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Poesía de Waldo Leyva

Roberto Manzano, 02 de septiembre de 2015

Una de las creaciones más notables de los últimos cincuenta años es, sin lugar a dudas, la poesía alzada por Waldo Leyva contra las infatigables disolvencias del tiempo como corrosión de la memoria y el sueño. Extraído su aliento del azaroso vivir, mirando hacia lo ido por la misma necesidad de lanzar la mirada hacia delante, su verso se pregunta continuamente en qué consiste estar y suceder como criatura de lo real en lo íntimo y en lo social. Precisamente en estos nudos de angustia, tan proclives a la síntesis lírica, alcanza el poeta sus notas más depuradas y auténticas.

Habiendo partido de la impronta coloquial, y recuperado con mucha productividad la música y dicción de lo asociativo natural, herencia insoslayable de su origen telúrico, el poeta ha arribado, desde hace considerable tiempo, a una madurez instrumental que le permite desplegar con brillantez sus principales corrientes de conciencia y perspectiva humana. En sus versos se palpa la rapsodia de vivir, la preocupación ontológica por el destino, el reajuste continuo frente a las ácidas contingencias del olvido, la historia y la muerte. Waldo Leyva ha compuesto piezas de tan elevada jerarquía artística y humana que no pueden faltar en ningún florilegio justo de la poesía de Cuba.

                                                                                                                 Roberto Manzano
 

Waldo Leyva (Remedios, Villa Clara, 1943). Poeta, narrador, ensayista, promotor cultural, profesor universitario, periodista y actor, ha publicado los siguientes libros de poemas: De la ciudad y sus héroes (1974), Desde el Este de Angola (1976), Con mucha piel de gente (1983), El polvo de los caminos (1984), Diálogo de uno (1990), El rasguño en la piedra (1995), Memoria del porvenir (1999), El Dardo y la manzana  (2000), La distancia y el tiempo (2002-2006), Perdono al porvenir (2004), Ocultas claves para la memoria (2005-2006), Agradezco la noche (2006), De la máscara y la voz (2006). Ha sido incluido en diversas antologías de poesía cubana e hispanoamericana y traducido a varias lenguas.


AGRADEZCO LA NOCHE


Aquí estoy, nuevamente amanecido,
dispuesto a soportar hasta que vuelva
la noche irremediable.
Cuento los días y me resulta eterno
el tiempo que me separa
del silencio sin ruido.

Estoy como en un pozo
pero viendo la luz solo en el agua.

En un sitio del mundo
comenzará otra guerra
y vencerán los muertos a los muertos.

De aquello que fue el rostro del amigo
queda sólo una mancha, un tatuaje
dejado por la máscara en la piel.

¿Quién le cortó los hilos a la rueca?
¿Quién me dejó sin calle, sin laguna,
solo con una puerta hacia la infancia,
hacia el agua del pozo?

Aquí estoy, nuevamente amanecido,
ha sonado el teléfono,
comienza la ciudad su ruido informe,
y siguen los semáforos en rojo.



LOS SIGNOS DEL COMIENZO


¿Soy el que grita desde la soledad?

La lluvia convierte en río la ladera del monte.

El agua quiere descubrir la roca del origen,
mostrar la aridez de la montaña,
borrar su fertilidad fingida.

¿Mi grito viene desde esas soledades?

Sobre la piedra limpia no hay gérmenes
ni es posible el vuelo de los pájaros.



LO OSCURO PERDERÁ EN ESTA PORFÍA

Estoy en un baile extraño
de polaina y casaquín
que dan, del año hacia el fin,
los cazadores del año.
                      
José Martí

1
Este tiempo en el que vivo,
no es el tiempo que soñé,
el porvenir que busqué
tiene un horizonte esquivo.
A veces, cuando recibo
el júbilo de otro año,
tengo la impresión que engaño,
que estoy haciendo otra apuesta,
porque esta ya no es mi fiesta,
estoy en un baile extraño.

2
Con mi más humilde traje
salí a buscar el futuro
sin sospechar que este muro
estaba al final del viaje.
Ahora busco en mi equipaje
y es inútil el trajín,
nada me resulta afín
entre el sueño y la ocasión,
y he de entrar en el salón
de polaina y casaquín.

3
Sé bien que aunque lleve puesto
un falso atuendo de gala,
soy yo quien entro a la sala.
Nadie ignora que detesto
el traje que se me ha impuesto,
y que junto el figurín
que finge oír el violín
para no escuchar la orquesta
estoy yo, que odio esta fiesta
que dan del año hacia el fin.

4
No sé si podré algún día
vencer la altura del muro
pero sí sé que lo oscuro
perderá en esta porfía.
Mientras, en la poesía,
mis cicatrices restaño.
Finjo que asumo el engaño
de este juego torpe y burdo
que ofrecen, desde el absurdo,
los cazadores del año.



DADOS


Alguien puso los dados
en mi mano
y espera que los lance;
confía que un golpe de suerte
lo pondrá frente a frente con su espejo.

Yo no pedí los dados,
ignoro el signo de las cifras,
desconozco los múltiples rostros del azar:
dos cubos rodando sobre un tapete verde
indicando el guarismo de la muerte.

El que puso los dados en mis manos,
venga por ellos.
Los echaré a rodar, pero hacia arriba.



EL SONIDO SIN FONDO DE LA PUERTA


Vuelve a llamar. Toca de nuevo la madera remota de esa puerta. Nadie está en casa. Los últimos habitantes partieron al amanecer de un día, al que tú no has llegado. Vuelve a tocar. Tú no buscas a nadie, sólo necesitas el sonido sin fondo de la puerta, la esperanza de una voz que responda, que justifique el origen de la memoria para poder partir. Hay otra puerta abierta. Los muertos dejan allí vasos de agua, flores que no han nacido todavía. Pero tú evitas ese umbral sospechoso. Sabes que si lo cruzas volverás a ser niño, y ya no te alcanzarán las fuerzas para llegar hasta donde estás ahora, tocando a la puerta de una casa que ni siquiera desconoces, con la esperanza de una voz que te deje partir a ningún sitio.

                                                                                                                                    agosto 1995



LA DISTANCIA Y EL TIEMPO


Tú estás en el portal, apenas has nacido
caminas hacia el mar y cuando llegas
tienes el pelo blanco y la mirada torpe.

Desde la costa se ven las tejas rojas de la casa.

Si quieres regresar, ya no es posible;
a medida que avanzas se borran los caminos.

Tu camisa de niño aún está húmeda
y veleta de abril en el cordel
indica para siempre la dirección del viento.

Qué gastadas las uñas,
qué frágil la memoria,
qué viejo tu zapato por la arena.

                                             octubre 1995



EL DARDO Y LA MANZANA


Soy un hombre detenido en la línea sin origen
ni fin de una saeta.

Sin mí, sin la referencia que soy,
nadie hubiera encontrado el viento roto,
el paisaje escindido,
la huella aguda y misteriosa de la madera.

¿Dónde está el blanco que persigue la flecha?
¿Quién tensa el arco?
¿Qué mano laboriosa modeló este venablo?

El dardo es una excusa entre el veneno y la manzana.



LA PALABRA Y EL ESPEJO


Estoy frente a ti, como tu espejo.
Tú estás frente a mí, repitiendo mi cara.
Al fondo de nosotros tu imagen y la mía
se vuelven sucesivas.

Como yo tengo la palabra,
tú estarás siempre de espalda a lo que miro,
ignorando que ese punto donde se funden
nuestros rostros es para mí el porvenir lejano
y el pasado remoto para ti.

Si tú hablaras,
si la sombra que eres pudiera dejar constancia
de que existe,
yo sería entonces la imagen sin futuro,
caminando de espalda hacia el origen.



OTRO DÍA DEL MUNDO

                                  A Patricio, mi abuelo

Ya no sé si es mi abuelo el que no está
o si alguien ha borrado los caminos,
sólo sé que aún existen peregrinos
que van por esos rumbos. No será

que todo sigue igual, que volverá,
que otra vez sus jolongos matutinos
anunciarán primero que los trinos
otro día del mundo. ¿Se podrá

volver de nuevo al tiempo que se fue?
Cuando yo sea abuelo de mi abuelo,
cuando empiece otra vuelta de la noria,

¿alguien irá a buscarme donde esté,
grabará en el poema su desvelo,
tendrá realmente el porvenir memoria?



MONÓLOGO FINAL


La oscuridad tiene tu olor,
mi olor,
y ese otro perfume
que nace de la piel
cuando se juntan nuestros cuerpos.

Cierra los ojos.
Toca mi cara.
Tus dedos borrarán la sombra,
no importa que sea de noche,
no importa que desconozcas
el rostro que tendré al amanecer.
Cada segundo puede ser toda la vida.

Mañana mi piel estará seca,
o deshecha en el aire
o será un verde germinal, un rojo efímero;
pero ahora las yemas de tus dedos
tienen toda la luz.

Perdono al porvenir.

Las trampas que he tendido
tienen la misma inocencia
del juego de la alquimia.
Para el hombre no existe otro destino
que el manantial inédito.

Toca mi rostro,
sálvalo en la memoria de tus manos.



FRENTE A LA NOCHE INICIAL


Hoy es martes,
otro martes de mayo,
el último martes de este mes que se acaba
en un año que tiene mucha prisa.

Estamos en los días postreros del milenio,
al final del último siglo de esta era
y tenemos las mismas preguntas
que nuestros abuelos,
las mismas que se hizo
frente a la noche inicial
—bajo estrellas ignoradas aún—
el primer hombre que interrogó al futuro.
Con las mismas palabras
que sirvieron de epitafio
a siglos anteriores
se define este siglo que termina:
un siglo que apenas ha existido.

Detrás de las bombas inteligentes de hoy
sigue estando la piedra
y la aguda madera envenenada.
La palabra ha llegado al extremo
de la perfección
pero en lo más recóndito de la lengua
está el gruñido, la primera caverna
el sabor de la sangre sometida.

¿Y para el día de mañana,
para el miércoles próximo,
para los mayos sucesivos,
habrá alguna respuesta?
¿Podré estar yo, frente a la noche
del porvenir,
bajo estrellas ignoradas aún,
escribiendo un poema de amor,
descubriendo, en el corazón de la piedra,
el origen del agua,
oliendo en la aguda punta de los robles
el inicio de la primavera?

Sólo sé que hoy es martes
el último martes de este mes que termina
en un siglo que tuvo mucha prisa.



EL SITIO DONDE ME DETUVE


Si abro esta puerta, saldré al patio trasero de otra casa. Si traspaso el umbral, regresaré a una noche de 1948, y seré de nuevo el niño que se interna desnudo y asustado por la ruta sin norte de la sombra, descubriendo la caída de una estrella. Si decido salir, mi madre volverá a desmayarse cuando vea mi cuerpo quemando las oscuras parcelas del lindero. Sé que con sólo adelantar el pie, va el aire a desesperar las hojas de yagruma, caerá de rodillas otra vez mi abuelo y quedará estéril para siempre el sitio donde me detenga. La leyenda dirá que allí está el oro. Que el incendio del cuerpo al detenerme indicaba el lugar de las botijas, pero dirá también que el hueco del tesoro es la tumba del niño. Si me decido a trasponer la puerta ¿qué buscaré en esa noche perdida de la infancia? ¿El susto de mi abuelo? ¿La pequeña y falsa muerte de mi madre? ¿Los ocultos centenes? ¿La herida inevitable de la tierra o esa cinta de luz cruzando el cielo?



COMO UN ROCE INOCENTE ENTRE LOS DEDOS


Sucede que empiezas a pelar una naranja humilde, desechable, y salta desde el fondo de la infancia una palabra: bergamota, y con ella un aroma que no viene del aire, un amarillo tenue y un dorado que tus uñas deshacen mientras parten el fruto. Te baña las manos el jugo que recoge la lengua de una niña que dejó de existir y que regresa, sin rostro, envuelta en la palabra bergamota, como un roce inocente entre los dedos. Un roce que vuelve a abrir los poros de tu cuerpo y te hace ventear, como aquel día, la tibieza de un aire que invitaba a correr, a desnudarse, a morir hecho un temblor sobre la hierba. Sucede que empiezas con las uñas a pelar la bergamota, sin sospechar siquiera que será una humilde y desechable naranja del futuro.

                                                                                                                                                                         3/12/93


EL HOMBRE CON UNA VARA DE PESCAR


La luz del día se acaba. Falta mi padre y tengo doce años. Ignoro que una tarde de otoño de un tiempo insospechado voy a dormir sobre el pecho de una mujer que está ahora mismo, desnuda, en brazos de su madre, aprendiendo un alfabeto donde no está mi nombre, ni el modo de explicar por qué me angustio, por qué corro sobre el pasto mojado, si mi padre se fue al amanecer cuando empezó la lluvia y aún dormía el sinsonte que hace un rato maté sin darle tregua: primero un ala rota, luego un certero golpe que detuvo todo ruido del monte mientras caía en mi memoria el pájaro.

Aún no he visto el mar y me asusta la noche que se acerca. Ya conozco la ausencia, su peso, su sabor, el hueco sin consuelo en que se torna el pecho cuando no encuentras ni el más leve residuo de ternura y todo sendero es un modo sin rumbo de buscar las distintas formas de la muerte y las posibles maneras del reencuentro. Mi padre no se irá ahora. Ni mañana. Y estará conmigo en días venideros, años que nadie sueña todavía, pero que están ahí para que vuelva la tarde de junio en la que soy un niño que corre por la línea del tren hasta que ve a su padre saliendo de la tierra, con una vara de pescar al hombro, en el instante mismo en que muy lejos, un amigo lo salva de ahogarse en el arroyo, sacándolo del agua con su vara.

La luz del día se acaba. Tengo ahora más años que mi padre. Ignoro en qué tarde de otoño de un tiempo insospechado dejaré de dormir sobre el pecho de una mujer que está ahora mismo, desnuda, tratando de olvidar el alfabeto donde sí está mi nombre y el modo de explicar por qué me angustio, por qué vuelvo a quitarme los zapatos.

¿Dónde estaremos, cuando sólo transcurra la mitad del tiempo que he vivido?



EL INOCENTE OJO DEL ANTÍLOPE


Un tigre salta de la piedra.
Vuela un ave que ignora la angustia del vacío.
Ciego es el pez, su pupila es el agua
y muere herido por el aire.

La lombriz puede ser reina de la altura
y deshacerse el árbol
en el vientre insaciable del insecto.

A la cruz del comienzo clavado sigue el hombre.
Sangra. Puede ver aún el rostro de los otros.

Ni dios, ni ventanas azules,
ni el inocente ojo del antílope.



JÓNICAS


Soy roca que soporta el embate del agua
y agua incansable contra la roca viva.

Viento soy en las ramas del árbol
y árbol plantado contra el viento.

Soy fuego en el corazón de la salamandra
y salamandra naciendo de las brasas.

Soy un hombre en la ruta del mundo
y ruta por donde pasa el agua, nace el viento
y cruje sin cesar el fuego.



PARA UNA MUCHACHA DE LA INFANCIA


Iba cruzando la tarde
sobre mi caballo viejo
y era la tarde el espejo
donde, bajo el sol, aún arde
tu pelo, porque la tarde
siempre nació de tu pelo,
y hasta el cielo no era el cielo,
sino el azul de tus ojos
empañado por los rojos
crepúsculos de  otro cielo.

Y yo era niño y fundaba
con mi caballo tu risa,
tu risa que era la brisa
de la tarde que pasaba,
y con la tarde volaba
hacia la ceja de monte
donde hasta el mismo horizonte,
rojo por el sol poniente,
iba del monte a tu frente
y yo de tu frente al monte.

Ahora es otra tarde y llueve,
pero el agua es de aquel día
en que la lluvia quería
tallarte el cuerpo, en el breve
espacio donde se mueve
la luz dentro de una gota,
por eso esta lluvia brota
no de las nubes de hoy
sino de un tiempo en que estoy
rehaciéndote gota a gota.



TINTA I


Era otoño en las hojas del almendro
y en el aire agonizaba
un alazán remoto,
un perfecto caballo tallado por el sol.

Era otoño y bajaban de la sierra
los últimos rumores de la lluvia.

Era otoño y temblabas en mi mano.

Vi pasar las garzas
tiñendo el horizonte,
y subir la tarde
desde el valle,
y vi cómo nacías de la espuma
o cómo el mar brotaba
de tu cuerpo,
silvestre Simoneta de noviembre,
hasta que el sol se fue en tus ojos.



RADIOGRAFÍA


Si me miro al espejo
de perfil
soy una raya,
una raya articulada
que respira,
que enseña los dientes
que bosteza.

Si me miro de frente
se hace un hoyo el espejo.
Mi pecho es cóncavo
como el vientre
de algunas catedrales
o como la imagen
que tenemos del espacio.
En el hueco del pecho
guardo todos los ruidos
de la ciudad
como si todas las angustias
me golpearan.
Mi espalda es una cicatriz
por donde se me fue, un día,
la mitad de la vida,
o por donde entró, un día,
la mitad de la muerte.

Si me miro al espejo
me peino y sigo andando.



POEMA


Alguien muere dentro de mí
todos los días.

Al levantarme y mirarme al espejo
tengo la certeza
de que alguien muy querido
se me ha muerto dentro.

El año que pasó
ya no vuelve a ser nuestro.
Ayer pensábamos en hoy,
hacíamos planes
y no nos alcanzó el día.
Ya mañana es hoy que se nos va
y seguimos pensando en otro día.

Tú no podrás nunca volver
al minuto donde empezaste a leer
este poema:
ese minuto ha muerto para ti.


POEMA POR ESCARDÓ

         Pero vino la muerte,
               la última caverna,
   y te fuiste con tu esqueleto
a alimentar las piedras de la Isla.

Rolando Tomás Escardó:
yo llegué a la poesía
después del manotazo de tu muerte,
cuando la Revolución se me instaló en el pecho
como un corazón lleno de pájaros furiosos.

Entonces:
ya tu nombre era un mito
y tu pecho una plaza donde el hambre
dejó abandonada una gorra,
una huella amarilla,
sus últimos harapos.

Rolando Tomás Escardó:
yo llegué a la poesía
después que reventaron las piedras de la Isla,
cuando el amor era una lluvia violenta
y tus huesos
un sonido de semillas bajo tierra.

Por eso yo no tengo tuyo
ni un manojo de conchas,
ni una carta,
ni la nostalgia de una conversación
rota en la noche.
Yo sólo guardo en el hueco del pecho
tu cara de triste comediante
y el angustiado ruido de tus versos.

Rolando:
voy a desenterrar tu corazón,
tu enorme corazón,
para llenarlo de piedrecitas blancas,
de campanas pequeñas.
Voy a soplarte un poco el esqueleto
para verte entrar de nuevo a la ciudad
dando gritos,
llenando de poesía las paredes,
los parques,
las ventanas,
como si el hambre fuera un poeta desesperado
y la ciudad
un pedazo de pan inalcanzable.

Rolando Tomás Escardo:
me he asomado al fondo de los ojos de tu madre
y he comprendido
que la muerte fue sólo un pretexto para romper la jaula,
el pájaro de tu corazón respira en todas partes.