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La sombra de los almendros

Alina Iglesias Regueyra, 22 de abril de 2016

A pesar de su floreciente juventud, Daniel Zayas Aguilera (Isla de Pinos, 1987) destaca ya en la literatura escrita para la niñez y la adolescencia cubanas, con varios galardones en su corta e intensa carrera literaria. El pasado año obtuvo el Premio Calendario 2015 de la Asociación Hermanos Saíz en el género de Narrativa Infantil con su novela corta titulada La sombra de los almendros.

El jurado estuvo integrado por Enrique Pérez Díaz, Eldys Baratute Benavides y Eduard Encina, autores bien reconocidos cuyas obras hemos presentado con gusto y que igualmente han honrado con sus acertados comentarios estas páginas.

Para la Feria Internacional del Libro 2016, la Casa editora Abril ha presentado el volumen, muy bien editado por Irene Hernández Álvarez y corregido estilísticamente por Valia Pérez San Martín. Las ilustraciones cuentan con el excelente dibujo de David Homero Rico Yabor, para una realización de Elinet Blanco Iglesias, dentro del diseño del perfil de la colección que firma Ranfis Suárez Ramos.

El autor dedica su obra a su madre, a su abuelo y a su amor, Ailín, también escritora y editora. No puede faltar Elena (Corujo), a quien considera una guía en su hacer. Su natal y entrañable terruño se incluye en la dedicatoria y a ella tributará varios capítulos de los 23 que contiene su obra, como los titulados “Los tesoros de Isla de Pinos”, donde recrea las razones de su otro nombre al hablar de historias de piratas y búsqueda de fortunas enterradas; “El coro de las Vanguardias”, sobre un suceso pintoresco y lamentable a la vez ocurrido en el lugar; y “Teatro de los días”, un homenaje al poeta Paco Mir.

El texto inicia con un poema de Waldo Leyva sobre el amor de pareja de unos padres, cuya sobrevivencia pende de la existencia de un fruto no esperado o deseado: el propio protagonista. Se trata de un adolescente de nombre Ernesto, quien vive en la Cuba de 1930, en un escenario de pobreza, rechazo y hambre propio de la crisis económica mundial que marcó la época (1929-1933), un entorno difícil que gusta de seleccionar el autor para desarrollar las peripecias de sus personajes protagónicos masculinos, según percibimos en otras creaciones. Sin embargo, esto no significa que su diseño psicológico sea idéntico. Este jovencito, aunque igualmente apegado a su progenitora, deberá probarse a sí mismo, muy conscientemente, ante los avatares que le depara la vida: primero, la muerte de su madre, aparentemente, a causa de la tuberculosis, pero en verdad por una sobredosis autoinfligida del medicamento que le suministran para mejorar su estado. Luego, la aparición de su padre, quien atribuye injustamente al nacimiento del niño la desatención de la madre hacia sí mismo: un hecho que no afrontará nunca con éxito, ni siquiera con un mínimo de amor o consideración paternal, antes le propinará azotes con cualquier razón.

Entre los caracteres dibujados con rasgos positivos figuran Ibrahim, amigo de la madre; Rebeca, la Dama del Palo, quien será su amor adolescente tras la partida intempestiva e intrigante de la extranjera Virginia McCullers y sus padres; y la familia de la joven, bien contrastante con la propia, a juzgar por la bella historia de amor que conoce del padre mago.

Una de las historias paralelas, entretejidas con el conflicto principal, es la de Pablo y El Ñéquere, fugitivos del Presidio Modelo, cuya conducta protectora y solidaria hacia el niño contrasta con la actitud agresiva de la guardia rural que patrulla la zona y de sus antagonistas coetáneos: el líder Pepín y sus amigos abusadores que asaltan muchachas indefensas y presionan a los más débiles.

Es esta una historia bien hilvanada, de fluida narración, sin grandes puntos de giro sino más bien acumulativa, en escala progresiva, que desembocará en un desenlace abierto pero necesario. El final esta vez no se propone doble y desgarrador, sino preciso y real, pero siempre con esa pericia dramatúrgica que tan bien maneja el autor, donde la esperanza y la incertidumbre se dan la mano.

Sorprende, como una firma de continuidad, la presencia de las gaviotas en la secuencia, cual enlace entre sus creaciones. Unas gaviotas que, esta vez, no se dibujan sobre la acera sino que vuelan en el cielo, reales, casi expresando literalmente la razón de su simbolismo en la obra del joven escritor. Un significado que tendrá que desentrañar el lector para comprender el acierto de su mensaje y cerrar así el disfrute de la lectura de La sombra de los almendros.