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Doctor Gaspar Jorge García Galló: un maestro inolvidable

Jesús Dueñas Becerra, 03 de junio de 2016

"El maestro tiene el deber de darle al discípulo no solo conocimientos,
sino también afecto filial".
JOSÉ ORLANDO SUÁREZ TAJONERA


En reiteradas ocasiones, estudiantes de Educación superior a quienes les impartiera docencia (pre y posgraduada) durante más de cuatro décadas dedicadas al arte-ciencia de enseñar-aprender, y últimamente, asiduos lectores de mis crónicas, entrevistas y artículos publicados en la prensa local, me han formulado la siguiente pregunta: «¿Cuál es la razón de que, en la mayoría de sus trabajos o conferencias, usted ilustre dichos materiales periodísticos o académicos con frases del venerable padre Félix Varela y Morales (1788-1853), José Martí y Pérez (1853-1895), don Enrique José Varona y Pera (1849-1933) u otro autor célebre?».

En esta crónica, dedicada a la memoria del doctor Gaspar Jorge García Galló (1906-1992), voy a satisfacer esa inquietud generada en el intelecto y en el espíritu de mis discípulos y lectores.

No piensen —en modo alguno— que haré el panegírico de quien fuera profesor de Ciencias Sociales de la Escuela Normal para Maestros de Santa Clara, profesor de lenguas clásicas y decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central Martha Abreu de Las Villas. Y, posterior al triunfo revolucionario, profesor de Materialismo Dialéctico e Histórico en el Centro Nacional de Investigaciones Científicas (CENIC), miembro del Departamento de Educación, Ciencia y Cultura del Comité Central del Partido Comunista de Cuba (PCC), además de profesor emérito y doctor en Ciencias Filosóficas.

En el desempeño de esas disímiles funciones, ejerció el periodismo especializado y fue autor de varios textos docentes sobre historia de la educación en Cuba1 y filosofía marxista, entre otras disciplinas (incluida la psicología), que dominara con impecable profesionalidad.

Ahora bien, solo me circunscribiré a relatar anécdotas estrechamente vinculadas a la sólida relación maestro-discípulo que se estableció entre nosotros, y que, después de más de medio siglo, aún evoco con sumo placer, ya que los buenos maestros —y él lo era, es, sin ningún género de duda— dejan una huella imborrable en los estudiantes, ávidos no solo de conocimientos, sino de afecto y cariño, sobre todo en esa etapa crucial (adolescencia y primera juventud) del ciclo vital humano.

La respuesta a la interrogante planteada en párrafos precedentes es bien sencilla: utilizar frases o proverbios en cualesquiera de mis textos periodísticos, literarios o académicos, lo aprendí del doctor García Galló, quien integrara el claustro docente de la Escuela Normal para Maestros de Santa Clara.

Sus clases magistrales —en las cuales prevalecían los enfoques marxista y martiano de los problemas socio-históricos que les presentaba a los estudiantes, y en cuyo análisis científico los aspirantes a maestros normalistas tenían una participación activa— dejaban en la mente y en el alma de los futuros educadores la suavidad de la seda y el sabor de la miel, ya que comenzaba y finalizaba las lecciones incluidas en el programa de la asignatura que explicaba con aforismos escogidos de la cultura universal.

Tuve el privilegio de ser uno de sus más bisoños discípulos, ya que ingresé a la Escuela Normal para Maestros con apenas catorce años de edad, a través de una dispensa o permiso especial, otorgado por el doctor Aureliano Sánchez Arango, titular de Educación durante la dictadura del general Fulgencio Batista y Zaldívar (1901-1973).

De esa época de mi vida, recuerdo una anécdota que jamás olvidaré: después del ataque al Cuartel Moncada, acaecido el 26 de julio de 1953 en la ciudad de Santiago de Cuba, los combatientes de la lucha clandestina en la capital de la entonces provincia de Las Villas, se dedicaron a divulgar una copia mimeografiada de La historia me absolverá; alegato que el jurista Fidel Castro Ruz utilizara como defensa en la vista oral seguida contra los revolucionarios sobrevivientes del asalto al bastión militar de la dictadura en la antigua provincia de Oriente. Esa copia llegó a mi aula y fue pasada de mano en mano hasta llegar a quien estas líneas escribe. Mas, cuando el(a) compañero(a) —no recuerdo con claridad si era un(a) chico(a)— puso sobre mi pupitre el ejemplar correspondiente, el profesor García Galló se dio cuenta de que algo raro ocurría, y cuando sonó el timbre para el cambio de turno, me dijo: «Jesús, por favor, entrégueme ese cuadernillo».

En esa época, la orden de un maestro era indiscutible, y yo, sin apenas mirarle a la cara por la vergüenza que sentí, le entregué el documento, al cual le echó un vistazo al vuelo del águila, y con mucha seriedad, me advirtió: «Usted es solo un adolescente, pero si ese material, considerado subversivo por las autoridades, cae en manos de un profesor batistiano (que los había) y este lo hace llegar a la policía, los esbirros de ese cuerpo represivo no respetarán sus pocos años de edad y serán capaces de torturarlo salvajemente […] y hasta de quitarle la vida. Ahora, puede retirarse».

De ese momento, solo recuerdo que me sonrojé de la cabeza a los pies y abandoné de inmediato el aula.

Una vez egresado de la Escuela Normal, comencé a ejercer el magisterio en el distrito escolar de Cruces (mi ciudad natal), y cuando matriculé la carrera de Pedagogía en la Universidad Central de Las Villas, me rencontré con mi inolvidable maestro, pero no tuve el privilegio —en esa ocasión— de ser su discípulo, porque él impartía Latín y Griego en la Facultad de Filosofía y Letras, y yo estudiaba en la Facultad de Educación (hoy Universidad de Ciencias Pedagógicas Félix Varela de Villa Clara).

A propósito de las lenguas clásicas, acude a mi memoria un episodio que protagonizaron los(as) estudiantes de esa carrera universitaria (extinguida —al igual que la de Pedagogía— después de la Reforma Universitaria de 1962).

Un grupo de ellos, en representación del resto del alumnado, se dirigieron al rector, doctor Mariano Rodríguez Solveira, para que las asignaturas de Latín y Griego fueran eliminadas del diseño curricular de la carrera de Filosofía y Letras, «porque eran lenguas muertas». (¿¡!?).

Ante esa inusitada reacción estudiantil, el doctor García Galló publicó, en la revista Islas, dirigida —en aquel entonces— por el poeta, escritor, periodista, artista de la plástica e investigador del folclore caribeño, Samuel Feijóo2, el artículo «En defensa del latín y el griego»3, en el que argumentaba —con elementos de juicio irrefutables— la necesidad de aprender lenguas clásicas, las cuales si bien era cierto que no se hablaban en la actualidad, no eran necesariamente lenguas muertas, porque casi todo el vocabulario científico-técnico vigente provenía de ellas.

No creo necesario insistir en el hecho de que el Rector no aprobó la solicitud formulada por los estudiantes, mientras que, por otro lado, ellos(as) llegaron a comprender —mediante la explicación racional del autor de dicho artículo, pero no de la imposición— la importancia que en realidad tenía, tiene y tendrá el estudio de las lenguas clásicas.

Después de ese segundo encuentro, no vi más al doctor García Galló hasta 1975; fecha en que, por invitación especial del comandante, doctor Eduardo Bernabé Ordaz (1921.2006)4, director fundador del Hospital Psiquiátrico de La Habana (HPH), que hoy lleva su ilustre nombre, fue a impartir una conferencia magistral en la sesión científico-médica que se celebra mensualmente en esa institución de salud.

Una vez que el distinguido visitante concluyó su disertación, me le acerqué, lo saludé y le susurré al oído: en defensa del Latín y el Griego, y de inmediato, me preguntó: «¿Usted es de la Universidad Central de las Villas?». Entonces le contesté: «Estudié en ese centro de educación superior, pero no fue ahí que yo fui alumno suyo, sino […] de la Escuela Normal para Maestros de Santa Clara, y su nombre completo es Jesús Victorio Dueñas Becerra con el número tal (hoy ni siquiera me acuerdo) en la lista correspondiente […]», y él completó la respuesta —que no me dejó continuar— con precisión y exactitud, gracias a su privilegiada memoria.

Acto seguido, maestro y discípulo nos fundimos en apretado abrazo, que nos hizo vibrar de emoción tanto a él como a mí. Cuando nos despedimos, lamentablemente para siempre, me aseguró que regresaría al HPH, no solo para volver a vernos, sino para confraternizar mucho más con el doctor Bernabé Ordaz y el cuerpo facultativo de mi excentro laboral.

En julio de 1993, o sea, dieciocho años después de aquel emotivo encuentro, el doctor García Galló había sido invitado a presentar el tema especial en el acto de terminación del curso académico 1992-1993…, pero ya Tánatos (la muerte, en el vocabulario psicoanalítico ortodoxo) había tronchado la fecunda existencia terrenal de un humilde obrero agrícola, tabaquero y barbero, de origen libanés y filiación comunista y martiana, que a fuerza de grandes esfuerzos y sacrificios, subió la escalinata de nuestra casa de altos estudios para doctorarse en Filosofía y Letras, y en Pedagogía, y consecuentemente, llegar a ser el maestro integral que fue, es y será, para quienes tuvimos el inmenso honor de ser sus discípulos.

A dos años del lamentable deceso del doctor Gaspar Jorge García Galló, participé en calidad de invitado, en un evento de Filosofía Marxista, celebrado en el antiguo Capitolio Nacional, y auspiciado por el Instituto de Filosofía y la Sociedad Cubana de Ciencias Filosóficas.

En ese contexto científico, presenté la ponencia «La unidad cuerpo, mente y espíritu: una reflexión histórico-filosófica»5 y se la dediqué a su venerada memoria, al igual que ahora lo hago con esta crónica, escapada del alma más que del intelecto, y que estoy seguro agradecerá desde donde duerme en paz el martiano sueño de los justos.

Notas

1 Gaspar Jorge García Galló: La historia de la educación en Cuba, Editorial Pueblo y Educación, La Habana, 1986.
2 Jesús Dueñas Becerra: “Evocación a Samuel Feijóo en el centenario de su natalicio”, en Librínsula (326), 28 de febrero de 2014. www.librinsula.bnjm.cu (Nombrar las cosas).
3 Gaspar Jorge García Galló: “En defensa del Latín y el Griego”, en Islas, Revista de la Universidad Central Martha Abreu de Las Villas, 1959; Vol. II (sin otros datos).
4 Jesús Dueñas Becerra: “Eduardo Bernabé Ordaz: su contribución al periodismo científico y la literatura especializada”. Disponible en: www.uneac.org.cu (Columna de Autor).
5 -----: “La unidad cuerpo, mente y espíritu: una reflexión histórico-filosófica”. Disponible en: www.uneac.org.cu (Columna de Autor).


Foto: Cubaliteraria



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Editado por: Nora Lelyen Fernández