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La forma y el fondo

Lourdes Beatriz Arencibia Rodríguez, 07 de abril de 2016



«EL traducir de lenguas fáciles ni arguye ingenio ni elocución, como no le arguye el que traslada ni copia un papel de otro papel»
                                                                  Miguel de Cervantes Saavedra.  El ingenioso hidalgo Don Quijote
                                                                   De la Mancha
, Cap. 62. Segunda parte.
          

En este artículo pretendo aproximarme a un dilema  que aunque es más viejo que Mahoma para los traductores y las traducciones, cobra en la actualidad una vigencia casi universal entre el gremio al que con toda humildad pertenezco toda vez que, sin lugar a dudas, tiende a consolidar un acercamiento particular a otras formas de traducir un texto poético con particular incidencia en dos de las dimensiones más importantes y polémicas que hay que tomar en cuenta a la hora de abordar cualquier versión otra de un original: la forma y el fondo.

De mi atrevida interpretación del controvertido exergo que me inspira, separo varias reflexiones para compartirlas en alta voz; algunas parcialmente  coincidentes y alguna que otra, interrogativa. Y aunque mucho me hubiese agradado comentarlas con el propio Cervantes, que por lo pronto y seguro me hubiese  mirado de arriba a abajo, tal pretensión no quedaría más  que en un mal guión para una obra de ciencia ficción en medio del caluroso verano habanero; así que mejor abandono el proyecto.

No obstante me pregunto, ¿qué era para Cervantes una lengua fácil ? Parto de la premisa que para un traductor –supuestamente avezado- que siempre está en presencia de dos lenguas, el presunto criterio de facilidad o dificultad sólo puede ser relativo y en relación directa quizás – subrayo el quizás- con la posible similitud o afinidad estructural entre las lenguas de partida y de llegada si parte  de un tronco común por ej: si trabaja con dos lenguas romances  o con las lenguas  eslavas o germánicas, donde se pueda conservar más naturalmente la aliteración, y consecuentemente con las que una traducción orgánica en versos se haga  más viable, mientras que en  español los versos sonarían algo poco falsos  ya que no hay un ritmo que los justifique. La facilidad o dificultad  en suma, puede guardar también relación con su grado de acercamiento, empatía  y familiaridad con la obra, el autor, las culturas y los lectores que intenta poner en contacto. Pero, en cualquier caso, infiero que se trata de una apreciación totalmente individual de validez absolutamente puntual.

El problema se presenta enseguida y Cervantes lo sabía mejor que nadie, porque no sólo ni únicamente se traspasan lenguas; se mueven mensajes de una cultura a la otra,  metáforas, épocas, estilos, maneras de pensar y decir, se necesitará expresiones aditivas y expresiones omisoras, se tropezará con los implicitos y explícitos y todo eso hace que no haya lenguas fáciles para la traducción de un texto poético. La traslación de un pensamiento y de un mensaje poético de una lengua a otra es por el contrario una empresa harto difícil. ¡Que me perdone el Hidalgo, qué sí tenía mucho ingenio! Con más razón, cuando su propia frase contiene una segunda reflexión que sí es ciento por ciento verdadera porque traducir poesía trasladando o copiando un papel de otro papel no arguye efectivamente ni ingenio ni elocución... !!

¿ Es ésta acaso una constatación  cervantina que admite plantear  el eterno problema de la fidelidad y así  dejar abierta la puerta a innovaciones de forma con la aspiración a conservar ilesos el mensaje y los demás valores del texto? Pero acá interviene  el infaltable- sí, pero no- que acompaña siempe todo comentario sobre traducción desde tiempos inmemoriales. Y que obliga tanto al crítico como al estudioso a enfocar sus observaciones  ora  sobre el proceso traductor, ora  sobre las traducciones como obra consumada o,  sobre la función que éstas desempeñan en la cultura y en la sociedad puesto que la categoría fidelidad puede aplicarse en los tres ángulos del tema. Cada uno de estos ángulos donde enseguida surge el tema de la fidelidad abordados individualmente saca a la luz rasgos y problemas muy definitos y a menudo distintivos donde « el sí, pero no » aparece cada vez que tropezamos con  las cotas de permisividad que nos deja  esa puerta « abierta. ».

Angel García Galeano en su obra  El poeta del Renacimiento  (ERA : 1.1-2 1991, p. 149),  recordaba que en aquella época gloriosa por más de una razón, se promovía y enzalzaba la originalidad absoluta para la traducción  o sea, “la propiedad de que en cada imitador florezcan las dotes personales, ayudando, socráticamente, a que cada uno aprenda a expresarse a sí mismo”. Con éste enfoque generalizado, de cuajo, el uso anteponía cotas de oficialidad a la traducción literal o a la imitación servil de los originales. La copia que aludía Cervantes de un papel a otro papel quedaba seriamente impugnada. Pero se pasó al otro extremo y el tiempo se encargó de ir matizando el tema para dar paso a otros muchos acercamientos de desigual validez que han mantenido vigencia y utilización hasta nuestros días. 

Eymar Benedicto, el joven profesor madrileño de la Universidad Paris III, nos recuerda  que existe una diferencia sustancial entre la traducción y la imitación, aunque  sea difícil  formalizarla  científicamente, Eymar Benedicto. En el espejo del Otro. La poesía entre dos mundos  Universidad Paris III. p. 476.

Son múltiples y conocidas las técnicas de adaptación que han solido utilizar los traductores literarios en las lenguas consideradas « afines » para  conservar un texto formalmente semejante al original y alcanzar una suerte de equilibrio compensatorio entre la forma y el fondo de un texto poético cuyas leyes se definen tanto por el texto original como por las normas estéticas de la literatura meta.  Voy a elegir para los primeros ejemplos el grupo de lenguas romances, no porque las juzgue fáciles ni difíciles sino porque son las lenguas con las que suelo trabajar en mi experiencia de casi medio siglo ya como traductora. 

Mencionaré las añadiduras o explicitaciones, las omisiones o concentraciones, y los cambios de categoría gramatical u otra; todas conocidas y utilizadas por los traductores nada menos que desde el siglo XVI.  Con ellas siempre se ha  intentado ofrecer soluciones aparentes  o aceptables  cuando ha sido  preciso completar un verso o encubrir problemas de métrica.. « Los franceses son igual de fieles como traductores y como maridos” escribió el autor alemán Jean-Paul. Su irónica observación hace referencia a la tradición francesa de las “bellas infieles”, traducciones así llamadas por adaptar o “embellecer” el original sin ningún rebozo para adaptarlo a los gustos del público francés del siglo XVIII.

Hoy día, esos recursos son técnicas de análisis y descripción que se denominan: amplificación, supresion y transposición. Todas, propician ajustes de forma pero muchas veces al hacerlo, repercuten sobre el contenido no siempre de manera positiva.

Según Octavio Paz, en Traducción: literatura y literalidad, Barcelona, Tusquets, 1980, p-10, la traducción debe ser considerada como una “operación literaria”. “El texto original jamás reaparece (sería imposible) en la otra lengua; no obstante, está presente siempre, porque la traducción, sin decirlo, lo menciona constantemente, o lo convierte en un objeto verbal que, aunque distinto, lo reproduce.”   Entonces, ¿Existe una lectura “correcta” de un texto? ¿O todas las lecturas son igualmente válidas?

Esta pregunta nos conduce de nuevo al eterno debate sobre la “fidelidad” del traductor. Somos del criterio que traducir literatura es crear literatura. Para autores como Amparo Albir, La notion de fidelité en traduction,  Didier Erudition, Paris p. 225,  la fidelidad en traducción está ligada a la “fidelidad al sentido, no a las palabras” y debe estar limitada por tres parámetros: la intención del autor, la lengua de llegada y el destinatario de la traducción. Ese modelo, resulta demasiado esquemático para ser aplicado a la traducción literaria. Ante la observación de que el objetivo de la traducción ha de ser transmitir lo más fielmente posible la intención del autor. Cabría observar que  el propósito o el sentido de una obra literaria no es algo que preexista a la lectura, o a esa peculiar forma de lectura que es la traducción, sino que, al igual que en una relación amorosa, nace del encuentro o desencuentro de dos subjetividades. Pero coiincido con José María Micó, traductor español y Premio Nacional a la mejor Traducción en 2006 cuando recuerda que Umberto Eco, es su medular estudio sobre la traducción Dire quasi la stessa cosa, evoca los conceptos de reversibilidad y de equivalencia funcional. Y recuerda que la reversibilidad, posible en textos no literarios y escritos a poca distancia en el tiempo no es alcanzable en textos poéticos generados en momentos más distantes entre sí aún si conservan una parte esencial de la información semántica. Y concluye que « con el fin de que la gran literatura del pasado siga siendo literatura(...) debemos aspirar a la máxima reversibilidad posible del sentido literal y la máxima equivalencia funcional de los elementos estilísticos, metafóricos, retóricos , versificatorios y aún culturales, porque el texto de los clásicos goza del privilegio de la perennidad, pero cada época necesita sus traducciones ». J.M.Micó. « Conferencia ». Vasos Comunicantes, Revista de ACETraductores, Nº 19 Primavera de 2008. Madrid, pp-95-98.  

Por su parte, Walter Benjamin, "On the concept of History", Obras selectas, Vol. 4 1938-40 Cambridge: Harvard University Press, p 309,  destaca no solo la deuda que el traductor mantiene con el original, sino también la que el original mantiene con las traducciones, en las cuales la vida del primero alcanza “su expansión póstuma más vasta e incesantemente renovada”. Gracias a su labor, el traductor saca a la luz (y, en consecuencia, muestra a los demás) aspectos del original que de otra manera fuera del proceso pasaban desapercibidos para sí mismo y para los otros lectores.

Valgan únicamente estas observaciones como incentivadores de  una reflexión que amerita a no dudarlo un espacio mucho mayor que el que nuestra sección nos concede acá y que podría ocupar honrosamente sobre todo una o varias sesiones de intercambio productivo con los colegas del gremio cuyas opiniones y experiencias avenentes o discrepantes enriquecerían  y renovarían considerablemente los esfoques consabidos sobre el tema.  La invitación queda cursada.

Editado por Heidy Bolaños