Poesía de Jesús David Curbelo
Jesús David Curbelo cuenta ya con una obra poética excepcionalmente madura y de reconocidos valores. Cultivador precoz de la lírica, ha tenido la maestría suficiente para morir y resurreccionar, sin perder la voz que lo caracteriza desde siempre.
Ocurre con frecuencia hoy, aun con los autores más leídos, que los lectores poseen un conocimiento fragmentario de determinadas trayectorias literarias. En eso influyen muchos aspectos de nuestra vida cultural, a la vez tan rica y tan pobremente vertebrada.
Si los lectores tuvieran la oportunidad de ser conducidos por una crítica atenta y generosa, se vería sin falta la dimensión del itinerario poético que ha cumplido Jesús David Curbelo, como constructor original e inusual de una visión imaginativa e inquisitiva del mundo.
Aunque en estos momentos se encuentra en un punto de esa trayectoria que le permite contemplar sus huellas y encarar el horizonte con nitidez y bordadura mayor, ya lo recorrido posee un relieve y una legitimidad que resulten raros en nuestro universo lírico.
El lector lo verá directamente en estos pocos textos que reunimos para su atento disfrute. La hondura y altura de su visión, la proclividad a manejar los más acuciantes temas, la fluidez de su rico idioma, el festejo especial de las formas empleadas, dan viva fe de ello.
Roberto Manzano
Jesús David Curbelo (Camagüey, 1965). Poeta, narrador, crítico, ensayista y traductor literario. Licenciado en Filología. Actualmente dirige el Centro Cultural Dulce María Loynaz. Ha publicado múltiples cuadernos de poemas, entre los que se destacan El lobo y el centauro (2001) y Parques (2004), galardonados con el Premio Nacional de la Crítica. Ha dado a conocer tres novelas, tres colecciones de relatos y siete volúmenes de traducciones. Tiene en proceso editorial un libro de ensayos y otro de crítica literaria. Colabora con frecuencia en diversas publicaciones periódicas cubanas y extranjeras. En 1999 le fue otorgada la Distinción por la Cultura Nacional. Se acaba de publicar por Letras Cubanas (2014) Fast thoughts. Ejercicios de mayéutica, un volumen que agrupa diez entrevistas que se le han realizado en los últimos años.
LAS PREDICCIONES DEL NIGROMANTE
Para Héctor Escobar, «sin pértiga y sin alas»
Profeta les suscitaré entre sus hermanos,
como tú; y pondré mis palabras en su boca,
y él les hablará todo lo que yo le mandare.
Deuteronomio. cap. 18. vers. 18
I
Escucharás los potros que se acercan,
las espaldas, el filo de la nube,
el refulgente amanecer del arma.
Allí estarás, soldado,
mutilando tus huesos y tu nombre
sobre la adusta tierra,
pasto del aire azul de las batallas.
Tu cuerpo será ocaso de vigilias,
argumento de reyes,
égloga del cañón y del aullido.
Escucharás soplar lúbricas flechas
en el bosque nupcial.
Las doncellas colmadas, los laureles,
la fanfarria en los arcos de la plaza,
serán novias de claustro con la aurora,
distantes dioses por labrarse un busto.
Allí estarás, soldado,
bajo el aire marcial de la coraza,
esculpiendo en el mármol de las madres
tu sombra virilmente incomprendida.
Y escucharás los potros de la guerra,
los rugidos del címbalo invasor
en la procaz estufa,
con el alma perdida en los clarines
y otro sueño infantil en tu alabarda.
II
Santo alivio el del mar sobre la arena frágil de la infancia,
sobre el cuerpo azotado por las mieles del último naufragio;
santa predilección la de la espuma absolviendo a los audaces,
a las víctimas que alguna vez soñaron con la gloria.
Santa la religión de los rebeldes cansados de la cruz,
del vino impostergable en las estultas loas a su feudo.
Santa la libertad de la ceniza para engendrar leyendas,
para tocar el cuerpo de los dioses debajo de las llamas;
santa esa dignidad del alfarero en su mundo de arcillas invisibles,
donde ornar la bondad de los desnudos y la calma del fuerte.
Santo el credo en la rara bondad de la familia,
en las oscilaciones del silencio sobre la senectud y la cordura.
Santo el mundo en la cruel sinrazón de su apariencia.
Tamaña santidad exige sus resguardos y alabanzas:
alabado sea el musgo recolectando historias en la pared del verbo,
alabado el hechizo en que las piedras profetizan su muerte;
alabado sea el árbol donde culmina el polvo sus miserias;
alabado sea el templo cuando los sacerdotes reconozcan el signo de la euforia;
alabado sea el hombre que nos legó un asilo, una manta de música envidiable.
III
Cuando ganéis la estepa, prostitutas,
no habrá limón dispuesto a vuestras ganas
ni sentencia más dulce que la nieve cubriendo las miserias.
Se olvidarán los hombres del anciano fulgor de vuestros senos,
recogerán su espiga en la usual desnudez de los trigales,
abjurarán de lienzos donde la savia grite su obsesión.
Cuando sea de vosotras la aridez y la furia
y no haya dioses listos para engendrar las uvas del recuento,
cuando la sangre adquiera el venerable olor de las manzanas,
no temáis, prostitutas, compartiréis el luto con los hombres.
Nadie va a consentir los antojos del fuego adolescente
saciándose en la luz de vuestros cuerpos;
los peregrinos han de pagar el agua y las mezquitas,
salvar su alma en la traviesa paz de los burdeles;
los rapsodas os labrarán su canto en la plata de ajorcas y collares;
los escultores domarán estatuas para vuestras pupilas ignoradas.
Cuando ganéis la estepa, prostitutas,
se vaciarán las fuentes del aroma nupcial y las coronas,
soldados y mancebos esculpirán la raza en vuestros vientres,
han de fundarse templos sobre el promiscuo azar de las cavernas.
No temáis, prostitutas, compartiréis la arena con los hombres
cuando la estepa sea vuestro adulto temblor, vuestro equilibrio.
IV
Los dioses no serán benevolentes con vosotros,
poetas que adivinasteis la sordidez del tiempo,
os harán emigrar del centro de la luz,
declararán la guerra a vuestra estirpe,
negarán el derecho de la posteridad a vuestro canto.
Pensad, poetas,
la verdad es la muerte que escondemos detrás de las ortigas,
el silencio es la piel de la palabra,
la mentira es la cuerda del hambre en vuestros cuellos.
Jugad, señores poetas,
la encrucijada es una frágil carpa que cubre los insomnios,
a los dioses les placen los héroes y los sabios,
los adivinos tienen que arriesgarse.
Decid, poetas, todo el temor de vuestras voces
con la solemnidad de las coronaciones y las misas;
cantadle al agua bíblica del sueño,
a la paz que os aguarda en las veredas
cuando los hombres funden sus ciudades encima de las lanzas.
Cantad, poetas,
los dioses no serán benevolentes con vosotros,
pero alguien ha de amar las estaciones sin remilgos,
alguien tendrá que hablarles a los niños del recuerdo.
Jugad, poetas,
un golpe de salterio bien pudiese abolir las destrucciones.
V
Entrad todos al reino de la hoguera
en cuyos diestros jugos también naufragaremos.
Entrad,
pecadores del mar y los pesebres,
orgullo de las madres y las novias,
juguetes de la sal en las conspiraciones.
Entrad,
niñas del júbilo, princesas, adivinas,
muchachas con un agosto preso en sus calendas,
torrentes de ciruelas que al volver de la luz se mancillaron.
Entrad,
ateridos soldados del orégano,
generales del arco y la balanza,
soberbios mariscales que alancearon a Dios dentro del aire.
Entrad también vosotros,
hijos del menester y la llovizna,
sabuesos de la cáscara que un día nuestras manos arrojaron.
Entrad,
el reino todo arde de granito y luciérnagas novicias;
os aguarda la fiebre, la campana, las miserias del fuego
como un gran laberinto donde forjar mi canto.
Entrad,
mas vosotros delante, no os detengáis por mí,
quisiera ser el último en juzgarme.
Entrad.
La hoguera nos promete una llama solemne donde amar.
EL UNO COMÚN
Estoy solo ante Dios.
Y Dios me llama.
El pacto es entre dos:
árbol y rama.
Buscando voy la luz.
La luz escapa.
Me burlé de la cruz.
Y Dios me atrapa.
Yo soy su prisionero;
él es mi carpa.
Yo soy su carcelero;
él es el arpa.
Estoy solo ante Dios.
Y Dios me mata.
Sólo escucho su voz.
Su voz que ata.
Todo es uno: Él y Yo.
(Soledad vasta).
Estoy solo ante Dios.
Pero no basta.
SOBRE EL GASTADO (Y GUSTADO) TEMA DE LA FAMILIA
A mi madre
Dreaming back thru life, Your time—and
mine accelerating toward Apocalypse.
Allen Ginsberg
Los padres son impuestos. He ahí el primer error. Se les deben las siete virtudes capitales. Ellos han de elegirnos no sólo el nacimiento, la espectrocracia, el nombre, sino también la suerte, las formas de vivir y de morir, el Paraíso o el Infierno. Esa es la ley frugal de los inicios, mas debieran contar con nuestra rebeldía, con las vetas del odio y del amor. Por eso es que a la hora de las absoluciones siempre somos culpables, traicionamos la raza deshonesta que nos tocó emprender, cultivamos lo efímero, seremos un estigma para quienes vayamos a fundar. Entra a reinar el odio, afloran muchas deudas que nunca contrajimos, que nos fueron legadas por antojo. Cada padre conoce la impiedad de sus hijos, pero nunca descubre las espuelas de oro hasta que no es la muerte —disfrazada de auxilio— quien calienta sus almas; todos dicen: «Divino mandamiento es la obediencia», cuando se trata de indicar la vía que ellos consideran es la exacta. ¿Y el reino del amor? ¿Por fin nos toca? ¿En la veloz caricia de entrecasa? ¿En la cena inviolable? ¿En la férrea armonía de controlar suspiros y vaivenes? He ahí el segundo error. La libertad es un sueño tan terrible que parece negado a los mortales, por el peligro brusco de que sobren demandas y entusiasmos. Los padres desconocen —una vez que se instauran— la frontera entre asombro y trascendencia, pretenden olvidar el manicomio al que estamos dispuestos a arrastrarlos por obtener un mínimo de gracia. He ahí el tercer error. Los padres fueron hijos, también tuvieron rejas en su infancia, muelles de adolescencia, oscuras intenciones que esconder ante el mundo. Pero ellos no perdonan. La mano en el cabello significa un abismo, un valladar de afecto insobornable. El beso en la mejilla es la esperanza, el epitafio dulce para nuestra obligada resistencia. Mas los hijos tampoco perdonamos, aunque somos más débiles cuando es preciso hurgar en la penumbra; respetamos almenas y entrepuentes, guardamos la soberbia, la autocracia, para el día que inventemos nuestras víctimas, a las que hemos de hundir y confiscar con tal saña como si fueran nuestros pobres padres. He ahí el error final. La cadena es voraz e indetenible. Cada eslabón precisa del siguiente para amputar su libertad, para ponerle coto a la cordura, para usar por un tiempo los pequeños poderes de lo absurdo. Así, no podemos perdonar ni perdonarnos. La guerra es un vehículo tan útil como el aire. El querer abolirla es más ingenuo que abjurar del espíritu. No habrá paz mientras rijan la moral y la inercia. Todos vamos a un eterno seguir sobre nosotros, a un error infinito, imprescindible.
¿ÚNICO AMOR?
Para Aldo Sánchez
Siempre que hundo la mente en libros graves...
José Martí
Me han dicho que me aleje de los libros y me vaya a la vida. ¿Qué se entiende por vida? ¿Fornicar, embriagarse, cometer los pecados más insólitos antes de un tiempo límite? Si es así, yo he vivido hasta la abulia. No obstante, mi concepto es diferente. Vivir es conocer la libertad, el exacto destino de fulgores y piedras, perfeccionar el alma con el zumo de todos los maestros, acariciar la envidia, el perdón, el orgullo y el odio. Por eso me persiguen adjetivos confusos —«clásico», «pretencioso», «formalista»— a los que no quisiera renunciar. Cada página menos de los otros constituye un gran riesgo, un paso irreversible hacia el silencio. Hace falta coraje para violar los libros y deponer la efímera corona de los nuestros ante alguien que ya dijo: «El principio del mundo está en mis manos». Es muy fácil huir de los ancestros predicando las luces interiores. ¿Se sabe, al fin y al cabo, quién las dicta? ¿Quién es ese que asume la violencia de obligarnos al grito? Tan sencillo es fingir que se está harto del acecho y la letra, que el oficio es un juego melodioso para encantar al prójimo, que se bebe del chorro procreador sin que el labio se enquiste y se emponzoñe. Yo prefiero saberme un endeudado antes de ser un almirante absurdo, un redescubridor por accidente de colinas leprosas y de vegetaciones vapuleadas por la fuerza del ego. Nadie podrá acusarme de confundir las sendas, de hilvanar una historia lacerante con crímenes ajenos. Yo tengo mis delitos y mis dudas, no sacados de tomos polvorientos, ni de ínfimas torturas de cenáculo, sino del pie grabándose en la sangre, de la espada que nutre dando muerte. ¿Qué se entiende por muerte? ¿El cese agotador de la pupila? ¿La palabra deshecha, condenada al papiro servil de aquellos que nos mandan? ¿La pausa iconoclasta y mal fundida? Si es así no estoy muerto. Mi razón es distinta. Muerto es aquel que no sirvió a su estirpe, que silenció el pasado con un gesto insolente, sin saber que la herencia es el mayor tesoro de los hombres. No me digan entonces que me vaya a la vida, porque nunca he dejado de indagarla; ya sea desde el libro que rescribo si toco, o desde el tajo fiel que me libera, y mata.
ÚLTIMO AMOR
Cuando termina el límpido fulgor de la arrogancia y el vacío de lo real se nos convierte en vértigo; cuando caricia y mito pasan a ser misterios que ya nunca podremos desnudar; cuando la erudición se torna un laberinto asfixiante y terrible, y la familia esculpe el acorde final de su desidia, ¿a qué vamos a asirnos? ¿Quién nos dará la fuerza lamentable para saltar el límite? ¿Dónde arrojar la angustia, las flaquezas, el hambre? ¿Cómo encontrar respuesta al acertijo de La Vida y La Muerte, del Ser y La Verdad? ¿Cuáles serán los pasos que nos salven? No el camino del templo: la liturgia es un juego muy inmaduro para invadir el alma, hay demasiada afrenta cometida por amor a los ídolos, nadie puede absolverse por la irrisoria vía de confesar sus culpas a un culpable. ¿Cuál ha de ser la meta? ¿Cuál el trono que nos haga sangrar por nuestras deudas y, al mismo tiempo, alivie y dé su agrado? No el cultivo de los dioses corruptos por soberbia, malicia, o ignorancia. No el flagelo constante de otro mundo que habrá de comenzar tras la barrera, porque ella misma es puro disolverse, volver a los orígenes, al olvidado epitalamio con nuestro manantial. ¿Entonces de qué sirven las creencias, las poses mendicantes, el arrojo para intentar hendirnos las vértebras del sueño? ¿Acaso hay un poder que sea distinto a la fiel soledad de tanta inercia, de este permanecer aun destruyéndonos, aun buscando el abismo que no cesa? ¿O la presencia es sólo cabalgata, furor del que soy parte y me confunde? ¿O es la velocidad difuminada en cada nuevo pacto con lo eterno, con esos semejantes que agonizan, eufóricos de paz, contra su imagen? ¿Existirá un titán que me complazca, al que pueda implorar sin desdorarme? ¿O el magnetismo que me impele a hallarlo es mi propio volcán lamiendo agua, sombras, litigios derrocados? No he de quedar por siempre en esta duda donde me acosan múltiples certezas que, al quererlas cumplir, se desvanecen. No poseo más enigma: la partida. Necesito de alguien que me alumbre. Voy a llamarlo Dios, es mi derecho no trastocar las leyes de lo ignoto, sino irlas construyendo con mi rumbo. Después de esta premisa empieza el diálogo. ¿O tan sólo el monólogo se extiende?
ANALECTAS DEL EXILIO
Miro al mar. Cuento monedas.
Siempre aquí se mira al mar.
Entre mirarlo y contar
monedas pasan las vedas.
Y las vidas: naces, quedas
preso entre leyes y reyes
que amputan, dictan las leyes,
tuercen cuellos y eslabones,
acuñan las ilusiones
y nos tornan perros, bueyes,
buitres del oro y la sal,
títeres, cerdos, vampiros
que se nutren de suspiros
en pos del bien, y hallan mal.
Miramos. La vista es cal
contra el muro del vacío.
Nuestro muro. El tuyo. El mío.
Ese que, airoso, se erige
en cerco. Y vigila. Y rige
la mansedumbre, el hastío,
la piedra en la boca, el humo
entre las manos, el paso
circular, el campo raso,
el acíbar para el zumo,
la sangre, el látigo, el grumo
que somos ante la ley:
putas, mendigos: la grey
que mira al mar sin auxilio,
monedas cuenta, y exilio
suplica, burlando al rey.
Pero la burla es un juego
de espejos: en el exilio
no hay salvación ni concilio.
Es otro yugo: el del fuego
de la nostalgia, y el ruego
por regresar a la tierra
donde comenzó la guerra
por elevarse, por ser
viajeros, por poseer
otra cárcel —la que encierra
en su red tiempo y memoria—
donde nada se vislumbra.
En el exilio no alumbra
más luz que la misma historia
infinita de la gloria
buscar del parto a la cruz,
errar, bajar la testuz,
seguir siendo un extranjero,
ver el mar, contar dinero,
y soñar con otra luz.
¿Qué es la luz? ¿Dónde está? ¿Dónde
encontrarla puede el siervo
de sí mismo? ¿Dónde el cuervo
que grazna y se marcha? ¿Adónde
va, maltrecho? ¿Dónde esconde
la luz su rostro divino?
¿En el mar? ¿En el cansino
repicar de las monedas?
¿En las carnes? ¿En las sedas?
¿En el oropel del vino
que nos coloca el destino
siempre lejos de la boca?
¿En la cárcel? ¿En la roca
que es, a la par, fe y camino?
¿En el silencio? ¿En el trino
oscuro que nos alienta?
¿En el muro? ¿En la violenta
liturgia que nos obliga
a ser caballo y auriga,
guerra y paz, perdón y afrenta,
hambre y mesa suculenta
que es, no es, está y no está?
¿Dónde queda? ¿Cómo va
hacia esa luz que lo tienta
el hombre? ¿Cuándo la enfrenta?
¿Y cómo? ¿Y por qué? ¿Quién gana
en tal combate? ¿La vana
confianza de ser hostil?
¿El hombre? ¿La luz? ¿O el vil
simulacro de un mañana?
Porque habrá un mañana. Diana
hará en él el hombre adulto
al prescindir de ese culto
al dinero, a la sotana,
al rey y a su ley. Qué sana
sensación de hallarse libre
lo inundará cuando vibre
todo su ser bajo el nombre
de Dios, que le diga: «Hombre,
búscate en mí, tu calibre
es ser tú mismo y ser Yo
que a tu existencia me afilio:
soy tu luz, tu mar, tu exilio,
tu hartazgo, tu ley, tu voz».
Habrá un mañana. Es en Dios:
cúspide y sima del pozo
de existir: ese alborozo
donde duermo mi acrobacia,
despierto, pulso la gracia,
miro el mar y aguardo el gozo.
SOBRE LOS ROSTROS DE DIOS
¿Existe Dios? ¿En qué creo,
si creo? ¿O este fervor
se reduce a ser clamor
charlista de fariseo?
¿Cómo instituye el trofeo
de la armonía y el ser:
con la abulia de creer,
con toda la mansedumbre,
con el no y la incertidumbre,
o con el sí y el poder?
¿Qué y cómo es Dios? ¿Cuál presencia
marca su signo palpable?
¿O es sólo un vicio adorable
sin hechura y sin esencia?
¿Quién testifica su herencia?
¿Cuánto tarda? ¿Dónde está?
¿En Yavé? ¿En Cristo? ¿En Alá?
¿En Ra? ¿En Zeus? ¿En Shang-din?
¿En Izanagi? ¿En Odín?
¿En Visnú? ¿En Obatalá?
¿Cómo muestra su acertijo,
su luz, su misericordia?
¿Con el caos? ¿Con la concordia?
¿Con la sed y el crucifijo?
¿Con el audaz amasijo
de pecados y perdones?
¿Con el reparto de dones
y limitantes, y envidia?
¿Con la paz? ¿Con la desidia?
¿O con las revoluciones?
¿O se limita a la senda
donde el hombre busca amparo
de sí mismo, de ese raro
animal con que refrenda
su existir, de la leyenda
que signa parto y locura,
infancia y escaldadura,
adolescencia y enigma,
juventud y paradigma,
madurez y sepultura?
¿O es vaga literatura,
pose para el aforismo,
patraña del ostracismo
para inventar la censura?
¿Es homenaje? ¿O usura
contra el préstamo del mundo?
¿Balance interior? ¿Profundo
azar que rige el asedio
del único fin? ¿O el medio
sagaz de hender el segundo
espanto de la otredad,
el que afirma el holocausto
de ser varios? ¿O el infausto
axioma de la unidad?
¿Es Dios el juez? ¿Es la edad
que por siempre nos masacra
tras una máscara sacra
que simula la justicia?
¿Es el verdugo? ¿O la asfixia
en que el hombre se hace lacra
del hombre y se cree mendigo,
caricatura, señuelo
que azuza el furor del duelo
contra su sangre y su trigo,
buscando darle castigo
a la soberbia de estar?
¿O Dios es el encontrar
justo cauce a la pobreza
universal, la certeza
del socorro a conquistar?
¿O andamos por el camino
errado y Dios es monarca
celoso, que a golpes marca
la exactitud del destino?
¿Fábula en que el desatino
es no rendirle tributo
feroz a su cetro bruto
como humillación total?
¿Sátrapa que deja al mal
cebar, en la grey, su fruto?
¿O es Dios el amor completo
que asume el odio, la ira,
la lujuria, la mentira
y la gula como un reto
para moldear en secreto
la arcilla de lo infinito
—yendo del susurro al grito,
del Paraíso al Infierno—
y darse, y dar el eterno
manantial de hacer el mito?
¿Existe, pues, Dios? ¿O insisto
en que me invente, y lo invento?
¿Yo soy el demiurgo atento,
o es Él? ¿Me inviste? ¿Lo embisto?
¿Fundo? ¿Me conoce? ¿Existo?
¿O somos la duda, el modo
de ser agua, leche, lodo,
piedra, sudor, lluvia, hiel,
viento, polvo, llama, miel,
principio, fin, nada y todo?
EL PAN
Músculo, sangre, envidia, paz, amor,
son las insignias de fundir la masa
lujuriosa del pan, la que se tasa
en un chorro de semen y sudor.
La mano mezcla, gira, amasa, engulle
el sinsabor tribal de la doctrina.
Soy el horno, la mano, el don, la harina.
El hambre muere en mí, y de mí fluye.
Listo a ser devorado siempre yazgo.
Devoro. Me renuevo en el hallazgo
de bautizar la luz y el orificio.
Músculo, envidia, sangre, amor y paz
nutren mi semen, mi sudor: el haz
de masa tumultuosa donde oficio.
LA ORILLA
¡Llegar! ¿Qué significa la llegada?
¿Acaso hay meta real? ¿O cada meta
sólo entrampa la faz de una silueta
irrisoria y frugal? ¿Toda la nada
es nuestra propiedad, nuestro desvelo,
el móvil de las guerras y los pactos?
¿O nos aguarda, oculto tras los actos,
sean honestos o viles, todo el vuelo?
Llegar, siempre en ascenso, hasta la cumbre;
mas la cumbre de qué. ¿Cómo se sabe
cuál es la cerradura y cuál la llave,
cuál es el punto de enfilar la quilla,
cuál es el espejismo y cuál la orilla,
cuál la esencia de Dios y cuál su lumbre?
(ceniza)
Todos los hombres que te amaron antes
amasaron tus ansias,
maceraron tu espíritu,
tras el ingenuo afán de poseerte.
Sin saberlo, te estaban educando
para llegar a mí. Yo te recibo
con la serenidad del último maestro:
te dejo ser tú misma,
que te aprehendas
en el duro ejercicio
de celebrar tu libertad total.
Si luego decidieras elegirme
como heredero de tus testimonios,
sería el dócil alumno que precisas
para enseñarle dónde empieza el mundo
y cuál es el destino de la especie.
(fuego)
Tu sexo sabe a mar.
Barren sus olas
esa arena que soy,
y la diluyen;
unen cada partícula al océano
de formas que eres tú.
Con la resaca,
vuelven tus muchos yo
a festejar la esencia del tú íntimo
que albergo, inagotable,
en mi perpetua inmunidad de orilla.
Tu sexo es el espejo
en que se ve la bóveda celeste,
y avanzamos tus yo, mis tú, nosotros,
hacia la difusión del infinito.
OCTAVA ELEGÍA
A José Marrero
La palabra es oscuro privilegio
de los hombres. Herencia de unos dioses
no calcinados por el sortilegio
de dar vida a las sombras y las poses,
y sí por incrustar en la penumbra
de la creación el opio de las voces.
La palabra: caverna que se alumbra
con el rayo de Dios, o con su ausencia
si el vano afán a la soberbia encumbra.
La palabra: vitral de la presencia,
estigma entre la culpa y la justicia,
molde para la duda y la experiencia.
¿Dónde esculpir, entonces, la estulticia
con que el signo soez su esencia labra
en la falda y la cima de la asfixia?
¿En qué espejo pedir a la palabra
poder para violar todos los credos
e increpar, en un torpe abracadabra,
la eternidad y el bien? ¿Cuáles remedos
aliviarán la cita con la gloria
si no es la luz el fin de los denuedos,
del azar, de la gesta y la memoria?
¿Acaso existe, en realidad, tal cita?
¿No anula, así, el porvenir la historia,
y cualquier hecho es burla? ¿No se agita
sobre nuestras cabezas el destino
como señal del gozo o de la cuita
que nos acechan tras el desatino
de elucubrar palabras y oraciones
en pos de una ilusión? ¿Algún camino
conduce a la piedad sin desgarrones?
¿Hay reposo en el rito de la pausa?
¿La música se esconde en las acciones
donde la fe su devenir encauza
a pesar del error y la censura
del creyente, o de Dios? ¿Será la causa
una necesidad de cobertura
para el pecado, una razón tremenda
con que asir, del perdón, la arquitectura,
y postrarse a implorar la reprimenda
antes de haber saciado el instrumento
dúctil de la palabra en tal contienda?
Nadie sabe la ruta ni el momento,
todo el viaje es un parco aproximarse
para nunca llegar, un monumento
que se erige y principia a derrumbarse
sin que el ardor humano lo culmine,
un misterio que apuesta a adivinarse
aunque ningún estruendo lo adivine,
la manera de Dios tensar la cuerda
y negar esa antorcha que ilumine
el sendero hasta Él. Astucia lerda
la de tantear el túnel con confianza
en una meta hallar. Cuando se pierda
la bruma del sarcasmo, la asechanza
entrará a saco en gestos y sentidos
y trocará en abulia la añoranza,
en fango la metáfora, en sonidos
animales las líricas estrofas
donde el hombre plasmara sus plañidos
desde el cráter del mundo: veras, mofas,
envites de profetas y copleros
de espíritus ardientes y armas fofas.
Ya no habrá predicción, sino entreveros
donde se dicte el cisma y el engaño
de la raza a los bronces y maderos
que sostengan el alma del rebaño
sobre ese pedestal al que se afilia:
la vergüenza de ser trono y escaño.
La equidad del rebaño y la familia
se afianzará en la magia de la ley
(hoy se afianza en el truco que concilia
la obediencia a la fuerza de algún rey
que imponga su demente veredicto)
para urdir el escándalo y la grey
en un pantano fértil, por estricto,
en que el lodo sea polvo y luego barro,
y sirva de soporte al derrelicto,
al justo, al inmortal, al trigo, al sarro,
a la sed, a la mística, a la paz,
a la lujuria, al éxito, al desbarro,
y a la mímica inútil, por falaz,
donde el hombre al silencio rinda culto
como si fuera un canon eficaz.
La palabra es el límite, el insulto
final que Dios tolera y alimenta
para dar el silencio al hombre estulto;
pero el silencio real, no el que se inventa
tallando un ejercicio de mutismo,
sino el de la parábola y la afrenta
en que Dios es el público y el sismo,
la verdad y el enigma, el fin y el medio,
la salvación, la tregua y el abismo.
La palabra es, pues, Dios. Con el asedio
se aseguran las nupcias, nunca el pacto,
pues nupcias es calvario y no remedio
para adular al cónyuge inexacto.
Yo no tengo palabras: soy un lobo:
al desposarme recupero un robo:
el verbo inaugural, que ya era acto.