza el acto competente de la investigación, refinando el carácter (no siempre desde la defensa) “unificado” de la impresión que puede dejar sobre disímiles personas todo acto vivo.
El Sueño es la unión recíproca, no sale de esas fronteras. Lo onírico “alucinante” se disemina por todo el cuerpo del libro y a veces enfrenta al despertar, puesto que “desangra” el ejercicio de la influencia. El Sueño maltrata y lacera, comportándose como un cuerpo más, un ente que habita la realidad inmediata y precisa el punto de partida, el paisaje, la llegada. El Sueño que manifiesta aquí, a veces tiende a parecer una construcción raída entre imágenes de la experiencia, con una volatilidad por relámpagos, poética. El Sueño de quién dialoga encuentra la poesía en la figura interviniente de Reinaldo Arenas.
En medio de este destino manifiesto, «El Asesino» es un meta-relato (una aventurilla, en cuanto al texto) redondo, violento y eficaz, quizá el atractivo central del texto, como una reafirmación de quién escribe. Se encuentra en «El Asesino», un dispositivo capaz de diseccionar el encuentro con la literatura “gay”; la consecuente permanencia de este entregado texto rivaliza con buena parte de lo que a continuación se “declara” en Misa…: no se atisba el humo que oculta, puesto que queda excelentemente inferida toda la carga sexual de una “cacería”, y se desplaza, en un deslizamiento consonante, esa negación del acto homosexual, teniendo como término el homicidio “sin culpables ante la justicia”.
Como un viento que termina frente a la Gioconda, Tomás (dialogante) hace la ultima pesquisa de los tantos obstáculos que presentó Arenas (en vida y muerte), donde la enigmática sonrisa le devuelve las quejas “finales”. Susurra al oído de Tomás, en "Autoepitafio" (Reinaldo Arenas): «Mal poeta enamorado de la luna/…/ No ha perdido la costumbre de soñar, / espera que en sus aguas se zambulla algún adolescente».