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Presentando la revista Casa de las Américas

Laidi Fernández de Juan, 15 de diciembre de 2015

Existen muy pocas personas en el mundo a las que mi asertividad se atreve a decir  "No puedo, no quiero, no me es posible". A esas escasísimas personas a las que no niego nada, se añade una sola Institución. Para el resto, tengo siempre listo un catálogo de objeciones, dividido por capítulos, según sea el caso. A modo de ilustración, señalo tres  ejemplos. En la sección C se encuentran "Compromiso previo, Comida planificada, Casa sucia";  en la correspondiente a la letra I las excusas son: "Imposible mañana, Incapaz soy, Irrepetible la fiesta"; y en M se refugian "Marido llegando, Mañana me voy y Mamá está sola".

El resto del catálogo me lo reservo: nunca se sabe cuándo ni con quién tendré que usar los argumentos que protegen el escaso tiempo del que dispongo desde que dejé de trabajar siguiendo horarios tradicionales. Obviamente, si acepté el privilegio y el premio de ser hoy la presentadora del número 280 de una revista que me complace lanzar, es porque una de las personas que escapan de mi tendencia a la negativa,  y que coincidentemente  aparece en la nómina de la única Institución a la que tampoco niego, me lo pidió. Seamos honestos: no creo que nadie más admitiría semejante compromiso con setenta y dos horas de antelación, no obstante lo cual, declaro mi honor al haber sido seleccionada. “Tienes que ser tú” me dijo uno de los directores de la revista Casa de las Américas. Recuerdo que abrí la boca para susurrar “pero esta semana hay festival de Cine, hay FIART, me toca Miércoles de sonrisas y el ensayo”…No pude continuar. “Mañana martes me dices por dónde vas en la lectura y procura no improvisar el jueves. Por cierto, ¿qué hay de postre hoy?” me dijo el compañero.

Natilla, contesté, tragué en seco y recogí del aire el ejemplar de la revista que me había sido lanzado, como quien dice "Jonrón con bases llenas." Muy pocos días antes, mi amiga Xenia Reloba había acudido a mi portal, acompañada por el querido Norge Espinosa, con el objetivo de tomar café en lo que hacían tiempo para seguir festivaleando. “No digas nada”, me había pedido la editora redactora de esta revista, “pero resulta que con el número que debe salir YA, en la imprenta ha pasado esto, aquello y lo de más allá, pero no asustes a los directores”. Así, cuando uno de ellos me dio la encomienda de estar esta tarde frente a ustedes, yo sabía de apuros y de aperos, de prisas disimuladas hasta el último instante.Y todo lo conservaba entre el pecho y la espalda, o sea, entre la espada y la pared.

 
En medio de mis múltiples tareas que ciertamente no se limitan a cocinar postres, y de misteriosos apagones que auguran lo que está por venir, hube de intercalar el estudio de las diez secciones que integran este número, donde aparecen autores tan entrañables para mí como Jaime Gómez Triana, quien reverencia con total justeza a ese gran guatemalteco cuyo nombre honra la sala donde nos encontramos, Aurelio Alonso, con un análisis tan lúcido como todos los suyos, esta vez  acerca del siglo XXI y el ocaso del panamericanismo a través del recuento de las Cumbres de los pueblos, Adelaida de Juan, con un trabajo sobre los antecedentes y el presente del dibujo, a propósito de esta manifestación plástica a la cual la Casa ha dedicado este año y algunas de cuyas muestras ilustran la revista, y René Vázquez Díaz, quien por cierto, me escribió a través del chat más de una vez para saber qué opinión tenía de su buen cuento Una reina de mala calidad, que aparece en la sección “Letras”, flanqueado por Palizas, del chileno  Marcelo Leonart (estremecedora narración que recrea el asesinato de Pier Paolo Pasolini),  y por un divertido y kafkiano ejercicio literario del chileno Ariel Dorfman llamado Buscando a Julio Gamboa. Con estilos totalmente diferentes, lo cual se agradece, estas tres narraciones tienen en común la muerte, o más bien lo absurdo de ésta. En ese mismo acápite, el poeta Geovannys Manso rinde tributo a Ana Mendieta, Marino Wilson Jay nos muestra cartas apócrifas entre las madres de Lezama y de Borges, mientras Alfredo Alonso Estenoz, en un admirable poema dedicado a la actriz lituana Ingeborga Dapkunaite desnuda la peligrosa cuerda entre talento y vacuidad en la que la mayoría de nosotros está intentando mantener el equilibrio.

El artículo “Recordando El Corno Emplumado”, esa revista nacida en 1962 gracias a la iniciativa de Margaret Randall y de Sergio Mondragón, complementa al de la chilena Claudia Zapata y la peruana Lucía Stechercon que se inicia este número de la revista Casa, a propósito de la reflexión que hace Margaret: “la carencia de buenas traducciones nos había impedido a los del Norte conocer a Vallejo, Neruda, Mistral o Huidobro, y a los del Sur leer a Whitman, Williams, Pound”. Las recién citadas autoras de “Representación y memoria en escrituras indígenas y afrodescendientes contemporáneas”, ensayo que me atrevo a calificar de extraordinario en términos de cuánto permite aprender, insisten sobre todo en el aporte que representa el trabajo de los intelectuales indígenas, más dados a cultivar la poesía, en contrapunteo con los escritores afrocaribeños, que se han destacado en otros géneros literarios como la novela y la dramaturgia. De ese inmenso e inimitable novelista cubano que es Alejo Carpentier, nos habla Luisa Campuzano en su texto “El siglo de las luces: tarquinadas y licurguerías en la Gran Revolución”, en tanto Juan Nicolás Padrón exhibe con mucho cuidado “Una cartografía del período de las neovanguardias poéticas cubanas”, de modo que en esta revista no queda huérfano ningún género de los tantos que distinguen el arte de la escritura. Si a alguien se le ocurriera refutar esta aseveración (ahora mismo pienso en el humor literario, en la novela negra, en el tema policíaco, en el género testimonial, en la narrativa femenina y empiezo a pensar que yo misma debo retractarme por absolutista) sugiero el delicioso trabajo de la argentina Ema Wolf, dedicado al desafío de escribir para niños, que concluye con una frase inolvidable, graciosísima y muy de mujer: Los autores no somos gente de fiar. Como en un círculo mágico, vuelvo a leer el trabajo de Jaime, muy a tono con El material humano, libro recién publicado en esta Institución, del narrador Rodrigo Rey Rosa, porque quizás sin proponérselo, Gómez Triana amplia la validez y la vigencia del pensamiento y de la acción de Galich hasta que logramos completar la visión de Guatemala, considerado el complejo social más heterogéneo de la América Latina, donde se hablan veintidós lenguas diferentes, de origen maya o nahoa, y caigo entonces en la extrañeza que me produce la obra del haitiano Dany Laferriére, conocido a nivel mundial hace treinta años por su novela Cómo hacer el amor con un negro sin cansarse. La singular, caribeña y multicultural francofonía de este escritor radicado en Canadá es exaltada por Josefina Castro Alegret, quien además hace referencia a Maryse Condé, esa guadalupana ilustre que antes de adoptar el apellido de su marido guineano se llamaba Boucolon, con lo cual, me remito nuevamente al primer ensayo de esta revista, incapaz de sustraerme al análisis de la expropiación identitaria que sufrían los esclavos arrancados de África, aunque en este caso, obviamente, se trata de una transculturación a la inversa, o al menos de una aceptación en los círculos de la metrópoli: Laferriére es desde hace dos años uno de los cuarenta miembros de la Academia de la lengua francesa, y Maryse, profesora emérita de la universidad de Columbia, ostenta el Premio Putterbaughdesde 1993, con lo cual se convierte en la primera mujer homenajeada con dicho galardón.

Como es fácil comprobar, mucho he aprendido gracias a la lectura de esta revista, pero no he finalizado. Ya hacia los remates de mi aprendizaje, Ana Niria Albo aborda “Cuestiones y horizontes del pensamiento de Aníbal Quijano”, el profundo sociólogo y teórico nacido en Perú, quien ofreció conferencias acerca de la descolonización desde Puerto Rico en CLACSO,  a tenor con una antología esencial de sus textos publicada en Buenos Aires en 2014. Ana Niria estaba deslumbrada cuando trajo ese volumen de uno de sus viajes, lo recuerdo. Y me dijo: es un macuto asi, abriendo la mano en toda su envergadura. Yo me espanté, para qué negarlo, pero ella, radiante, trató de explicarme el contenido del libro. No sé qué le dije entonces, creo que estábamos en medio de una merienda y la insté a que se comiera un bocadito. Ahora me resulta mucho más ligero entender su entusiasmo. Una similar grata impresión me llevé cuando leí, hace algunos meses, un fabuloso libro de cuentos publicado por el Fondo Editorial Casa de las Américas, y que comenté en La Jiribilla: No aceptes caramelos de extraños, escrito por la chilena Andrea Jeftanovic. No hago este comentario para promocionarme como reseñadora, sino para expresar mi coincidencia con el análisis que ahora lleva a cabo Lorena Sánchez, sobre todo cuando advierte que no es este un libro para escrupulosos ni para quienes prefieren ladear el rostro ante el miedo. Sugiero que además de adquirir un ejemplar de la revista, averiguen si queda por aquí ese ramillete de narraciones ejemplares con título de advertencia de abuelita de antes. Eso mismo debo hacer yo: no imitar a Jetanovic, cosa impensable, sino comprarme la novela La revolución es un sueño eterno del argentino Andrés Rivera, comentada aquí por Susel Gutiérrez Torres con tanta vehemencia, que ya les digo: provoca necesidad de conocer más de Juan José Castelli, protagonista de este libro, quien encabezara un gobierno en Chuquisaca implantando medidas a favor de los indígenas quechuas, aymaras y guaranís. De las doce noticias que se ofrecen en “Al pie de la letra”, confieso que mi preferida es la que aparece en la página 106: “Demetrio Túpac Yupanqui, periodista peruano de 91 años, presentó su traducción de El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha al idioma quechua”. Pienso otra vez en Manuel Galich, en Bauer Paiz, e imagino el regocijo del director del programa de Estudios sobre culturas originarias de América. De esta forma, hemos llegado al final o eso creía yo. Justo la noche previa a este día que tanto placentero esfuerzo me ha causado, en un intento por distraerme un rato saludando a mis amistades de Facebook, y con esta presentación ya lista, me tropiezo con la cara de Suilán, económica de esta institución a la que ya dije no puedo negarme y Zás, su mensaje, que le está dando la vuelta al mundo cibernáuta me deja manidifusa y en un pasmo, entre otras razones porque yo aún sangraba de la exprimidera de mesencéfalo que me había autoinfringido para quedar bien ante ustedes.

Transcribo el mensaje suilanesco:


Con un exhaustivo ensayo dedicado a la representación y la memoria en las escrituras indígenas y afrodescendientes contemporáneas, de las autoras Claudia Zapata y Lucía Stecher, abre la entrega 280 de la publicación, que finalmente llega a las manos de sus lectores el próximo 10 de diciembre.

En el espacio de «Hechos/Ideas» se incluyen además dos atractivos textos de Luisa Campuzano y Juan Nicolás Padrón. A continuación, el sociólogo Aurelio Alonso, subdirector de la revista, toma nota en «Flechas» de lo que ha sido el ocaso del panamericanismo en las últimas décadas, a partir de la experiencia de aislamiento de los Estados Unidos en no pocos foros regionales, ineludible antecedente de la coyuntura actual de las relaciones entre ese país y Cuba.

«Letras» reúne textos narrativos de Ariel Dorfman, René Vázquez Díaz y Marcelo Leonart con la poesía de Jorge Boccanera, Marino Wilson Jay, Alfredo Alonso Estenoz y Geovannys Manso, mientras el espacio consagrado en este número al «Testimonio» trae a nuestros lectores la memoria de Margaret Randall sobre El Corno Emplumado.

 

Y entonces, compañeras y compañeros, no queda otra opción que preguntarles, con todo el amor del mundo : "¿Y cómo quedo yo?" En las breves líneas que acabo de leerles, publicadas en el denominado Libro de las caras, está una síntesis que supera con creces el desordenado modo con el cual intenté salir airosa de esta prueba. Pero como reza el dicho: "Pa adivino, Dios". Y que me quiten lo aprendido.

Muchas gracias, y perdonen mi prisa, estoy haciendo arroz con leche, que es el postre que toca hoy en mi casa.

Tomado de La Ventana

 

Editado por: Dino Allende