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En las inmediaciones de Worpswede

Rainer Maria Rilke, 27 de abril de 2016

Estimada Caridad González:

He vuelto a descubrir la inmensidad del mundo en este viaje, pues me percato que hay instantáneas que no podemos catapultar a los versos, quizás por la significación viva de la misma naturaleza y por el acto minimalista que uno ofrece desde la poesía. Recibir La calle del agua1, con tan amable dedicatoria a su familia me reconforta en un mundo lleno de espacios efímeros y donde la propia familia va perdiendo cierta comunicación.

En su breve carta que acompaña a este poemario me elogia por la búsqueda que hago de la imagen. Estoy pensando en escribir un libro desde esa perspectiva, pero me satisface encontrar en sus textos también paisajes que denotan el trazo fuerte que se hace sobre el tiempo para hablarme de las Marinas de Romañach, los naufragios de Aivazovski o las imitaciones de la Ola de Kanagawa. De tal modo que desde un inicio usted también estereotipa ciertas imágenes en una cosmogonía difícil de lograr. Se abre paso su poética desde lo pictórico, pero simula el paisaje, no da otros signos que no sea cierto entorno para llegar a la escena final.

Quizás, pienso que su poemario se me convierte en un paso zigzagueante sobre sus pequeños reinos. Mejor dicho, su propia vecindad. ¿Qué pudiera ser la vecindad para un poeta? A estas alturas me pregunto si no es otra cosa que lo que va quedando, el tiempo mismo, la melodía de lo pasado que nos agrede para hacernos partícipes del tiempo que coexiste. De allí las sutilezas que precisa en algunos poemas:

y mucho más allá de la Calle del Agua, el espacio vacío de los árboles.

(…)

Nada predicen los entendidos, nada responden cuando vibran las olas alrededor de las puertas y cae una fugaz llovizna y se empapan los manteles.

(…)

Y en lo más profundo de La Calle del Agua apareció el cadáver de una muchacha.

(…)

Conservo mi olor a humedad y me convierto en nube.  Me he visto tantas veces cruzar, tantas veces ir para quedarme y digo tantas que reconstruyo el paisaje, pero ya no es lo mismo…

 

Estos versos que detallo muestran esa secuencia, de seguir un rastro, buscar una pista para llegar a un paisaje que como bien dice resultará al final diferente. Entonces solo nos queda del paisaje el olor, y es precisamente la continuidad que ofrece en su poesía marcada en una prosa precisa y con ciertos regodeos en las palabras.

Lo importante no es llegar al final de su calle, de su tiempo. Nada puede transgredir lo que está en esa realidad que percibimos. No hay límites mayores. No hay necesidad de escapar. Los paisajes aquí se superponen, y tal parece un solo poema su libro. Fragmentado (léase, fragmentario) para imponernos de cierto testimonio. El libro ratifica esta visión en un poema que me llamó, desde la primera lectura, una atención poderosa. Figuras que no existen nos hacen suponer todo el entramado imaginativo que posee:

Pude marcharme, pero estaba detenida en la orilla como esos cuerpos alados, como esas figuras que no existen y a pesar de todo nos ahogan.

Así uno volvería como Sísifo sobre la roca. Lo sensual está en su visión femenina de ese entorno. Usted en estos versos admite que la no realidad nos ahoga. ¿Qué realidad pudiera dejarnos en otro tiempo, en otras demarcaciones? Su poemario La calle del agua nos deja alguna ausencia, cierto vacío, pero por la comisura de esos relieves transita el tiempo que no alcanzaremos nunca. Hay una sensualidad de isla como una sensualidad de mujer que habita.  Algo así como descubrir el sonido de los escanciadores y del mar. 

Tenga mi estima,
   

Rainer Maria Rilke

 

 

Citas:

1- Editorial Capiro, 2915

Rainer María Rilke, 2019-12-03
Rainer María Rilke, 2019-11-19
Rainer María Rilke, 2019-10-29
Rainer Maria Rilke, 2019-10-08
Rainer María Rilke, 2019-09-20
Rainer María Rilke, 2019-09-03