Poesía de Reina María Rodríguez
Como en toda obra creadora de relieve, en la poesía de Reina María Rodríguez se registran los movimientos espirituales de toda una época a través de la intimidad de un lúcido testimoniante. Al sondear con honradez y vigor su destino, encuentra los nudos de servidumbre y emancipación de toda una sociedad en su conjunto.
Apartada de los mecanismos usuales de la belleza, representa con ánimo desentrañador sus vivencias, por lo que su elocución se centra en lo expresivo, sobre todo de estirpe narrativa o sintético fluir de conciencia. En la orquestación psicológica de sus líneas, no importan las músicas compositivas sino las profundas imágenes del mundo interior.
Una trayectoria poética es una especial construcción subjetiva del mundo. La catedral imaginativa de Reina María Rodríguez aún está por visualizar y comprender. Apenas los lectores han entrado en sus corrientes más cercanas a la inmediatez histórica que trasuntan sus textos. Hay también en su obra un examen detenido de la mirada y la persona.
Aquí presentamos a los lectores un interesante manojo de piezas suyas que centran la contemplación en la vida cotidiana y en uno de sus rasgos más singulares: el tratamiento de los otros destinos como un suceso íntimo del hablante lírico. Una actitud de tal carácter implica una preocupación ontológica por el Otro como una manifestación del Sí mismo.
Roberto Manzano
Reina María Rodríguez (La Habana, 1952). Poeta, narradora, crítica, promotora, editora. Algunos de sus numerosos libros de prosa y poesía publicados en Cuba y editoriales de Europa y América son Para un cordero blanco (1984), En la arena de Padua (1992), Páramos (1995), Te daré de comer como a los pájaros (2000), Variedades de Galiano (2007), Otras mitologías (2012), Bosque negro (antología, 2013). Ha recibido en dos ocasiones el Premio Casa de las Américas, en varias el Premio de la Crítica literaria cubana y la Orden de Letras de Francia con grado de Caballero en 1999. Dirige el prestigioso espacio de promoción de la literatura y proyecto editorial Torre de Letras. Recibió en el 2013 el Premio Nacional de Literatura. Le fue otorgado el Premio Pablo Neruda, importante galardón de las letras en idioma español.
REMORDIMIENTOS PARA UN CORDERO BLANCO
no me puedo librar de ese ojo
que mira desde el cuadro
mis imperfecciones.
toda mi culpa de vivir
y querer
invitándome.
me estoy buscando
y tengo miedo
casi un miedo fanático
de haber sido cómplice
inacabada
porque también sonreí cuando quería matar.
mis mentiras son sueños
agua que no nadé
y este vicio
este vicio de mariposas
un solo día volando sin cesar
luego polvillo oscuro sobre las violetas.
perdóname ojo de mi cordero adolescente
ni en estos años te engañé
y pude ser
diferente.
LAS ISLAS
mira y no las descuides.
las islas son mundos aparentes.
cortadas en el mar
transcurren en su soledad de tierras sin raíz.
en el silencio del agua una mancha
de haber anclado sólo aquella vez
y poner los despojos de la tempestad y las ráfagas
sobre las olas.
aquí los cementerios son hermosos y pequeños
y están más allá de las ceremonias.
me he bañado para sentarme en la yerba
es la zona de brumas
donde acontecen los espejismos
y vuelvo a sonreír.
no sé si estás aquí o es el peligro
empiezo a ser libre entre esos límites que se intercambian:
seguro amanecerá.
las islas son mundos aparentes
coberturas del cansancio en los iniciadores de la calma
sé que solo en mí estuvo aquella vez la realidad
un intervalo entre dos tiempos
cortadas en el mar
soy lanzada hacia un lugar más tenue
las muchachas que serán jóvenes una vez más
contra la sabiduría y la rigidez de los que envejecieron
sin los movimientos y las contorsiones del mar
las islas son mundos aparentes manchas de sal
otra mujer lanzada encima de mí que no conozco
solo la vida menor
la gratitud sin prisa de las islas en mí.
COMO UN EXTRAÑO PÁJARO QUE VIENE DEL SUR
Pavese
has errado toda la noche
olfateando los árboles
buscando alguien que te acaricie
con tu traje de lobo para engañar a los hombres.
tu angustia me hiela los pies
pero en el alero hay un abismo para nosotros.
tú y yo desnudos en medio del verano
junto a los troncos amarillo
en una playa del sur
tan solitarios como el resplandor
de las películas silentes
donde todo está por transcurrir
en el espacio vacío de los pies y la boca sin gritar
diciendo cosas que nadie tal vez escuchó
que nadie jamás escuchará
en el abismo silente.
NO LA ASUSTES
entre las uvas caletas
la niña se está bañando
en el agua salada en la pica del bote
hacia el final
buscando el lugar donde tu mano le acarició
la barbilla
por primera vez y
el hueco del cuello y la oreja
indefensa
y empezó a crecer debajo del agua
sin querer respirar
solo sentir la mano de los peces
como lo estaba sintiendo.
pero se acomodó los zapatos
y empezó a columpiarse
sin mirar
para no verlo con las otras
jugar a las narices prohibidas
y al desconcierto.
no la asustes no la asustes
se va a hacer el gato
y se va a romper la ola.
la niña era un fantasma
con aquella cordura infantil y aquel temor
a un dios que no se sabe a dónde ha ido.
–AL MENOS, ASÍ LO VEÍA A CONTRA LUZ –
Para Fernando García
he prendido sobre la foto una tachuela roja.
—sobre la foto famosa y legendaria—
el ectoplasma de lo que ha sido,
lo que se ve en el papel es tan seguro
como lo que se toca. la fotografía
tiene algo que ver con la resurrección.
—quizás ya estaba allí
en lo real en el pasado
con aquel que veo ahora en el retrato—
los bizantinos decían que la imagen de Cristo
en el sudario de Turín no estaba hecha
por la mano del hombre.
he deportado ese real hacia el pasado;
he prendido sobre la foto una tachuela roja.
a través de esa imagen (en la pared, en la foto)
somos otra vez contemporáneos.
la reserva del cuerpo en el aire de un rostro,
esa anímula, tal como él mismo,
aquel a quien veo ahora en el retrato
algo moral, algo frío.
era a finales de siglo y no había escapatoria.
la cúpula había caído, la utopía
de una bóveda inmensa sujeta a mi cabeza,
había caído.
el Cristo negro de la Iglesia del Cristo
—al menos, así lo veía a contra luz—
reflejando su alma en pleno mediodía.
podía aún fotografiar al Cristo aquel;
tener esa resignación casual
para recuperar la fe.
también volver los ojos para mirar las hojas amarillas,
el fantasma de árbol del Parque Central,
su fuente seca.
(y tú que me exiges todavía alguna fe).
mi amigo era el hijo supuesto o real.
traía los poemas en el bolsillo
del pantalón escolar.
siempre fue un muchacho poco común
al que no pude amar
porque tal vez, lo amé. la madre (su madre),
fue su amante (mental?)
y es a lo que más le temen.
qué importa si alguna vez se conocieron
en un plano más real.
en la casa frente al Malecón, tenía aquel
viejo libro de Neruda dedicado por él.
no conozco su letra, ni tampoco la certeza.
no sé si algo pueda volver a ser real.
su hijo era mi amigo,
entre la curva azul y amarilla del mar.
lo que se ve en el papel es tan seguro
como lo que se toca. (aprieto la tachuela roja,
el clic del disparador... lo que se ve no es
la llama de la pólvora, sino el minúsculo relámpago
de una foto).
el hijo (su hijo) vive en una casa amarilla
frente al Malecón —nadie lo sabe, él tampoco lo sabe—
es poeta y carpintero.
desde niño le ponían una boina
para que nadie le robara la ilusión de ser,
algún día, como él.
algo en la cuenca del ojo, cierta irritación;
algo en el silencio y en la voluntad
se le parece, entre la curva azul
y amarilla del mar.
—dicen que aparecieron en la llanura
y que no estaba hecha por la mano del hombre—
quizás ya estaba allí, esperándonos.
la verosimilitud de la existencia es lo que importa,
pura arqueología de la foto, de la razón.
(y tú que me exiges todavía alguna fe).
el Cristo negro de la Isla del Cristo sigue intocable,
a pesar de la falsificación que han hecho
de su carne en la restauración;
la amante sigue intocable
y asiste a los homenajes en los aniversarios;
(su hijo), mi amigo, el poeta, el carpintero de Malecón,
pisa con sus sandalias cuarteadas
las calles de La Habana;
los bares donde venden un ron barato a granel
y vive en una casa amarilla
entre la curva azul y oscurecida del mar.
¿qué importancia tiene haber vivido
por más de quince años tan cerca del espíritu de aquel,
de su rasgo más puro, de su ilusión genética,
debajo de la sombra corrompida
del árbol único del verano treinta años después,
si él ha muerto, si él también va a morir?
no me atrevo a poner la foto legendaria sobre la pared.
un simple clic del disparador, una tachuela roja
y los granos de plata que germinan
(su inmortalidad)
anuncian que la foto también ha sido atacada
por la luz; que la foto también morirá
por la humedad del mar, la duración;
el contacto, la devoción, la obsesión
fatal de repetir tantas veces que seríamos como él.
en fin, por el miedo a la resurrección,
porque a la resurrección toca también la muerte.
solo me queda saber que se fue, que se es
la amante imaginaria de un hombre imaginario
(laberíntico)
la amiga real del poeta de Malecón,
con el deseo insuficiente del ojo que captó
su muerte literal, fotografiando cosas
para ahuyentarlas del espíritu después;
al encontrarse allí, en lo real en el pasado
en lo que ha sido
por haber sido hecha para ser como él;
en la muerte real de un pasado imaginario
—en la muerte imaginaria de un pasado real—
donde no existe esta fábula, ni la importancia
o la impotencia de esta fábula,
sin el derecho a develarla
(un poema nos da el derecho a ser ilegítimos en algo más
que su trascendencia y su corruptibilidad).
un simple clic del disparador
y la historia regresa como una protesta de amor
(Michelet)
pero vacía y seca. como la fuente del Parque Central
o el fantasma de hojas caídas que fuera su árbol protector.
ha sido atrapada por la luz (la historia, la verdad)
la que fue o quiso ser como él,
la amistad del que será no será jamás su hijo,
la mujer que lo amó desde su casa abierta,
anónima, en la página cerrada de Malecón;
debajo de la sombra del clic del disparador
abierto muchas veces
en los ojos insistentes del muchacho
cuya almendra oscurecida
aprendió a mirar
y a callar
como elegido.
(¿y tú me exiges todavía alguna fe?).
GIOTAKUS
En el vientre de la ballena, en el mío,
una sensación de inmensidad vacía.
No traigo peces muertos, no he comido las frutas del fondo preferidas.
No he digerido más que el árido color de los corales.
Comida cortante, polvo de hueso, cartílago que hiere.
Me paseo sin profundidad y con vértigo
respiro agitada o pausada, siempre artificial
esperando una mano blanca que acaricie mi lomo plateado.
¡Si una ola volviera a mecerme contra los arrecifes!, luego
vendré a morir. Seré despellejada y repartida
como carne cualquiera entre la gente.
Recuerdo cómo salía para vigilar el horizonte y despertaba
con el canto de algas. Algo creí ver a relieve y moviéndose
entre aquella inmensidad que era mi casa al fondo del océano.
Ahora, arrastrada por el conocimiento de mi cuerpo espeso
enredada en un fondo miserable
¿a quién iré a pertenecer?
No quiero alimentar al extraño consuelo
del arponazo final de la alimaña.
Prefiero fingir que me he quedado ausente de la profundidad.
Alelada y constante entre pequeños peces.
TAMAÑO DE LAS MANZANAS
…calculando siempre el tamaño
de las manzanas exportadas...
Marina Tsvietáieva
«Manzanas de vuelta abajo» —dice mi madre.
Y el sueño del otoño empieza a descender con ellas
por el esófago
hasta el centro hundido del ombligo,
que termina en un hilo rojo azucarado
intenso
para sujetarme
a trabajar, a trabajar...
¿Qué más puedo hacer?
He perdido las ilusiones de los sabores,
de las cosas.
Me reduzco a confiar en lo mínimo.
Termina el siglo y la pasión.
Las noticias parecen territorios donde el deseo
penetra sin saber
qué habrá después.
Una incertidumbre
sin religión, sin fe.
Una fuga de las fuerzas del mal celestial.
Debería tener un bosque por donde caminar
contra la arenilla del viento.
Debería saber que alguien me quiso alguna vez.
Pero, humildemente,
me siento a trabajar con el puré de manzanas
revueltas en mi estómago.
Con ese fruto contagioso del árbol prohibido.
Quiero fingir que seguiré, que seguiré...
La mente está vacía, los deseos se fueron
y la rutina desplaza a la imaginación hacia el fondo.
(Un mal poema es ese momento en que la exaltación
deja de ser un parto natural y simbólico).
Vaguedad de los días de otoño
sobre el mantel cotidiano.
Cáscara vacía, apenas rota.
Ni siquiera es importante ya que el día sea blanco, gris,
cuadriculado frente a la pared o indiferente
sobre el nailon que antes fuera completamente azul.
Haré que flote.
Vaciaré el cuenco
con manzanas deshidratadas de Pinar del Río
—el lote de sobrevivir—
y lo exprimiré hasta lo imposible.
RAJADURAS
La rajadura del techo
baja hasta ti
y luego,
la pintas para hacerla aleatoria,
pero es frontal
y estrecha
como un río que ha perdido fuerza
(esperanza)
y puede abrir la zona de tu cabeza
donde se muere partido en dos.
El derrumbe que pintas
está en mi corazón
donde esa grieta ha calado
blanduras
hundimientos,
pero tú sigues trabajando
y habrá otras franjas,
hasta caer completamente
zambullida en esa raja fría.
No saldrás mar afuera,
saliva para tragar
—él, agoniza—
aunque otro crea que por debajo
de la pared agresiva
(ortodoxa)
saldrá la claridad, la luz.
IMÁN
Mamá, debajo del colchón
rosada contra su piel rugosa
tuerce los dedos, canta.
La miro desde abajo,
donde caigo como un alfiler
sin prisa, sin gracia, rompiendo sus modelos.
Lloré en el vientre sí, después lo supe
(o lo sabía antes)
y me tejí desde el vientre, aquel ombligo sin pasión
para fingir un abismo.
Arrebolada desde el suelo
veo pasar su imán sin percibir más que
la angustia con que estuve
quietecita, debajo.
Todo sale y vuelve hacia ti,
desde la hendija de esa vieja puerta cerrada
por deformes pensamientos,
(ahora cuerpos) en la total oscuridad de un pasillo
alargado.
«Me has acompañado en lo que no viviré.
Mamá, perdí».
Tú vencedora, la piel amoratándose,
la curva de la cadera desviada un momento.
El sentido de un fin que nos sobrecoge
a las dos.
Sigo debajo del colchón junto a tu cama,
con los mismos rasgos, los mismos apuros
(las mismas obsesiones).
¡Nos parecemos tanto!
Actuando, alardeando un poco,
debajo de un alambre bien estirado
y tenso.
A un lado de tu cama siempre puesto el imán,
«la incomprensión» —lo llamas,
junto a un vasito de agua fría que recoge
ese (eterno fingimiento) de fingir de antemano,
el hundimiento.
TED LIJA UNA MESA
Intenta existir mientras Ted lija
la mesa de cuadrado perfecto
cedro negro.
La desesperación.
Intenta inventarte un cuento
para esta noche
y acurrúcate en él.
Las manos peladas de tanto lijar
esa nueva luna que no caerá sobre la mesa
ni sobre el teclado, después.
¡Qué importa que resplandezca o no,
a través de la ventana del portafolio infantil
y el viento vuelva a sacudir sus misterios, nevados!
Ted lijará pacientemente, el pavimento, el poema.
Restañará sus curvas
en tanto esa madera hostil se calcina cada día
en las virutas.
He vivido casi medio siglo con ustedes
(allí, quietecita).
Los he visto tomar el trillo una, y otra vez,
llegar cansados de sobrevivir entre las moras.
Los observo en la caricia con ese ojo feo de mentir
y siento envidia, sí.
He dormido en la misma cama.
Una cama que imagino de madera clara, y detrás,
aquella cortina que desplaza las nubes
al desvelo: puro satén.
Regreso de tomar otra pastilla del baño
y de rociar uno a uno
los frijoles desperdigados por la taza
o calentar el trigo verde inflado
por el peso de los años de vana pasión.
Los vigilo.
Sentada (en cuclillas) orinas muy despacio
contra el esmalte que trae la criatura
esperada, inesperada, pero que viene.
¡Que llega al fin!
No es invierno ni llueve en Devon.
Tampoco habrá palomas en el alféizar.
«¡Con este frío!»—murmuras, calentándome.
Luego, habrá cólicos de jugos de moras
o de frutas tropicales importadas.
Todo lo habitual de un matrimonio común.
Cuando miro hacia atrás,
los veo desvestirse, sudar, ir y venir
de un quehacer a otro, «una patraña»– digo.
Dar la vuelta juntos
alrededor de una imposibilidad.
Miro tu camisa Yves Saint-Laurent
del lado opuesto, la mesa.
Decir correctamente su nombre tiene precio, un sentido.
La correlación de una marca segura
contra las prendas baratas o innombrables que doy.
Buscar una guarida, otra fórmula de resistencia
(en tu cuello, en la cornisa gris, sobre tal marca: la sal).
La emoción de otra mujer que pagó cara la confianza.
Pero las marcas varían
y como la luna, al cambiar su ruta
declinan este cobrar tan caro
la insatisfacción, la distancia.
Tal vez ustedes admiran
esta manía que tengo de grabar sensaciones
como un fantasma
(cuando pongo mi astucia sobre el borde del cuello
y la tela sueña, otra costra).
«Viajar por las camisas de otros hombres cosidas con cal,
—dice la intrusa—, aventurarse...».
El doblez de un cuello trae su regalo,
y más tarde, un olor o desafío en el corte.
(Aunque esta Navidad, supongo, no será para mí).
Él se quita la camisa —imagino.
No necesita prendas para saber
que lo espero a las dos de la madrugada
por el filo irresistible en la madera.
Por esos ganchos (pérfidos) de la pared,
la sangre helada, que repite la historia depuesta,
por los que no tienen nada que contar.
Y entonces, escribo tu nombre
sobre la mesa rebanada,
con su olor pegado a la nariz,
(untada en mantequilla, como antaño),
apoyada en la baranda del Elizabeth
—su barco preferido—
viajando, viajando siempre
y alejándome de mí (de él), pero sobre todo
de ustedes.
Sobre el lado oculto de la mesa lijada ha quedado
esa marea alta de las prohibiciones que nos hicieron ayer.
La palabra que no podré enmarcar
en una etiqueta corriente
todavía.
HUEVO DE ZURCIR
Se provocó un aborto con una aguja,
pero el huevo seguía prendido (oscuro)
como una yema dura, sin desprenderse.
Su dedo no pudo arrancarlo.
Los demás niños se tiraban de uno en fondo
(desde el tablón de acuatizar —decían— hacia la cama).
Abajo, la viejita, dormía,
pero ellos insistían en arrastrarla con su mala suerte,
al mar de ojos amarillos
surfiando.
Porque había un mar después del pasillo.
Una luz, que en la angustia de crecer (y de creer)
les hacía ver aquellas cosas del final, difíciles
(la penitencia)
convenciéndolos con dificultad de esa osadía,
de caer desde la altura sobre el mármol.
Por eso, se pinchó más profundo esta vez,
durante una tormenta de alcanfor.
Pinchó con esa uña larga de tejedor, adentro.
Relampagueaba, a pesar de que no llovía,
y se sintió abandonada como una piedra
con escalofríos de rodar
aquella máscara de peltre sobre la acera.
Porque ella también (en el momento apropiado)
quedaba rota, petrificada.
Y los niños bajo el edredón, oían su llanto y la culpaban.
Toda la familia la culpaba.
Él nunca sospechó los instrumentos.
«No tuve más remedio que ser mezquina
y dejar ese olor a huevo podrido en el paño».
Al fin, el huevo se desprendió con cáscaras
de un metal retorcido,
sobre un tapiz de madreperla barato.
Y Cloto (vieja hilandera) cayó
empujada por el apuro de los muchachos
sin ser doncella ni madre ni enemiga,
y no era más
que un poco de sangre coagulada
sobre una sábana que no era el mar.
MANZANA DE CALIFORNIA
Una manzana de California cuesta treinta centavos.
Una pequeña manzana llegada al puerto
de contrabando. Cabe en un puño.
(Se la doy a mi hija).
Es dulce, pero a la vez, ácida.
Como toda manzana verdadera
cuesta un sabor.
Los jóvenes comerán otras cosas
con imprudencia.
La manzana que no pruebo
(que no probaré) sin arrepentimientos
me fue negada entonces.
El convenio se cierra con ajenos,
se entrega por una manzana un corazón.
Hacen las paces con manzanas ajenas.
¿Quién nos quita tantos años de necesidad
y dolor?
Manzanas extraviadas en la memoria
supuran tuétanos verdes.
Cavidad por cavidad, esa semilla
(en la boca) sabe a tierra corrupta,
a desesperación.
Árbol de esa manzana prohibida aquella vez
(y preferida hoy)
¡das frutos pobres!
Sin la manzana viva en la cesta
con la normalidad de masticar un don
¿cuánto costamos ahora?
Sin remedios contra esta enfermedad
(política) de comer cuando nos sea permitido.
Aprieto la manzana contra el puño
y se la llevo a ella
para que no sea como yo.
VIOLET ISLAND
yo conocí a cierto hombre, un hombre extraño.
cuidaba cada día y cada noche la luz de su faro
un faro en la medianía que no indicaba mucho,
un faro pequeño para embarcaciones de poco nivel
y oscuros pueblos de pescadores. allí, en su isla,
él intercambiaba con su faro las sensaciones,
esperando cada día cada noche esa otra luz
que no vigila la persecución de algún objeto,
esa otra luz que no ilumina nada,
otra luz reflexiva, que cruza hacia adentro,
la distancia entre el puerto seguro del sitio
y el ojo que mira volver, por encima y transparente,
la ilusión provisional que se eterniza:
esa curva del ser tendido junto al faro
sin precaución ni límite, para ser o tener
lo que imperfectamente somos, nada más,
que soñar lo que sueñe y estar donde está
sobre las quietas aguas y apagarlo todo en el cuadro
de un día y ser nuevo otra vez hacia la madrugada
junto al faro pequeño y perdido de Aspinwall
sin siquiera imaginar que existe algún deseo
fuera de desear la breve luz que cae, anocheciendo,
sobre las quietas aguas y los sonidos muertos ya
de aquellas olas, que en otro tiempo, fueron su pasión:
su dolor de gozar y sufrir, un refugio sincero.
como el guardafaros de Aspinwall, solo en su faro,
yo me quedé dormida, a pesar de la intensa luz que cae
y sobresale por encima del tiempo, a pesar de la lluvia
golpeando el espejo de los peces blancos,
a pesar de aquella luz espiritual que era su alma,
yo me quedé dormida entre el puerto y la luz,
sin comprender: quería, solo quería un tiempo más
para volver aprendiendo, no sobre la resaca de la conmiseración
donde atan su mástil los desesperados;
no la fortuna auténtica de vivir sin saber, sin darse cuenta;
no la luz provisional que se eterniza y finge lo que seremos
o el miedo de poseer la realidad opaca, intrascendente.
yo quería la vida sólo por el placer de morir, sobre las quietas aguas,
junto a los peces blancos y estaba impaciente
porque sucediera todavía la reedición de mi inconsciente
para que alguien hallara allí lo no tocado, la otra voz,
no de este ser intermediario, un cuerpo para medir las grietas
bajas; un cuerpo para la violación de un yo impracticable:
yo me quedé dormida, inconsecuente, en la imaginación
de ese ser otro en la distancia, suficientemente avanzada
para tener iluminación propia en Aspinwall, pero fracasada
también oscurecida, como el guardafaros sobre las quietas aguas
de lo que imperfectamente somos, en la medianía
de un faro que no indicaba mucho, a través de la lluvia cálida
y real de lo imposible.
soy Fela, no te conozco, este cuerpo con que vendré no es mío
la aparición ser otra cosa: como despeñarse, una avería,
un silencio.
y ¿si pierdo? o ¿si gano? o ¿si atravieso el foso vertical?
me acerco a los animales como únicos sobrevivientes
maravillados con el ocio de la luz
y estos pastos vacíos que atravieso con horror
y llamándolos. me acerco a dónde van, a dónde van todos?
buscando dónde hacer lo que hubo de cierto
y sin espejismos del desastre de ser como únicos sobrevivientes
del faro en su vértigo tal vez los haga comprender mi intención
de contar todavía alguna sombra, alguna luz.
no quiero domesticar a nadie más
que ellos penetren con su sabiduría en mis voces
y se acerquen sin ser, sin pedir, sin darse cuenta,
pero conociendo desde el doblado ojo enrojecido, otro lenguaje,
otra profundidad que no marque lo seguro, ningún término,
ninguna valentía. solo estar donde estamos y posarnos
como inteligencias diferentes en la sensación, prestándonos
dolor, angustia, alguna llama estable.
y ahora dime... gime al oído
fue una ciudad con puerto.
los nombres de sus barcos profundos
anclaron alguna vez aquí.
nombres raros con esmaltes muy fuertes
y encendidos.
estábamos rodeados de horizonte y de agua,
porque los puertos permiten olvidar y recibir
olvidar y volver.
fue una ciudad con puerto
donde ya no se ha ido ni ha vuelto nadie más.
una niebla permanente cubre la tela de fondo
todavía azul y humedecida del invierno
y el descolorido ondear de las banderas
agujereadas por la sombra.
si bien antes fue un límite
cuando salías a mirarlo y correr
ahora es sólo la apariencia de un límite
el sonido de las sirenas muertas
que ya no suenan a través de ti
ni se confunden ni te llaman.
pero dónde está el puerto?
¿y los barcos?
¿y el faro?
¿y los hombros de los marineros convidándote
a otros puertos oscuros?